25 September 2016 ~ 0 Comentarios

Blues Para Leo

por Paquito D’Rivera

leonardo-acostaHoy me llamó Rodolfo de la Fuente para decirme sin más detalles que Leonardo Acosta había muerto, y aunque esperada, no menos dolorosa fue la desaparición física de alguien tan querido y admirado por varias generaciones de músicos y aficionados al Jazz y a la literatura en nuestra tierra. Leo se me fue sin haber tenido ocasión de decirle que uno de los momentos más emocionantes de mi carrera fue cuando me pidió que escribiera al prefacio de la edición en inglés de “Cubano Be, Cubano Bop” un siglo de Jazz en Cuba, que le publicara en 2002 el prestigioso Smithsonian institute de Washington.

Recuerdo vívidamente una de aquellas luminosas noches que aún le quedaban a La Habana de principios de los sesentas, cuando nuestra pandillita de “Los Chicos del Jazz”, bajando por las calle 23 llegábamos el club La Gruta, en el sótano del cine La Rampa. Seguramente era Viernes o Sábado, pues el pequeño club nocturno estaba repleto de Jazzófilos, humo y gente curiosa, atraída por aquellos dos músicos negros, –un pianista y un saxofonista– que habían venido del mítico “Norte revuelto y brutal” a establecerse en nuestra Isla.  No bien entramos al cabarecito, escuchamos “¡Campeón del Mundo!”, el grito de guerra de Eddy el americano del saxo, a la vez que alzaba su jarra helada y espumante, haciendo equilibrio sobre una de las altas banquetas del bar.

Detrás de la barra, ocupando el lugar de Eddy, junto al piano de su compatriota Mario Lagarde había un joven pálido y muy flaco con unos lentes que le daban un parecido con Paul Desmond. De su cuello largo y huesudo le colgaba un enorme y brilloso saxofón barítono “made in Czekoslovakia”.

Mario marcó el tiempo con calma y con mucho swing comenzó a tocar “La Gruta Blues”, el tema musical que ya todos los del ambiente conocían. Enseguida se le sumaron Pepe el Loco en la batería  y Julio César Fonseca al contrabajo, dos pintorescos personajes de aquella noche de que hablaban César Portillo y Cabrera Infante. Al final de los 24 compases del tema, le dejaron el primer solo al saxofonista, y con excepción de las grabaciones de Gerry Mulligan y Serge Chaloff que mi padre tenía en casa, aquella era la primera vez que escuchaba un barítono tocar todas aquellas angulares líneas de Be Bop en vivo. Yo era casi un niño y desde entonces me quedé fascinado con el lenguaje musical de aquel tipo flaco con el enorme saxofón brilloso, que no era otro que Leonardo Acosta.

Al terminar la tanda fuimos todos a felicitarlo, y fue aquel el comienzo de una amistad que duró hasta hoy, que se nos marchó para siempre uno de los pocos músicos que junto a Camille Saint Säens, Artie Shaw y Nicolas Slonimsky poseía además la habilidad de comunicarse magistralmente a través de la palabra escrita. Por eso siempre pensé que nadie como Leonardo Acosta para narrar este siglo de Jazz en Cuba, un libro que disfruté casi tanto como su solo de barítono aquella cálida, lejana e inolvidable noche habanera  en La Gruta club.

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