20 December 2016 ~ 1 Comentario

A Virgilio Beato en su primer centenario

Hotel Hyatt, Coral Gables, 19 de diciembre de 2016
El Dr. Virgilio Beato cumple 100 años.

Decía Ramón Santiago y Cajal, otro médico eminente, que el secreto de la longevidad estaba en la alegría.

Esta fecha hay que celebrarla alegremente junto a un grupo de personas distinguidas, como las que hoy se reúnen en este recinto, convocadas por la institución adecuada, el Interamerican Institute for Democracy, a cuya dirección pertenece el Dr. Beato junto a varios amigos que sienten por él una devoción muy especial.

Voy a mencionar sólo a tres: Carlos Sánchez Berzaín, Guillermo Lousteau, Armando Valladares, incluso a un cuarto, que soy yo mismo.

¿Es importante el dato de los cien años de vida? Yo creo que sí, pero Jorge Luis Borges probablemente tenía otra opinión.

Algunos de ustedes me han escuchado contar la anécdota de Borges sobre los centenarios. Voy a repetirla, acaso porque me gustan lasvboutades.

La madre de Borges, Leonor Acevedo, traductora de William Saroyan, una bella y distinguidísima mujer a quien el gran escritor argentino estuvo muy ligado, vivió 99 años.

La señora nació en 1876, cuando el mundo se movía a lomo de caballo, y murió en 1975, cuando surcaban las estrellas las naves espaciales tripuladas por astronautas.

Poco después de su muerte, un admirador compungido le dijo a Borges:

–Maestro, que lástima que su madre no llegara a vivir 100 años.

A lo que el cáustico Borges le respondió con una ironía de las que le han dado gran fama:

–Es curioso. Realmente, nunca le conocí a mi madre una pasión especial por el sistema métrico decimal.

Pero no es verdad. Existe esa pasión.

Bob Hope, también longevo, cuando Larry King le preguntó quién quería vivir cien años, se le quedó mirando con incredulidad y le dijo:

–Todo aquel que tiene 99. Yo, por ejemplo.

Busqué información y leí que se calcula que entre los más de siete mil millones de habitantes que pueblan el planeta, apenas quinientos mil alcanzan el siglo de vida. Menos del 0.3 por ciento del censo. Virgilio, pues, ya venció decisivamente en el combate estadístico. Enhorabuena.

Pero, como suele decir el Dr. Beato, lo importante no es durar, sino vivir.

Y es aquí a donde quería llegar: ¿Vivir para qué?

No hay una regla universal. Se lo pregunté a un querido tío mío, nonagenario, en su último lecho, y me contó que quería vivir para recordar, para ejercitar sus emociones, porque la vida estaba llena de cosas placenteras.

Mi tío quería vivir por un comprensible hedonismo, que es otra de las facetas del egoísmo, del amor propio y, si se quiere, del instinto de conservación que acompaña a todas las criaturas.

Mi tío, en suma, quería vivir para recibir, una actitud que me parece totalmente legítima.

Pero sospecho, en cambio, que Virgilio Beato se abraza a la vida para dar, una actitud muy frecuente en los médicos.

Quiere vivir para ayudar a sus amigos, para evacuar consultas médicas irregulares, como las que mi mujer y yo le hacemos a cada rato, para servir a su familia y a su querida esposa Mariquita, para cumplir con el deber cívico de examinar las cuestiones importantes en esa peña que preside periódicamente con mucha  inteligencia y mucho carácter.

Probablemente todo eso, repito, tiene que ver con la carrera que eligió.

El ejercicio de la Medicina fue la primera profesión que consagró el compromiso ético.

Se cuenta que Hipócrates, médico griego que vivió a caballo de los siglos V y IV antes de Cristo, arte que aprendió de su padre, también médico, juró y les hacía jurar a sus discípulos un compromiso moral con los dioses, los maestros y los pacientes.

El juramento hipocrático llega hasta nuestros días y tal vez, no lo sé, los graduados de la Universidad de La Habana debían asumirlo como propio.

Los griegos de aquel tiempo juraban ante los dioses Apolo y Asclepio hacer el bien, cuidar a las personas, nunca dañarlas, y no revelar los secretos de los enfermos.

Admirable.

Sabedor Hipócrates de la ascendencia que tenían los médicos sobre las personas, también juraban no seducir a las mujeres ni a los muchachos, lamentable costumbre entonces muy difundida entre los griegos.

¿Vivir para qué? A veces, para rebelarse y para repetir el adverbio NO, aún a riesgo de morir.

Hace un par de días le escuché a Armando Valladares algo que había leído en su libro Contra toda esperanza, pero que me sobrecogió más cuando lo oí de sus labios.

Estuvo, como algunos de sus compañeros de presidio, muchos años en una minúscula e inmunda celda tapiada, solo, sin sol, llena de excremento, literalmente devorado por los hongos que le cubrían desde los pies hasta el cuello, pero encontraba la razón de su vida en el acto de resistir, de decir ¡no! con su ejemplo indomable.

Y recordaba, mientras le escucha el terrible relato, un libro de Víktor Frankl, aquel fino psiquiatra austriaco, discípulo de Freud, sobreviviente de Auschwitz, donde perdió a toda su familia asesinada por los nazis.

Cuando terminó la II Guerra, Frankl escribió uno de los libros más importantes del siglo XX: El hombre en busca del sentido de la vida. De ahí extraigo varios párrafos que me parecen relevantes:

Escribió Frankl:

“Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino.”

“Es esa libertad espiritual que no se nos puede arrebatar, lo que hace que la vida tenga sentido y propósito.”

“Tenemos que aprender por nosotros mismos y después enseñar a los desesperados que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros”

Sigue diciendo Frankl:

“Hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la “raza” de los hombres decentes y la de los indecentes. Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales. Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es en realidad el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero, asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración.”

” A un hombre le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino.”

Termina la cita de Viktor Frankl.

Al principio de los años sesenta, como todos sabemos, una dictadura comunista, es decir, totalitaria, se entronizó en Cuba.

En ese momento, a sus cuarenta y tantos años, Virgilio Beato ya tenía una bien ganada fama de profesor y médico estupendo, pero, como muchos cubanos, fue obligado a emigrar y tuvo que reinventarse en el exilio.

Partió de cero, o de casi cero.

Se fue a Texas, donde le dieron la oportunidad y revalidó su carrera, revalidó su talento, revalidó su amor por la medicina y revalidó su respeto por los pacientes.

Cuando se jubiló de ese trabajo dejó un extraordinario recuerdo en el lugar y se vino a Miami a continuar ayudando a las personas.

Ese ha sido su sino y en eso ha encontrado el sentido de la vida: ayudar, ayudar y ayudar al prójimo.

Querido Dr. Beato, quienes nos consideramos sus amigos, y quienes hemos sido sus pacientes, estamos felices por ese siglo cumplido.

Todos nos hemos beneficiado de su existencia.

Usted ha cumplido con creces lo que se propuso.

Muchas gracias. Muchas gracias.

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One Response to “A Virgilio Beato en su primer centenario”

  1. Luly Tester 23 December 2016 at 10:39 pm Permalink

    Muchas felicidades para el doctor Virgilio Beato! El doctor Beato era may amigo de mi familia en Matanzas Cuba. Mi abuela Maria Elvira Alfonso de Vera y la mama de Virgilio Beato eran amigas desde que eran ninas. Virgilio fue novio de mi tia Tula Alfonso en Matanzas y fue tambiem el doctor de mi mama. Es una gran persona y eminencia en medicina.


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