15 January 2013 ~ 2 Comentarios

El episodio del “Saint-Louis” en la novela “Otra vez adiós”

por Isis Wirth

Otra vez Adios

(La Reina de la Noche) “Otra vez adiós ” (Suma de letras, 2012), la última novela del escritor cubano Carlos Alberto Montaner, cuenta los avatares del pintor vienés David Benda, un judío que huye del nazismo y llega a Cuba en el “Saint -Louis” en 1939. Se hace célebre y próspero en la isla (e incluso le pinta dos retratos a Fulgencio Batista), hasta que le arriba la hora de decir “otra vez adiós”, en esta ocasión huyéndole al castrismo.

He disfrutado con intensidad la novela, por sus diversas cualidades. Quisiera referirme sobre todo al episodio del “Saint-Louis” en ella, ya que, como he mencionado, David Benda puede desembarcar en la isla.

Como nadie debe ignorar, el “Saint-Louis” era un buque de pasajeros de la naviera Hapag, de Hamburgo, que zarpó el 13 de mayo de 1939 de ese puerto del Mar del Norte con destino a La Habana, con 900 (en realidad, 899) judíos germánicos. Otros 38 pasajeros se les unieron en Cherburgo, la mayor parte de ellos no judíos, republicanos españoles y algunos cubanos. De los 937 pasajeros que arribaron a la bahía de La Habana, sólo 30 obtuvieron permiso para desembarcar: la totalidad de los no judíos, asi como, entre esta cifra, siete judíos. De los 907 que, ante la negativa del gobierno de Federico Laredo Bru (con Batista en la sombra) de permanecer en la isla, fueron obligados a regresar a Europa, 600 murieron en los campos de exterminio. Entre ellos, unos doscientos niños.

Este viaje de los condenados, o el de un barco hacia el infierno (según dos de los títulos de los no pocos libros escritos sobre este suceso infame, por el cual algún día un futuro gobierno democrático deberá pedir perdón en nombre de la historia de la isla), era una operación de propaganda de Joseph Goebbels. Tras el pogromo de la Noche de Cristal (9 de noviembre de 1938), Alemania se mostraba “magnánima” y “generosa” con los judíos, permitiéndoles salir. Sin embargo, pronto se comprobaría, según lo ideado por Goebbels, que ningún país quería tampoco a los judíos. Curiosamente, cuando Goebbels se reunió con Hermann Göring y Reinhard Heydrich en un almuerzo de trabajo a principios de abril de 1939 en el Hotel Adlon de Berlín, para exponerles su plan, estaba convencido de que Cuba no aceptaría a los judíos, a los cuales los nazis se aprestaban a embarcar en el “Saint-Louis”. ¿A qué se debía esta seguridad de Doktor Goebbels ? Göring y Heydrich dudaron de que Cuba pudiera finalmente rechazarlos, pero Goebbels los convenció de lo fundado de sus cálculos.

Me detengo en el fino equilibrio entre los hechos históricos (por demás, Montaner ha realizado un trabajo de documentación minucioso, loable) y la ficción, en lo que respecta a cómo es bien creíble que Benda, en la narración, pudiera desembarcar.

Los siete judíos a quienes se les permitió desembarcar fueron: dos niñas, Renate y Evelyin Aber, cuyo padre, Max, se encontraba en Cuba; uno que, in extremis, antes de que zarpara el barco el 2 de junio de 1939, logró depositar la caución de 500 dólares exigida por los cubanos; asi como Max Loewe, quien desesperado, se cortó las venas (intentó más bien arrancárselas), se tiró al agua pero fue salvado por un marino, “ario”, de la tripulación del capitán Schröder; luego fue nombrado, el capitán Schröder, “Justo entre las naciones”, aunque no lo fue por este acto heroico de un marino a sus órdenes, sino por toda la historia del viaje condenado… A las autoridades (cubanas) no les quedó más remedio que trasladar a Max Loewe a tierra y hospitalizarlo en el “Calixto García”, impidiéndole no obstante a su esposa Else (y a los dos hijos de ambos) que desembarcaran, para que estuvieran a su lado mientras se debatía entre la vida y la muerte.

Los restantes tres fueron la señora Meta Bonné y sus dos hijos Beatrice y Hans-Jacob. Un oficial del servicio de inmigración había subido a bordo, para desaparecer enseguida. Poco tiempo después, el comisario de a bordo, Alexander Müller, le pidió a la familia Bonné que se presentara en su buró. Luego, todos los otros los vieron, maleta en mano, acompañados por el oficial, descender a tierra. Los pasajeros comenzaron a protestar, otros expresaban su incredulidad, y su frustración. ¿Por qué ellos y nosotros no? ¿Por qué? El capitán Gustav Schröder nunca entendió el porqué de este tratamiento de favor. Tampoco, Müller podía decir más. Había solamente visto al oficial hablar con los policías (que se encargaban de que nadie saltara por la borda), y mostrarle los pasaportes de la familia. Eso fue todo. El misterio permanece intacto, hasta el día de hoy.

En la novela, David Benda se beneficia de que es un enviado a Cuba de Karl Toledano, quien dirige una agrupación de resistencia, encargada de salvar a los judíos tanto como fuese posible. Benda debe entregarle un nuevo libro de claves a Yankel Sofowicz, miembro de la organización de Toledano que se encuentra la isla. Yankel ha sido ayudado previamente a establecerse en Cuba por el cubano Julio Lavasti, a quien Toledano había conocido en Berlín mientras estudiaba medicina. Bajo ningún concepto, Benda debe regresar a Europa. Lavasti está muy bien relacionado con el gobierno. Una mañana, subieron a bordo, cuenta Montaner, el comandante Manuel Benítez Jr., hijo del director de inmigración; Julio Lavasti y el asistente de Benítez Jr. Se llevaron a tierra a Benda, según orden del presidente Laredo Bru.

Si no, entre los varios sucesos reales desplegados por Montaner en el capítulo del “Saint-Louis”, el de la muerte a bordo de Meier Weiler, quien había embarcado muy enfermo, probablemente de diabetes. Montaner sólo le cambia el nombre de Meier por el de Moritz; sin embargo, mantiene el mismo que en la realidad para su viuda, Reicha.
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Y hago un salto desde 1939 al 1961, en Cuba, tras la invasión de Bahía de Cochinos, al tratarse de una de las escenas acaso más impactantes de la novela. David había sido detenido desde el 17 de abril, y trasladado a la sede de la policía política en Miramar. El capitán “a cargo de su caso” lo acusa de batistiano, señalándole el segundo retrato que le pintó a Batista, firmado en abril de 1957. Benda le responde que lo hizo para salvar a un amigo suyo, Ben Kravich, de las garras de Ventura, lo cual es cierto. Era uno de los complotados en el asalto al Palacio presidencial en marzo de 1957. El capitán le espeta con desprecio que conoció a la “rata sionista” del polaco Ben Kravich en la universidad, un “anticomunista enfermizo” desde joven. Benda le aduce que no es una “rata sionista” sino alguien que creía en la causa de Israel, que amaba a Cuba e Israel. Y le tira el capitán la terrible andanada: “Si usted está de acuerdo con las ideas de Kravich, ambos son dos judíos de mierda. Los judíos se han apoderado del territorio que les correspondía los palestinos. La única cosa buena que hizo la república mediatizada en la época del canalla Grau San Martín fue votar contra la creación de Israel, el único país de América Latina, por cierto, que votó correctamente. Israel es un peón del imperialismo yanqui y usted es un doble agente de los americanos. Primero es un agente como retratista de la burguesía y luego como judío sionista”.

Montaner teje un contrapunto entre la experiencia vivida por David Benda bajo el nazismo y la que le va a tocar vivir en Cuba a partir del 1 de enero de 1959. Es (tan sólo) una de las razones por las que “Otra vez adiós” debe ser leída.

2 Responses to “El episodio del “Saint-Louis” en la novela “Otra vez adiós””

  1. raulmanny 16 January 2013 at 3:07 pm Permalink

    Una persona que sabe mucho sobre el episodio de el San Luis es el (no ses si aun vive) Coronel Manuel Benitez hijo de el militar de mismo nombre (General Manuel Benitez, jefe de la Policia Nacional de 1940 a 1944)que conto en un programa de “Trapecio” dirigido por Felipe Rivero las presiones que el gobierno de FDR hizo a Cuba para evitar el desembarco de los judios. Despues el barco fue a Republica Dominicana tratando de desembarcar los pasajeros y Trujillo recibio la misma presion. El resultado es de todos conocidos.

  2. La Molécula 17 January 2013 at 2:39 am Permalink

    Impecable, muy interesante esta reseña de La Reina de La Noche. Para mí, una de las más interesantes de las tantas que hasta el momento he leído sobre “Otra vez adiós”. Porque, más que en la propia trama, Isis Wirth se adentra y expone con agudeza quirúrgica uno de los hechos históricos (de los tantos que hay en la novela) que tan magistralmente supo usar el autor para hilvanar su espléndida novela.

    Queda claro, con esta reseña, que “Otra vez adiós” es una novela realista (realidad-ficción) de imprescindible lectura, que retoma la historia y que indudablemente dejará su huella en ella. Y en la literatura, por supuesto.

    (Preciosa la foto que acompaña este post)


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