12 July 2014 ~ 9 Comentarios

La sana lucha por la desigualdad

por Carlos Alberto Montaner

Igualitarismo

Comienzo por una anécdota. Me la relató la protagonista, una excelente médico cubana, especialista en implantes cocleares encaminados a devolverles la facultad de oír a niños sordos.

Hace unos cuantos años, al volver de las vacaciones, la esperaba el moralizante comité del Partido Comunista del hospital donde trabajaba. Se proponían reprenderla. Ella no sabía por qué. Pronto lo supo. Era culpable de una conducta impropia del socialismo: se había creado fama de ser la mejor cirujana en su especialidad. Se había destacado. ¿Existía alguna prueba? Por supuesto: sus pacientes prefirieron esperarla y durante su ausencia se negaron a ponerse en las manos de otros médicos.

La acusada escuchó pacientemente la regañina. Le explicaron que la revolución preconiza el trabajo en equipo y es refractaria al éxito egoísta de los individuos, práctica que aparentemente pertenece al ámbito del capitalismo despreciable.

La doctora replicó que nada había hecho para seducir a sus pacientes, salvo ser buen médico, pero secretamente tomó la decisión de escapar de un país dispuesto a castigar la excelencia en nombre del igualitarismo revolucionario. Desde hace unos años ejerce su profesión muy exitosamente en Miami.

Relato esta historia porque hoy, mientras los gobiernos, los partidos políticos y numerosos pensadores, colectivistas y no colectivistas, se preocupan por reducir la desigualdad, satanizan el lucro y esgrimen como bandera el Índice Gini, con el que suelen azotar a quienes se han enriquecido, los individuos, por la otra punta del análisis, luchan por descollar y acentuar las diferencias sociales.

Tienen razón los individuos. Tratar de sobresalir, intentar destacarse, luchar por ser mejores que los demás, diferentes a ellos, incluso más ricos, forma parte de la naturaleza humana y a todos nos conviene que así sea. Reprimir ese impulso, condenarlo moralmente e intentar igualar a los individuos es el camino más corto al fracaso general.

Más aún: como sabe cualquiera que haya observado con cierto cuidado el comportamiento de las personas normales, eso es lo común, lo sano, lo que nos impulsa todos los días a trabajar y a vivir. Sin ese estímulo íntimo, rabiosamente individualista, se genera el aniquilamiento del yo, diluido en medio de una pastosa marea de seres más cercanos al enjambre de abejas idénticas que a la especie competitiva, alerta y desigual a la que pertenecemos.

La autoestima, tan importante para el equilibrio emocional, depende de eso. Quienes están satisfechos consigo mismo poseen más posibilidades de ser felices y de crear riqueza para ellos y para beneficio del entorno en el que viven. Por el contrario, la sensación de mediocridad, y más aún de una cierta inferioridad relativa, suele abatir a quienes la sufren.

Cuando la depresión no tiene una causa fisiológica –un desequilibro hormonal o químico—el origen hay que buscarlo en el terreno oscuro de una autopercepción negativa. Son esas personas que no pueden o quieren levantarse de la cama a luchar porque su ego ha sido aplastado, y ni siquiera entienden qué les ha sucedido, más allá del malestar que las agobia. 

Se equivocan los gobiernos, los partidos políticos y las instituciones religiosas en tratar de demonizar y penalizar la desigualdad. ¿Qué hacemos, intuitivamente, con quienes se destacan? En general, los admiramos. Los declaramos héroes y, si se tercia, los enriquecemos con nuestras preferencias. Puede ser un guerrero valiente, un artista excepcional, un deportista triunfador. Puede ser una persona dedicada a la filantropía, como la Madre Teresa, o a la creación de empresas, como Steve Jobs.

El héroe es alguien extremadamente desigual que ha realizado una hazaña poco común y eso lo convierte en un modelo ideal de comportamiento. A nadie le molesta (o debiera molestarle) que en procura de su singularidad el héroe llegue a convertirse en una persona muy rica, infinitamente más que la media, como sucedió con Picasso, con Bill Gates, con el tenista Rafa Nadal, con la cantante Beyoncé y con los miles de triunfadores que en el mundo son y han sido.

La palabra logro viene de lucro. La creación de riqueza, cuando ha sido ganada limpiamente, es una forma de merecido reconocimiento. El lucro no es un pecado, ni el logro debe ser un delito o un comportamiento censurable. Quien se destaca y triunfa, por el contrario, merece nuestra admiración, nunca nuestro desprecio.

9 Responses to “La sana lucha por la desigualdad”

  1. SB 13 July 2014 at 2:11 am Permalink

    Ideologías como el marxismo en cualquiera de sus formas, y toda otra forma de estatismo que ha atropellado a la humanidad, parten de una premisa falsa por la que siempre fallan desastrosamente al imponerse: que supuestamente todas las personas son iguales, o que al menos hay que encaminar todos los esfuerzos a igualar a las personas, cuando eso solo funciona en organismos eusociales como las hormigas, las abejas y las hienas. Los seres humanos en cambio, son distintos entre sí, e invariablemente se ponen a sí mismos y a sus seres queridos primero. Unos quieren trabajar duro, mientras otros prefieren tomarse la vida con relax. Nadie tiene exactamente los mismos gustos. Todos tienen percepciones y anhelos que pueden ser diferentes. Esto no es malo, y por el contrario es la naturaleza humana, en la que predomina la sana competencia y la retribución por el esfuerzo personal es el único que funciona. Pero los idiotas “iluminados”, perversos personajes que se creen con el derecho a decidir sobre otros en su nombre (Como Fidel Castro, Hugo Chávez y un sinnúmero de otros déspotas), pretender siempre tratar de redistribuir los recursos, las habilidades e incluso a los mismos ciudadanos como si fueran fichas de ajedrez, lo que siempre lleva a la pobreza, la violencia y la mediocridad. Así las cosas, sí logran que todos los demás sean igualados sufriendo la misma miseria, pero la paradoja es que esa élite termina siempre en una posición oligárquica a costa de sus súbditos.

  2. Sergio Hernandez 13 July 2014 at 10:31 am Permalink

    Excelente artículo. La realidad avala totalmente lo planteado por Montaner. Resulta que después de 56 años no solo fracasó el intento de uniformar el comportamiento de todos los individuos, sino que el efecto ha sido exactamente el contrario: se ha exacerbado una actitud de “salvase quien pueda” y “vale todo”. La indolencia y el tratar de lograr beneficios a cualquier precio es hoy un modo común en las relaciones humanas. En mi opinión lo peor del totalitarismo no es la destrucción material del país, sino la destrucción de los valores humanos de la sociedad… y requerirá generaciones para restaurarlos.

  3. Alberto Otsir 13 July 2014 at 12:33 pm Permalink

    Sigues en el centro de la diana, una vez más me quito el sombrero.
    Al mejor, o si lo prefieren a uno de los mejores, la traición, la deshonestidad y la tiranía lo crucificó.
    Hoy lo seguimos millones de personas, no era igual que nosotros y solo un pequeño grupo de los mejores fueron sus discípulos.
    Carlos Alberto, estás desde mi punto de vista, entre los mejores, a los que hay que estudiar su pensamiento y ver hacia donde mira, porque hacia allí hay que mirar.
    Gracias.

  4. David 13 July 2014 at 2:18 pm Permalink

    Una sociedad libre y próspera inevitablemente será una sociedad desigual. No se puede hacer iguales a todos por la fuerza, eso nunca funciona. La desigualdad es natural porque las personas son diferentes; no todos se esfuerzan lo mismo para conseguir lo mismo, y por lo tanto, obtendrán resultados desiguales, y eso incluye, la riqueza. Es en las sociedades desiguales donde hay mayor libertad para que las personas sobresalgan y se enriquezcan y eso a la larga termina beneficiando a toda la sociedad, incluyendo a los más pobres, pero son los que se sobresalieron los que más se benefician porque ellos son los que más se esforzaron para sobresalir, y lo lógico es que ellos sean los más beneficiados. Los pobres también se benefician indirectamente con esto, porque tienen a su alcance los aportes de esas personas ricas y productivas que sobresalieron que aportaron valor a la sociedad, y cuanto más personas aportan, más posibilidades tienen de vivir mejor. En lo único en que las personas son iguales son en derechos, solo en eso, cosa que lo ha planteado el liberalismo para proteger los derechos en contra de los abusos de los gobiernos.

    • David 14 July 2014 at 2:53 am Permalink

      Perdón, quise decir “proteger a las personas de los abusos del gobierno”.

  5. Sinnombre 15 July 2014 at 11:47 am Permalink

    Me parece que hay un sobreentendido que se repite durante todo el escrito y que está errado.

    Las personas no se mueven por estar mejor que el vecino. El que acepta que así es, muy fácilmente se siente tentado a justificar el mantra marxista de la lucha de clases y todo que se deriva de eso.

    Las personas se mueven por vivir mejor que lo que (ellas mismas) están viviendo hoy. Claro, ver que el vecino prospera ayuda para i) saber que es posible vivir mejor y ii) contar con estándares adicionales (no exclusivos) de esa mejor vida.

    Estoy seguro de que usted no se siente frustrado por ser menos rico que Carlos Slim y lo que lo alienta en su trabajo no es amasar una fortuna semejante. Tampoco creo que usted esté pendiente del auto que tiene su vecino con el objetivo de ahorrar y comprar uno más caro y, de esa manera, diferenciarse de él (de su vecino).

    En resumen, no tengo la impresión de que la gente luche por la desigualdad (aunque tampoco considero que esa lucha (si es que la hay) sea condenable) sino por la posibilidad de vivir más cómodamente y de facilitar la vida de su familia.

    • David 16 July 2014 at 10:10 pm Permalink

      Y justamente ese deseo de las personas de vivir mejor que hoy es lo que hace que exista la desigualdad. No todas las personas luchan por vivir mejor con la mismas ganas, por lo que obtienen resultados diferentes.

      • Sinnombre 18 July 2014 at 11:55 am Permalink

        De acuerdo. Y, por si acaso es necesario aclarar, a mí la desigualdad de los ingresos (y de la riqueza) me parece totalmente normal teniendo en cuenta que las personas son distintas (tienen distintas aptitudes, distintos intereses y distintos valores).

        Pero una cosa es que las personas sean desiguales porque quieren diferenciarse del vecino y otra porque quieren vivir cada vez más cómodamente.

        Mi punto es que la mayoría de los humanos no busca vivir mejor que el vecino. Entre otras cosas, porque eso implicaría que cuando mi vecino prospera, entonces yo estoy peor (cosa que es evidentemente falsa, pero que los “justicieros sociales” usan para justificar toda clase de iniquidades. Al respecto vale la pena leer esto.


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