30 October 2012 ~ 1 Comentario

El testamento de Menoyo

por Miguel Sales Figueroa

Menoyo

(FIRMASPRESS) Con motivo de la muerte de Eloy Gutiérrez Menoyo en La Habana, a finales de octubre pasado, la prensa española publicó su testamento político. Menoyo –como le llamaban los cubanos- fue una figura pública lo suficientemente conocida como para ahorrar al lector otro repaso a su curriculum vitae. Por lo tanto, me limitaré a examinar las ideas centrales de este documento póstumo.

Pero antes de hacerlo quizá deba advertir que conocí a su autor en la cárcel, en el decenio de 1970. En múltiples ocasiones conversamos sobre esos y otros temas. Aunque coincidíamos en el rechazo al régimen castrista, discrepábamos en casi todo lo demás. Creo que Menoyo me veía entonces como un intelectual en ciernes, miembro de una nueva generación que estimaba muy poco los valores de la “verdadera revolución”que, según él, había sido traicionada en 1959. Por mi parte, yo lo consideraba un hombre de acción, de ideas un tanto limitadas y anacrónicas. Parecía un guerrero más dispuesto a morir con honra que a pensar con orden.

Si se hace caso omiso de algunas digresiones líricas sobre el telurismo y la predestinación que desentonan con el grueso del enunciado, el testamento es un acta hasta cierto punto involuntaria de un triple fracaso: del antiyanquismo en la oposición, de la socialdemocracia finisecular y del revolucionarismo como instrumento de transformación histórica.

En lo tocante al antiyanquismo, es de dominio público que Menoyo mantuvo una postura de rechazo sistemático de la política exterior estadounidense. Básicamente a eso alude la frase“mi posición independentista y […] mi llamado a marcar distancia de cualquier proyecto vinculado a otros gobiernos”. Este nacionalismo de vía estrecha tiene mucho que ver con los prejuicios que arraigaron en España tras la catástrofe de 1898.

Para la izquierda española (y también para buena parte de la derecha), la independencia de Cuba fue producto de una conspiración urdida en Washington, con el fin de despojar a España de las últimas joyas de su imperio colonial. Una conjura de unos pocos criollos ambiciosos, financiada por banqueros de Wall Street y salchicheros de Chicago, y jaleada por la prensa amarilla. Luego el imperialismo yanqui establecería en Cuba una República tutelada para saquear sus recursos naturales e impedir la creación de una auténtica conciencia nacional. Grosso modo, este fue el ideario reduccionista que Menoyo asimiló durante su infancia y adolescencia, y que luego le serviría de prisma para interpretar la función de Estados Unidos en Cuba en la primera mitad del siglo XX. El problema de su posición “antimperialista” fue que, además de basarse en una lectura errónea de la realidad histórica, durante los 30 años que siguieron a 1959 la Guerra Fría dejó poco margen a los matices y las filigranas ideológicas. Cuando el aliado soviético desapareció, Menoyo creyó que el gobierno de Castro tendría que pactar con Occidente y que él llegaría a la mesa de negociaciones de la mano de la Internacional Socialdemócrata.

Pero esta ideología, con la que Menoyo sentía gran afinidad desde su juventud y a la que fue fiel hasta la muerte (“ni tamizo ni renuncio a mi vínculo con la socialdemocracia”,afirma en el documento), ha ejercido en Cuba poca influencia y ha servido sobre todo para amparar en Europa al régimen castrista. En particular, desde finales del decenio de 1980. Entre otras razones, porque la caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior desaparición del bloque soviético no sólo hicieron naufragar al marxismo leninismo, sino que también socavaron algunos pilares fundamentales de la socialdemocracia. El ogro filantrópico -estatizante, despilfarrador, demagogo y tercermundista- entró en una crisis terminal. La Gran Recesión de este siglo, que comenzó en 2007 y dura todavía, lo está apuntillando. Cuando se examinan los documentos de Cambio Cubano, el movimiento político que Menoyo encabezó, y se lee detenidamente su testamento, salta a la vista que ni él ni sus colaboradores lograron interpretar correctamente el significado de estos fenómenos.

Por último, el fracaso de la revolución de 1959 figura explícitamente en los párrafos del texto póstumo. Menoyo declara: “asumo la responsabilidad de este tropiezo a la vez que me reafirmo en las ideas que en su inicio suscitaron la admiración de amplios sectores cubanos e internacionales”. Sostenellay no enmendalla. Transcurrido más de medio siglo de aquellos sucesos, la teoría de la “revolución traicionada” parece cada vez más endeble. La realidad suele ser muy terca y por lo general los datos empíricos pesan más que las buenas intenciones. A los políticos no se les juzga por lo que sueñan, desean o declaran sino por lo que logran hacer.

En este sentido, el fracaso de la revolución que algunos imaginaron en 1959 es inseparable del triunfo indiscutible de Fidel Castro. Si los revolucionarios liberales o socialdemócratas fueron descartados ese año, tras haber contribuido a deponer al gobierno de Fulgencio Batista y destruir el orden republicano, en cambio Castro y sus aliados comunistas consolidaron su poder y lo han detentado sin muchos sobresaltos hasta el día de hoy.

Menoyo sabía mejor que nadie que, para un revolucionario, el hecho supremo de conquistar el poder absoluto y ejercerlo sine die empequeñece cualquier alegato sobre la libertad, los derechos, el bienestar económico o los logros sociales. El poder político no es un medio para alcanzar otros fines, sino un fin en sí mismo. Quizá por eso en las 1546 palabras de su testamento, donde sólo menciona a cinco personas -su hermano Carlos, Félix Varela, Antonio Maceo y José Martí, que aparecen una sola vez y casi a hurtadillas, en un contexto de lirismo y predestinación- , Fidel Castro figura orgánicamente, con nombre y apellido. Cuatro veces.

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One Response to “El testamento de Menoyo”

  1. Luis G. 4 November 2012 at 6:30 pm Permalink

    Magnifico, como siempre, y esclarecedor. Por otro lado, con la admiración n que le tengo, no solo como analista sino desde el punto de vista literario, en 929 palabras en su artículo se menciona, directamente a Castro, también cuatro veces y se hace referencias al “castrismo” al menos en otras dos oportunidades. En proporcion, Ud. gana. Obviamente, es el tema. Lo cual aplica también al viejo Menoyo. Por lo demás s le reitero mi más s sincera admiración.


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