19 November 2017 ~ 0 Comentarios

Con Montaner, hablando de ‘El Presidente’

(Diario de Cuba) Carlos Alberto Montaner es sin duda una de las personalidades cubanas más importantes, un referente obligatorio del “problema cubano” y de la situación sociopolítica en América Latina. Sus columnas se publican en importantes diarios y ha asumido su propio blog.

En el otoño de su carrera, el escritor y periodista se ha convertido también en un prolífico autor. En 2011 causó revuelo su novela epistolario y erótica La mujer del coronel. Un año después nos llegó su novela histórica Otra vez adiós, en la que cuenta la reestructuración de la democracia cubana luego del machadato, la trama judía anterior a la Segunda Guerra Mundial y la evolución de la plástica en esa época.

Ahora, luego de un impasse de seis años Montaner presenta  hoy en la Feria del Libro de Miami su más reciente obra: El Presidente. El autor lo califica como una especie de actualización de la colosal obra del medioevo El Príncipe de Nicolás Maquiavelo. Pero no queda claro a que género pertenece.

¿Ensayo – manual – testimonio?

Sin dudas, El Presidente es una declaración de principios liberales, en la que Montaner asume criterios valientes. Como cuando defiende la necesidad de un líder per se, un jefe que nos toca tener por esencia del ser humano. Y por ende, esencia de la humanidad.

O cuando precisa que al incursionar en la política “se está echando el honor a los perros”.

O al sumarse a la definición de políticos del diputado español Miguel Ángel Cortés: “Son animales feroces que se alimentan de votos”.

El Presidente es también una joya de cultura política contemporánea, un estudio profundo de los contradictorios escenarios políticos que nos ha tocado vivir. El libro obliga a rebuscar información, a comparar criterios y, en mi caso, a perseguir al autor para que me aclare muchos de sus puntos.

Agradezco siempre la buena disposición de Montaner para conversar y responder con la calma que le caracteriza, cualquier pregunta que se le haga, inclusive las más molestas, que siempre son las más difíciles de hacer.

Nos tenías acostumbrado a las novelas que recreaban momentos históricos y que siempre traían el tema cubano a colación. Pero ahora te presentas con otro estilo de literatura. ¿Cómo clasificas a El Presidente?

Sigo escribiendo novelas históricas. Me apasionan. Escribo una y tengo otra muy bien investigada.

El Presidente es un paréntesis. Está más cerca de mis artículos periodísticos. Es un ensayo didáctico. Decidí escribirlo porque, con frecuencia, me preguntan cómo elegir a un buen presidente.

Maquiavelo escribió su obra, que nunca vio publicada, desesperado por los desastrosos gobiernos de su tiempo y, naturalmente, porque era un perdedor, un prisionero. Florencia y el papado estaban en manos de los Medici, sus grandes enemigos.

Han pasado 500 años de historia política y sistemas sociales desde que Maquiavelo intentó establecer los parámetros para que un príncipe perdurara en el poder. Mucho de sus principios son letra muerta que no pueden aplicarse en la actualidad. ¿Por qué no buscaste un referente más reciente?

Porque El Príncipe sigue siendo un clásico de la literatura política. Cuando lo escribía ya comenzaba a ser obsoleto, pero los dictadores contemporáneos lo estudian cuidadosamente. Fidel Castro, por mencionarte uno, se sabía de memoria el capítulo XVI del libro.

Para mí, trabajar en base a El Príncipe era la manera más clara de establecer los objetivos de este ensayo.

“No vencieron pero convencieron”, este ha sido el argumento de los perdedores durante muchos años, pero ahora en tu nuevo libro defiendes la tesis de que en la democracia actual, para el presidente es más importante convencer antes que vencer. ¿No es contradictorio querer ser presidente y terminar celebrando la derrota por haber sido convincente?

No, y no hay contradicción en lo que expongo. A partir del establecimiento de las repúblicas y del fin del viejo régimen feudal, convencer se convirtió en una condición inevitable.

En la actualidad hay muchos ejemplos de cómo las verdaderas democracias se construyen convenciendo no venciendo. El horror del totalitarismo se asienta, precisamente, en que impone ideas, obliga a fingir.

Obligar al político a convencer a sus votantes, a ganarse el voto con la explicación convincente de su proyecto, es una importante aspiración demócrata.

Insistes en la necesidad de un jefe, de un líder imprescindible para guiar “la manada humana” para garantizar la supervivencia de nuestra especie. Ves el egoísmo del jefe como un aval del interés común. ¿No crees que enarbolas una teoría primitivista de la sociedad? ¿Eres un ateo recurriendo a la necesidad de un mesías guiador?

No. Es la vieja discusión entre Platón y Aristóteles. Platón defendía el principio de que la autoridad descendía desde la cúpula. Aristóteles pensaba que debía ascender desde el pueblo. Por eso Aristóteles es el padre de la democracia y Platón el del totalitarismo. Seguramente te refieres a uno de los primeros ensayos del libro sobre la necesidad del jefe. Eso sigue siendo cierto, pero lo que ha evolucionado es la forma de seleccionarlo.

Citas a innumerables expertos, políticos, genios de campaña, etc. ¿Escribiste un libro o te limitaste a compilar lo que dicen otros?

Les di la palabra a expertos. Repito: es un ensayo didáctico. No tendría sentido opinar sobre temas en los que otros son los grandes conocedores.

El Príncipe es un manual de instrucciones para el elegido. Tú defines El Presidentecomo “un manual para electores y elegidos”. La lógica indica que o representas a los elegidos o te vuelves un defensor de los electores. ¿No te parece que en esta afirmación de tu libro hay un poco de negación de la negación, a lo Carlos Marx?

No lo creo. Votar es una de las actividades más frecuentes de cuantas realizan los seres humanos cuando viven en regímenes democráticos. Pero votar debe ser un acto de conciencia, no un reflejo condicionado. Al votar uno condiciona en parte su futuro.

Y definitivamente, no hay nada de marxismo en este razonamiento.

La Iglesia era uno de los pilares del poder durante la época de Nicolás Maquiavelo y su príncipe. Si nos trasladamos a la actualidad que nos presentas en El Presidente, ¿qué papel juega ahora la Iglesia?

La Iglesia, al menos en Occidente, afortunadamente perdió casi todo su poder político. Hoy reclama cierta autoridad moral para guiar a la sociedad, pero cada vez tiene menos peso. La frase de Nietzsche “Dios ha muerto” debió ser “Dios está muriendo”.

América Latina convulsiona entre gobiernos corruptos, fracasos de izquierda y pueblos desesperados por emigrar. ¿Qué ayuda les puede brindar a los presidentes y los pueblos latinoamericanos un libro como El Presidente?

Les puede recordar a los políticos que la clave de las sociedades exitosas es situarse bajo la autoridad de la ley. Y a quienes tienen la difícil tarea de seleccionar a los políticos, les ayudará a saber cómo elegirlos.

En EEUU vivimos una experiencia única con el mandato del presidente Donald Trump. En esta novedosa realidad política, ¿nos puede ayudar en algo El Presidente?

Nos puede y debe ayudar a elegir mejor al jefe del Gobierno.

La pregunta que se impone: ¿qué relación puede surgir entre Cuba y El Presidente, tanto ahora como en un futuro de cambio social? ¿No está condenada tu isla a sufrir de dictador en dictador por el resto de sus días?

Creo que los cubanos, cuando termine la etapa comunista, durante mucho tiempo, van a rechazar a los líderes iluminados. Esta larga y amarga experiencia les habrá servido para apreciar el valor de las instituciones.  Ojalá entonces El Presidente les sirva para algo.

Ahora les serviría como un libro de referencias de lo que pudo ser la república cubana y de lo que existe más allá de sus fronteras, políticamente hablando.

La corrupción y los salvadores o elegidos, ¿no crees que son dos males endémicos de la modernidad que perseguirán  a cualquier presidente por honesto que se proponga ser?

La corrupción y los salvadores de la patria no son fatalidades inevitables. Es una cuestión de valores y de conocimientos. En Cuba siempre hubo funcionarios corruptos, pero también hubo una legión de personas decididas a implantar la honradez.

De los mandatarios que trascienden en la historia, ¿a quién considerarías el príncipe por excelencia del presente y el presidente loable del pasado?

Mi impresión es que Felipe VI, el actual monarca español, es el mejor Borbón que jamás ha llevado la corona. El que mejor entiende sus funciones y sus límites.

Y en cuanto a jefes de gobierno, mi admiración por el primer ministro británico Winston Churchill es total.

¿Cómo se ve mejor Carlos Alberto Montaner, como elector o como elegido?

Como elector y acaso como asesor de un elegido que valore el consejo de los viejos.

¿Qué tal hubiera sido Carlos Alberto Montaner como príncipe y como presidente?

Un desastre.

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