09 January 2020 ~ 75 Comentarios

La última obra de Vargas Llosa debe leerse como una gran novela no como historia


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75 Responses to “La última obra de Vargas Llosa debe leerse como una gran novela no como historia”

  1. Manuel 9 January 2020 at 3:39 pm Permalink

    todo es novela

    preguntenle a borges

    • Manuel 9 January 2020 at 3:48 pm Permalink

      No hay mas que un solo género literario: La novela. Todo puede concebirse como una novela: lo que hacemos, lo que pensamos, lo que decimos. Y también todo lo que se escribe. Todo es novela: La ciencia, la poesía, el teatro, los discursos parlamentarios, y las cartas comerciales. Algunas buenas, algunas regulares, algunas malas pero siempre mejores que las novelas de Manuel Gálvez.

      Juan José Saer, Cicatrices.

      • Manuel 9 January 2020 at 3:55 pm Permalink

        En Cuba, durante mis últimos años de residencia, tenía prohibida la salida del país. Ni siquiera las playas al este de La Habana me eran accesibles sin que apareciera la cola policíaca, y en todos los puertos y aeropuertos los oficiales de inmigración disponían de plegables de lo que ellos llaman foto tablas en los que mis retratos aparecían recreados con los disfraces que pudiera emplear para escabullirme en sus mismas narices. Luego, aquí, en el país de la libertad, los empleados cubanos de la migra yanqui, hacen lo imposible por torpedearme los documentos de viaje. Qué cosa tan rara, ¿eh? En ninguno de los dos casos me tragan, pero se placen en mantenerme encerrado dentro de sus jurisdicciones.

        Bueno, en fin, como la pregunta no establece el tamaño de ese “solo lugar” — ¿un país, una ciudad, una casa, un closet?— me decanto por las apetencias de mi imaginación: A mí que me den un harem, pero con aire acondicionado y con las chicas de mi elección. Eso sí, en algún sitio donde no sea ilegal este tipo de propiedades. No, no hay que violar las leyes. O si se quiere, pensemos algo más práctico: un yate como el de Onassis (ya los debe haber más modernos y lujosos). ¿Con una ciudad flotante como esa, y yendo de puerto en puerto, para qué tienes que desembarcar en ningún lado?

        ¿Prefiere los animales a la gente?

        Si el animal es Jerry Lee, mi cocker, echado en este momento a mis pies, lo prefiero en términos generales a “la gente”. Aunque siempre lo mantendría en un lugar más o menos equivalente al puñado de mis amigos de toda una vida y en firme igualdad con mi mujer, Niurka. Bien vistas las cosas, ninguno de esos rudos guerreros de mi entorno se conformaron nunca con que yo les regalara una golosina y los felicitara con un “good boy” (Jerry Lee es gringo) por pedirme que lo sacara al patio para no mearme el estudio.

        ¿Es usted cruel?

        Todo lo contrario. Mi reputación es la de ser un tipo compasivo. Lógico en la conducta de un pisciano. Demasiado amplios y nada dogmáticos y es fama que aceptamos con pasmosa tranquilidad los argumentos de todas las partes. Para nosotros tiene tanto valor el lamento del asesinado como la justificación del asesino. De verdad que yo los comprendo por igual.

        Pero sí quiero exponer lo que debe ser un grave defecto. Soy burlón. No tengo fronteras a la hora de reírme de los que me rodean, empezando por mis padres (cuando vivían), mis mujeres (cuando lo han sido) y mis amigos. Claro, la mayoría de mis vínculos se desarrollaron en la Revolución, y ese proceso era como una enorme cófrade que se movía en los bordes de un abismo. Supuestamente, todos íbamos a morir cuando los yanquis invadieran. De alguna manera nos veíamos como defensores de Iwo Jima. Y si tal era la situación y el destino inexorable, para qué rayos imitar a los japoneses en cuanto a su vocación suicida. Lo nuestro era gozar. A partir de esa concepción, pues, a cubrirnos de insultos como la forma más visceral de la camaradería. Actuaba como una cobertura del más acendrado de los afectos. Después de la injuria, del agravio, de la mofa, de la ofensa, de la afrente, ¿qué es lo que te queda? Pues un amor desmedido. ¿Estábamos locos? Sí, seguro. Pero era así como veíamos las cosas. (Qué curioso, no había insultos para prodigarle al enemigo. Decididamente no eran merecedores de denostarlos con ningún apelativo.)

        A veces he pensado en el origen de este apetito mío por la burla. Pienso que procede de los ejemplos de mi viejo, que corría con las relaciones públicas de la mafia americana en Cuba. Recuerdo que solía llevarme por las tardes a Sans Souci, el cuartel maestre de Santos Trafficante. A esa hora —hacia las 3 PM— el cabaret y casino adjunto estaban vacíos, solo Santos y su séquito, entre los que se incluía a “Pancho Villa”, mote que le endilgaba Santos al viejo. Una tarde tenían un cónclave, seis o siete de ellos alrededor de Santos, y hablando de esto y de aquello cuando mi padre me dio un codazo y con un movimiento de cabeza me señaló al paisano a su derecha, un arquetipo del caporegime, rostro lombrosiano y el bulldog calibre 38 abultándole bajo la sobaquera, y —creyendo que el sujeto importado desde la Pequeña Italia neoyorquina no entendía una palabra de español—, mi viejo me susurró: “¿A cuántos habrá matado este? Mira la cara de asesino que tiene” “A siete”, dijo el hombre. “He despachado a siete, míster Fuentes.”

        ¿Tiene muchos amigos?

        ¿En cuántos estamos pensando? Yo creo que media doce de amigos a lo largo de un buen medio siglo, es una cantidad apreciable. En mi caso, tienen, por lo común, un origen profesional, como los fotógrafos que me acompañaban a mis reportajes, o los combatientes, la brabucona tropa que luego poblaba con preferencia mis textos. Digo origen profesional en el sentido de que surgieron mientras yo satisfacía mi sed de aventuras. Y tuve la visión, temprano en mi carrera, de escoger el reportaje como el género ideal para vivaquear por todo un país en revolución y suministrarme de escenarios y personajes. En mi lejana memoria podría citar a los miembros de la patrulla Oso del Grupo 17 de la Asociación Scout de Cuba. Era una excelente fuente de aventuras para un adolescente aunque desde hace años se perdió el contacto con los hermanitos de las acampadas y las fogatas en una rivera del Mayabeque.

        Los que nunca se han ido de frecuencia, incluso algunos después de muertos, o de haberse quedado en Cuba después de yo enrumbar al exilio, pertenecen a la tropa de los años 60. Ernesto Fernández “El Fernan” (conmigo en tres campañas militares) y Roberto Salas “Chen”, con el que les cogimos la delantera al resto de la prensa cubana con los reportajes de las armas estratégicas y/o de última generación que los soviéticos estaban dislocando en el país. Escritores, pocos, la verdad. Guillermo Rosales era uno de ellos, y hubiese sido el mejor escritor de mi generación si no se suicida. Raúl Rivero, el poeta, fue otro, aunque el Gordo se ha disuelto en el silencio, y no solo como amigo, sino también como poeta, solo y cada vez más obeso en un oscuro apartamento de Miami —que es imperdonable. Entonces los guerreros, empezando por un par de los pilotos que volaron los primeros MiGs en el continente americano: Douglas Rudd y Rafael del Pino. Y el ranger, mi hermano del alma, el coronel Antonio de la Guardia (cada noche cruza en mi mente con sus ojos empapados en lágrimas frente al pelotón que lo va a ejecutar). El genio de la lucha contra guerrillera, el cazador por excelencia, el general de división Raúl Menéndez Tomassevich “Tomás”, que convertí en el comandante Bunder Pacheco de mi primer libro. Y que no me falte un diplomático (nadie es perfecto), Alcibíades Hidalgo, conocido como “Conejo Alc”, el campeón de las aventuras eróticas de mi Dulces guerreros cubanos. El insaciable Alc. Y en el exilio, por lo pronto, un solo amigo en igualdad de condiciones que los demás. El único gringo de mi tropa. Brad ******. Un alto oficial de la inteligencia americana, ya retirado, que manejó el expediente cubano durante años. ¡Tenía que ser!

        ¿Qué cualidades busca en sus amigos?

        ¿Yo? ¿Exigirle cualidades a un amigo? Bueno, hay dos condiciones —más que cualidades— que se presentan espontáneamente. La lealtad y la historia. La historia individual, quiero decir. Aunque parezca extraño, para mí es lo mismo. O son elementos sólidamente interconectados. Pero, repito, esto es algo que surge en el camino. Quiero decir, tú encuentras tus iguales mientras avanzas en tu camino, es decir, mientras escribe tu historia. Y los reconoces de inmediato. The Wild Bunch, la película de Sam Peckinpah, es la clave para entenderlo. Cuando William Holden (“Pike” en la película), le dice a sus compinches “Tenemos que ir pensando más allá de nuestras armas. Esos días están cerrándose con rapidez”, yo siento que me está hablando a mí. Pertenezco a una generación —ahora lo comprobamos— que actuaba siempre en la frontera del olvido. Compartir esa comprensión es un saberse que estamos jodidos y que no existen armas ni recursos contra semejante fatalidad. Así que, como decía el cosaco en uno de los cuentos magistrales de Caballería roja: “¡A luchar por la Revolución Mundial y por un pepino!”

        ¿Suelen decepcionarle sus amigos?

        Igual que lo anterior. Significaría un estándar previo que nunca me he exigido. La amistad es algo que surge espontáneamente, y funciona en medida que no te amilanes. Otra frase del Pike de William Holden en la película es mi mejor ejemplo: “Cuando tú te unes a un hombre, tú te mantienes a su lado. Si tú no puedes hacer eso, tú eres como un animal.” ¿Entienden? Lo dice mi Biblia —The Wild Bunch.

        ¿Es usted una persona sincera?

        A veces exageradamente sincero. Se me va la mano con la sinceridad, según el consenso. Mi mujer, Niurka, dice que soy el tipo más políticamente incorrecto que ella ha conocido. No sé qué tiene eso que ver con la sinceridad, pero creo entenderla.

        ¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

        La pregunta debe ser al revés. Bueno, es obvio que mi tiempo ocupado lo empleo en escribir. Pero es mínimo. ¿Quién dijo que un escritor si no tiene tiempo, qué es lo que tiene? García Márquez se me quejaba mucho del tiempo que, según él, yo desperdiciaba. Pero no se daba cuenta que vivíamos en situaciones diferentes. Después de mis primeros 15 años de ostracismo, exilio interior, represión y persecuciones por la publicación de Condenados de Condado, mi primer libro, decidí que la escritura iba a ser la ocupación de mi vejez. Pero había que llegar allí sano, y sin que me quedara una aventura amorosa sin tentar. Así que la ocupación, me dije, va a ser observar, escudriñar, ver, oír este fenómeno que me rodea, y, al unísono, querer y dejarme querer.

        ¿Qué le da más miedo?

        A estas alturas de la vida, nada. Además de que yo creo haber agotado todas las instancias del miedo durante y en los años posteriores al proceso que llevó a la muerte a mis entrañables compañeros el general Ochoa y el coronel De la Guardia, dos héroes de la Revolución mandados a fusilar por el mismo Fidel. Después que llegué al exilio, el miedo surgía en los sueños, miedo a despertarme un día en mi casa de La Habana. Dicen que ese es un sueño común de los exiliados en los primeros tiempos de su destierro. Lo cierto es que amanecía empapado en sudor. Pero hace mucho tiempo de eso y no lo he vuelto a soñar. Hace unos seis o siete años, Ricardo Alarcón, que era el Presidente de la Asamblea Nacional, me invitó a Cuba. Vinieron dos o tres invitaciones como esa, nunca respondidas, por supuesto. Entonces cuando Obama preparaba su viaje alguien sugirió mi nombre en la delegación acompañante. “Interesante”, respondieron en la Casa Blanca. Por último, el año pasado, un ex congresista que viajó a Cuba, me trajo la propuesta de establecer la cátedra de literatura Norberto Fuentes (me imagino que en la Universidad de La Habana) y la habilitación de un apartamento y un coche para que yo me sintiera a mis anchas si regresaba. En todos los casos, el recuerdo de los terroríficos sueños y de verme encerrado en aquella isla, fueron argumentos más que persuasivos en contra del proyecto.

        ¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

        Dice Truman Capote, el pesado fantasma que señorea sobre estas entrevistas “capotianas”, y ante esta misma pregunta (que se prodigó él mismo), que una vez conoció de un vecino que se acostaba con su madrastra. Bueno, me apresuro a declarar, para entrar en la competencia, no con Truman sino con el vecino, que yo me case con dos hermanas (una primero y otra después, aclaro) y hubo una suegra de uno de mis matrimonios que regularmente, todavía hoy, me voy a la cama con el barrunto de que la dejé escapar. Mas, advierto, no siempre la elusión de tales affaires son un pesar que te espera en el futuro.

        Mi hermano Luis, un severo físico nuclear, que estudió en Dubná, una ciudad secreta de la antigua URSS, me cuenta que suele ocurrirle un desliz en los encuentros científicos de alto nivel a los que asiste. “Imagínate”, me dice, “acabo de conocer a varias personas, físico-químicos igual que yo, pero colombianos, americanos, españoles. Hombres que no me interesan tanto y mujeres de buen ver, alguna bien sexy. Nos contamos de nuestras vidas. Todos fascinados con mi historia de físico nuclear cubano, miliciano de puntería con los AK-47, cortador de caña y participante en investigaciones desde el reactor ruso hasta el sincrotrón americano. Además presumo de buen humor y cierta capacidad de análisis. Yo me siento Rey del Mundo porque percibo un auditorio fascinado. De pronto, oh, pequeño desliz que desencadena la bola de nieve que me sepulta. La conversación menciona incidentalmente que tengo un hermano escritor, ahijado preferido de Fidel Castro, mujeriego, fiel a los condenados a muerte y analista político. Hasta ahí llegó el interés del público por el físico nuclear. Todas las mujeres brincan excitadas: ¿Que la sexta esposa era hermana de la cuarta? ¿Qué si Hemingway y García Márquez? ¿La autobiografía de quién? ¿Que del Premio Casa castigado para los cañaverales? ¿Y qué tiene la Niurka esa que lo domó? Ay, Luis, ya me aburrí de ti. ¡Preséntame a tu hermano!”

        Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

        Siempre quise ser escritor, igual que Hemingway declaró alguna vez en referencia a él mismo. Bueno, escritor como objetivo básico. Porque primero quise ser historietista. Me refiero a los tebeos. En Cuba le llamábamos muñequitos. De chamaco, me había fascinado Will Eisner con su serie del Spirit (todavía hoy está influyendo en mi escritura). Por eso terminé estudiando artes plásticas en San Alejandro. No con Rembrandt o Van Gogh en la cabeza, sino el gran Will Eisner. Me pasé dos cursos intentado hacer orejas y narices de barro y gastando carboncillos frente a una cartulina, y en tales empeños no logré gran cosa, para no aceptar que fracasé estrepitosamente. Claro, todavía no había entendido que mi vocación era la de contar. Por eso mi fanatismo por las historietas, que era el mismo del cine (también quise ser dueño de la Paramount). Desarrollar, a través de una secuencia de cuadros, una historia. Eso no se lograba nunca en el estatismo de una nariz de barro que uno tenía que estar horadándole los dos cabrones orificios con una espátula. Vamos, que lo mío eran las anécdotas, las aventuras. No, no hubiera podido ser otra cosa que un artista. ¿Piloto de combate? ¿Interrogador de la Seguridad del Estado? ¿Proxeneta? Cada uno de esos oficios tuvo su atractivo, no crean. Así que, si no hubiesen sido las letras o las artes plásticas (aplicada a los cómics), lo otro que mi espíritu iconoclasta y contradictorio me hubiese permitido ejercer hubiese sido integrante de una banda de rock.

        ¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

        ¡Já!

        ¿Sabe cocinar?

        Hago unos batidos de leche con plátano a los cuales les embuto una barra completa de queso crema y espolvoreo con seis cucharadas soperas repletas de azúcar que son para descolocarte la vida. Yo les llamo el mata diabéticos. El revoltillo de coctel de frutas me queda muy bien.

        Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?

        Bueno, de alguna manera ya lo he hecho. Pueden servirse de las 1 600 páginas de los dos volúmenes de La autobiografía de Fidel Castro y convertirla en un folletín de 20 cuartillas cortas.

        ¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

        Esto llevaría de modo inevitable a una respuesta de tipo intelectual. Truman Capote (en la entrevista de Los perros ladran, que sirve de modelo a esta) dice que es la palabra amor. Y la señala también como la más peligrosa. Para mí, las palabras no tienen otro significado que el objeto que describen. Pero, con el propósito de intentar algo más elaborado, me quedo con la definición de Víctor Sklovsky, el padre de la escuela formalista rusa. Él mismo me dijo que, en literatura, la sangre era una metáfora. Apliquémoslo pues al amor y a cualquiera de las 195 439 acepciones del último diccionario de la RAE.

        ¿Y la más peligrosa?

        Váyase a la respuesta anterior.

        ¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

        ¿Qué tú crees? Pero la pregunta, como procede de las mansas aguas de la mentalidad capotiana, se queda por debajo de la expectativa. La buena sería: ¿Alguna vez ha matado a alguien?

        ¿Cuáles son sus tendencias políticas?

        Depende la época y donde me encuentre. Lezama Lima lo definió muy bien (y con mucha valentía, ya que se encontraba en Cuba). Decía que en la integración de lo histórico se daban “sus paradojas”, y lo que nos parecería muy revolucionario hoy, después se vería como una reacción. Perfecto, ¿verdad? Otro de mis maestros soviéticos resulta igual de admonitorio. Boris Pasternak pontificó (creo que lo puedo citar textualmente) que la gran devoción heroica a un punto de vista le resultaba muy ajena y que la consideraba una falta de humildad.

        Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

        El sultán del harem mencionado en una pregunta anterior.

        ¿Esta pregunta no reitera —así mismo— una anterior?

        ¿Cuáles son sus vicios principales?

        ¿Tú quieres que esta entrevista me cueste el divorcio, amén de una citación inmediata de la fiscalía del condado?

        ¿Y sus virtudes?

        La lealtad. Soy de una lealtad absoluta y sin fisuras hacia mis amigos.

        Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

        ¿Ahogando? ¿Ahogándome dices tú? Óigame si esa es la situación, no hay forma que yo vaya a tener ninguna imagen en la cabeza. ¿Tú has estado ahogándote alguna vez? Pues yo sí. Y qué te voy a contar… Si me dices una silla eléctrica o una inyección con anestesia previa en el sistema, bueno… quizá me dé por ver las famosas imágenes e incluso la prometida luz al final del túnel. Bien pensada las cosas, doy por sentado que estaría el recuerdo de las mujercitas que dejé escapar y sobre todo aquella suegra de la que perdí innúmeras oportunidades. Bueno, dale, rápido, que todavía te quedan unas volutas de aire para consumir. Pues pensaría que, coño, ¿por qué puñetera obstinación tienen que matar a un tipo tan leal, tan lindo, tan simpático como yo? La verdad que no los entiendo. Pero tampoco esperen que los perdone.

        T. M.

        • Manuel 10 January 2020 at 2:43 am Permalink

          PD:

          ¿Por qué mejor no haber dicho siempre la verdad, a cada paso, siempre?

          Porque ese habría sido el final de las dos novelas, la que estaba viviendo, y a la me quería dedicar
          a escribir ya de viejo. Con los Robespierre, los de verdad, no puede ser de otra manera. Hay una guillotina siempre esperando al que se sale un renglón.

          • Manuel 10 January 2020 at 7:09 am Permalink

            el aparato de control interno es efectivo trillando
            separando la paja del grano
            la basura se echa

            los granos, siguen actuando en la novela interminable
            y que jamás será escrita

  2. Víctor López 9 January 2020 at 3:44 pm Permalink

    En lo que a mi respecta, la realidad y la historia son mucho más interesantes y “productivos”, porque encajan en el conjunto del conocimiento ya adquirido ampliándolo y haciendolo más rico. Es este un recurso intangible pero de enorme ayuda en todas las áreas de la vida. La novela en cambio qué es? Un pasatiempo lúdico para una satisfacción si se quiere hasta infantil. Además basta solo una obra mediocre de un escritor para enviarlo con todos su créditos al saco del olvido. Muchas gracias Carlos Alberto, prefiero sus comentarios políticos, aún con todos los diferendos que tengan conmigo. Cordialmente.

    • Julian Perez 10 January 2020 at 8:33 am Permalink

      Cuestión de gustos. La historia a menudo no refleja la realidad, sino el punto de vista del autor. Viene a mi mente la despreciable ¨A People´s History of the United States¨, de Howard Zinn. ¨Alice in Wonderland¨ es más real. Y tomemos la historia tal y como la está contando la prensa actual, que se supone que reporte hechos.

      En cambio, la literatura (la buena, que no es tanta), aunque cuente historias ficticias, puede mostrar profundas verdades sobre la naturaleza humana.

      Hay ¨historia¨ buena y mala y literatura buena y mala. Personalmente, tengo marcada preferencia por la literatura, aunque no me disgusta la historia.

      Vargas Llosa… Lo prefiero a los Cortazar (exceptuando sus cronopios y algún que otro cuento), los Sabato, los Gabo y la mayoría de los del boom. Pero no he leído todo lo de él y mi favorita creo que va a seguir siendo ¨La ciudad y los perros¨. Aparte de que la literatura anglosajona siempre me ha atraido mucho más que la latinoamericana.

      • Julian Perez 10 January 2020 at 8:40 am Permalink

        Me produjo mucha satisfacción saber que fueron los ingleses quienes rescataron a Borges y lo estudiaban por allá como ¨autor inglés¨, pues siempre me costó ubicarlo en el marco de AL. No me cuadraba. Distinto estilo y distinta temática.

        • Víctor López 11 January 2020 at 4:48 pm Permalink

          Argentinísimo, Julián. Hay una Argentina provinciana y variopinta que se atribuye hoy la representatividad nacional. Pero esta la otra, latente, vitral de Europa pero predominantemente lombarda y pirenaica, de la que su principal expresión es Borges. Si usted caminara una sola tarde por las calles de Recoleta y Palermo, conocería un mundo que está más allá de Occidente. Pertenece a los sueños.

          • Víctor López 11 January 2020 at 5:02 pm Permalink

            …esa es la Argentina borgeana, la del idealismo perseguido y dormido desde Grecia y la Roma Imperial (el vellocino de oro), que despertó y fraguó solo una vez. El testimonio está allí, imperecedero, hace ósmosis en las gentes, y es el único ejemplo que existe sobre la faz de la tierra. Un saludo.

  3. Manuel 9 January 2020 at 5:11 pm Permalink

    cosa de locos …digo, de lingote

    “‘Lingote’, se las pasa inventándole casos a Fidel. Fidel necesita crear un caso y ‘El Lingo’ se lo inventa.

    Basta con cogerte en un delito. Puede ser una nimiedad. Una libra de carne de contrabando es suficiente. Ahí empiezan a complicarte la existencia. Tú por salir de la presión, aceptas cualquier cosa. Sobre todo si te atrabancaron y estás en el Centro de Instrucción.

    Los plantados. Nadie lo recuerda. Todo Miami está lleno de plantados.

    Todos en Miami se quieren hacer los guapos y todos tienen los techos de vidrio y por eso mienten.

    Comienzan a ser chivatos y luego necesitan seguir siéndolo. Es un mecanismo de defensa. Mientras más compañeros de lucha (de la contra, se entiende) contribuyas a enviar para el talego, más se eterniza el régimen y la posibilidad de que los archivos se desempolven se vuelve remota.

    Cuando yo veía a ‘Lingote’, uno de nuestros héroes, me decepcionaba de la raza humana, porque sabía hasta donde podía llevarles.

    El héroe prototípico de Miami se decepciona posteriormente de lo malo que ha podido ser, pero ya está embarcado y acude al oficial de la Seguridad que lo atiende cuando lo necesita. Si ibas a cumplir 40, te fuiste con 10. Por lo menos eso.

    Abilio Díaz Abascal, un viejo comunista de la tropa de Leonel Soto, Alfredo Guevara y Flavio Bravo, era anestesiólogo y después se metió a psiquiatra. Tuvo una bronca con Ramiro Valdés y no podía entrar al Ministerio del Interior. Había renunciado a ser jefe médico del MinInt y un día, el Miguel el Tuerto —dejándose guiar por un manual que le habían traído de España— hipnotizó a un montón de gente en Villa Marista (el Centro de Instrucción principal) y luego no lograba virarlos para atrás. Fue a buscar a Díaz Abascal y hubo que darle la coba para que ayudara a regresarlos. Era una docena de presos contrarrevolucionarios y todos estaban en Babia, en una especie de levitación mental, y por lo que se apreciaba en sus apacibles sonrisas, colmados de felicidad. Díaz Abascal no llegó a presentarse en Villa pero le dijo al Tuerto cómo sacarlos de la hipnosis. «Éntrales a bofetadas. O pónganle los huevos en un vaso con hielo.» Eduardo el Loco, uno de los Jefes de Villa, decía: «Miguel, coño, saca a esa gente, que mira que está aclarando.» Como si la hipnosis fuera nada más que una cosa de por las noches.

    Abascal era el que sacaba a los locos del Hospital Naval y los ponía a marchar y a cortar hierba, todos armados con machetes.

    Abascal era el que sacaba a los locos del Hospital Naval y los ponía a marchar y a cortar hierba, todos armados con machetes. Oficiales y soldados que estaban ‘quendis’. Orates. Locos de a viaje. Por cierto que Eduardo el Loco fue a dar a los pocos meses al CIMEX, la clínica de los dirigentes, porque le dio un infarto. Allí se puso a hacer planchas al objeto de mantenerse en forma y al segundo envión quedó.

    Deja que te atienda Abascal, que si matas a alguien, no tienes problemas. Era algo que se oía decir. Él te inventa una situación. Locura temporal para empezar.

    Su gran competencia era el comandante Bernabé Díaz Ordaz, el director del Hospital de Psiquiátrico de La Habana. Se dio electroshock él mismo. Muchas veces. Probar la eficacia del método, decía.

    Todo en nombre de la lucha. Traían hierbas y mezclas naturales alucinógenas para enseñar a los agentes a resistir los interrogatorios de la CIA. Los compañeros preguntaban, no obstante, ¿cómo obtener las hierbas si habían caído presos? Si por lo menos se pudiera hacer cocimiento y que durara en el estómago mientras transcurriera la misión…

    Ensayaron las pócimas con namibios. Por lo menos eso contaba ‘Lingote’. Todo tipo de medicamentos con ellos. Cuando se desahuciaban, los devolvían a Namibia, para que los soltaran en la selva y se los comieran las fieras. ‘El Lingo’ decía eso. Que los mandaban de bisté.”

    • Manuel 10 January 2020 at 2:23 am Permalink

      ¿Por qué mejor no haber dicho siempre la verdad, a cada paso, siempre?

      Porque ese habría sido el final de las dos novelas,
      la que estaba viviendo, y a la me quería dedicar
      a escribir ya de viejo. Con los robespierres no puede ser de otra manera. Hay una guillotina siempre esperando al que se sale un renglón.

    • Julian Perez 11 January 2020 at 7:09 pm Permalink

      Manuel, está un poco raro ese cuento. ¿De dónde sale? De Cuba me creo cualquier cosa, pero en ese relato hay cada cosas… Por ejemplo, eso de que alguien hipnotizó a un montón de gente porque aprendió en una revista y luego no pudo virarlos para atrás… Lo siento, pero eso no es tan fácil. Y ya eso le quita verosimilitud a todo lo demás.

      • Julian Perez 11 January 2020 at 7:41 pm Permalink

        Lo del hipnotismo es algo que se presta para que la gente invente mucho y el cubano es muy inventor. Un físico, Insua (anda ahora por Miami) sabía hacerlo y muy bien, pero no porque ¨lo leyó en una revista¨ y el proceso era laborioso. Lo vi hacerlo. También supe de un par de sicólogos (Vega Vega y otro que lo hacían y seguramente otros, pero no lo apredieron ¨leyendo en una revista¨. Eso parece una de las novelas de Molly Moon.

        Pues bien, la gente se inventó leyendas con Insua. Decían que cuando Fidel Castro hablaba ponían agentes de la seguridad a vigilar a Insua para que no lo hipnotizara y lo hiciera decir cosas indebidas. Por supuesto, cuentos chinos. Pero había gente que se creía esas cosas.

  4. Cubano-Americano 9 January 2020 at 11:51 pm Permalink

    La vida más que una novela…es una autobiografia…me gustaban los cuentos cortos de Chejov…

    • Julian Perez 10 January 2020 at 8:36 am Permalink

      Cubano

      De cierta forma me has recordado eso que dijo Stendhal: ¨Una novela es un espejo que se pasea por un camino¨

  5. Manuel 10 January 2020 at 6:59 am Permalink

    “he noticed the piece of popcorn stuck in a back tooth after he and his wife watched a movie in September. For three days, he was unable to remove the popcorn. He claims to have used multiple objects — a pen lid, a toothpick, a piece of wire and even a metal nail — to remove the food, but was unsuccessful, and even damaged his surrounding gum when doing so.

    A week later, Martin began to suffer from night sweats, fatigue, headaches— all of which he initially thought were signs of the flu but would later learn were signs of endocarditis, or an infection of the endocardium, “the lining of the interior surfaces of the chambers of the heart,” according to Healthline. The infection occurs when bacteria from the mouth, skin, intestines and other areas of the body enters the bloodstream.

    By October, Martin’s symptoms had yet to subside, leading him to see his doctor, who diagnosed him with a mild heart murmur and sent him home. But when he continued to feel unwell, he went to the Royal Cornwall Hospital.

    “I had a feeling [that] there was something seriously wrong. I was sleeping an awful lot and I felt terrible,” he recalled. “I had aches and pains in my legs and I just did not feel right at all. I was admitted to hospital the same day for tests. By this point, I was very worried.”

    Martin added: “I felt quite ill and I knew I was not right at all.”

    Scans of the dad’s chest showed his heart was damaged due to the infection. He was then transferred to a different hospital, where he reportedly underwent a seven-hour open heart surgery to repair his mitral valve and replace his aortic valve.

    “My heart was not properly working anymore. It was essentially wrecked. The infection had eaten the valves away,” he claimed.

    “If I had gone to the dentist in the first place then none of this would have happened. At one point it was touch and go. It was the worst experience of my life,” he continued. “I wasn’t far off death’s door and I am extremely lucky. The popcorn stuck in my teeth is the only possible cause I can think of. I am never eating popcorn again that’s for sure.

    “It’s crazy to think all this happened because of that. It was something so trivial.”

    Martin’s wife, 38-year-old Helen, told the news agency that her husband’s infection could have easily been treated with antibiotics if it had been caught sooner.

    “Any sign of a toothache, bleeding gums, an abscess — get it checked out,” she advised. “Your gums are a bacterial highway to your heart.”

  6. Manuel 10 January 2020 at 7:03 am Permalink

    Las dietas veganas, debido a su alto contenido en alimentos de origen vegetal, son muy saciantes, por lo que tienden a aportar menos energía que las dietas omnívoras. Cuando se tiene un objetivo de pérdida de peso pueden ser útiles, pero cuando hablamos de deportistas con un alto gasto energético, resulta más difícil cubrir todas sus necesidades. Esto se puede conseguir haciendo comidas más frecuentes y que incluyan cantidades adecuadas de carbohidratos, grasas y proteínas.

    En ocasiones, cuando se entrena o compite durante varias horas, los requerimientos de carbohidratos son elevados, necesitando consumir altas cantidades. Las dietas veganas aportan altas cantidades de fibra, por lo que tienden a ser más saciantes. Por lo que se puede hacer uso de alimentos como pasta o arroz o tubérculos sin piel, evitando alimentos más ricos en fibra como las legumbres o el arroz integral. De esta manera podremos cubrir las recomendaciones de carbohidratos y rendir al máximo, evitando molestias gastrointestinales derivadas de un alto consumo de fibra ante una competición.

    Proteínas y grasas

    Las proteínas juegan un papel importante en la dieta de los deportistas, por lo que es necesario garantizar un adecuado aporte en los veganos. Es cierto que muchas de las proteínas vegetales son menos completas, pero no existe ningún problema en ello. La solución es fácil: combinar las distintas fuentes de proteínas vegetales: legumbres, granos, semillas, frutos secos. No es necesario que se realice en la misma comida, con que sea a lo largo del día es suficiente, por ejemplo, si en el desayuno consumimos avena y frutos secos y en la comida lentejas, logramos hacer una fuente proteica completa.

    En cuanto a las grasas, las dietas veganas suelen aportar menor cantidad de grasa saturada y total; también pueden tener menor aporte de omega 3. Para lograr una correcta síntesis de omega 3 en el organismo, se deben incluir semillas (chía, lino molidas o hidratadas), nueces, hojas verdes, aceite de lino de calidad… También se deben incluir otras fuentes como el aceite de oliva virgen extra y el aguacate, que completarán el aporte de ácidos grasos. Se debe evitar el consumo de aceites vegetales refinados (soja, girasol, maíz…), margarinas o grasas industriales.

    En algunos casos, la suplementación con omega 3 en deportistas veganos puede resultar beneficiosa.

    SUPERALIMENTOS A EXAMEN
    Arándano: ¿el fruto anticáncer?
    Arándano: ¿el fruto anticáncer?
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    Vitaminas y minerales ¿qué micronutrientes están en riesgo?

    Hay que prestar especial atención a las siguientes vitaminas y minerales, ya que al estar presentes en menor cantidad en alimentos de origen vegetal, se puede desarrollar una deficiencia que podría afectar no solo al rendimiento sino también a la salud.

    En primer lugar, la suplementación con vitamina B12 es imprescindible, ya que las fuentes de origen vegetal apenas contienen esta vitamina.

    El déficit de vitamina D tiene una alta prevalencia en la población general y en deportistas. Aunque los veganos tienen menor ingesta de esta vitamina, su principal fuente es la exposición solar. Por tanto, en épocas de invierno, en países con menor exposición solar, si se entrena en pistas cubiertas o por la noche, podría desarrollarse una deficiencia. Ante una deficiencia diagnosticada por un profesional, la suplementación mejorará el rendimiento (y por supuesto, la salud), ya que esta vitamina tiene numerosas funciones en el cuerpo humano.

    El hierro y el zinc se encuentran en legumbres, granos enteros, semillas y frutos secos. Estos mismos alimentos contienen compuestos que limitan su absorción: los fitatos. Para inactivarlos, podemos utilizar técnicas culinarias como el remojo, la fermentación o la germinación.

    Por otra parte, el hierro en alimentos de origen vegetal se absorbe en menor cantidad, por lo que debemos acompañar estos alimentos de vitamina C, que se encuentran en frutas como la naranja o el kiwi o en verduras como el pimiento rojo.

    Los veganos suelen ingerir bajas cantidades de calcio, por lo que hay que consumir alimentos ricos en este mineral como son las crucíferas (col rizada, brócoli, coliflor, …), frutos secos, semillas y legumbres. Hay que separar su ingesta de los oxalatos, que impiden su absorción y se encuentran en algunas verduras, como acelgas, berenjena. También sería conveniente la inactivación de los fitatos.

    El último mineral al que hay que prestar atención es el yodo, que se encuentra en alimentos de origen marino, como el pescado o las algas. Los veganos pueden tener niveles bajos de yodo, pero también niveles excesivos en aquellos que consumen algas con demasiada frecuencia; ambos extremos son perjudiciales. Una forma de conseguir niveles adecuados de yodo es usar pequeñas cantidades de sal yodada (siempre que no se consuman algas).

    Suplementación y ayudas ergogénicas

    Diversas investigaciones afirman que los veganos tienen bajos depósitos de creatina, una de las fuentes de energía durante el ejercicio. Su suplementación suele traer beneficios a la mayoría de deportistas que siguen dietas omnívoras al incrementar los depósitos, pero en el caso de los deportistas veganos, puede ser aún más beneficioso al existir menores niveles previos.

    De la misma forma, los depósitos de carnosina en los músculos parecen ser menores en veganos. La carnosina ayuda a reducir la acidez que se genera en el músculo durante el ejercicio de alta intensidad. La síntesis de carnosina depende de otra sustancia, la beta-alanina. Por lo que la suplementación con beta-alanina podría ser beneficiosa entre los deportistas veganos.

    Dr. Helios Pareja Galeano y María Martínez Ferrán son investigadores de la Universidad Europea en el Grupo de Investigación en Fisiología del Ejercicio y Nutrición.

  7. Cubano-Americano 10 January 2020 at 8:06 am Permalink

    Estos respetables galenos parten de una premisa falsa: Somos carnivoros!!…ni veganos ni omnívoros porque tenemos el intestino Delgado muy largo y el grueso muy corto como los carnivotos..no tenemos Celulasa para digerir la celulosa de los vegetales que se digieren en un inmenso colon en el ciego o en un estomago grande como los rumiantes…la dentición no influye…Los vegetales tienen unos péptidos llamados Lectinas que incluyen y alteran las vellosidades y los right junctions que conllevan a enfermedades autoinmunes. los vegetales que más tienen son la lentejas ..espinacas y frijoles por eso se aconseja dejarlos en remojo 24 horas y BOTAR primera hervida para mitigar..esas Lectinas y Pectinas las plantas la utilizan como mecanismo de defensa para que los animales no las ingieran..demás esta hablar del Gluten y la Avenina en la avena extremadamente alergénicas además con demasiados carbs..
    SE ESTA UTILIZANDO LA DIETA KETO PARA ATLETAS DE ALTO RENDIMIENTOS INCLUYENDO LOS MARATONISTAS….El sentido común nos dice que la mejor alimentación es la leche materna cuyo composición es más del 50% grasas saturadas sin ellas no hay hormonas ni Eucosanoides…La biodisponabilidad del huevo y la carne son insuperables..además los 8 aminoácidos esenciales están presentes 100% en ambos.. El 70% de nuestro cuerpo es agua..el otro 30 % es casi todo PROTEINAS!!..
    Manuel buen tema somos lo que comemos…y absorbemos…Saludos

  8. Cubano-Americano 10 January 2020 at 8:18 am Permalink

    Manuel..Por la boca entra todo lo bueno y malo ( a veces salen VENENOS por ahí tambien)..El estreptococo Viridians produce una endocarditis cuasi fulminantes más en un cuerpo dañado de alguien que come Popcorn que es un veneno jurado…la pasta de diente es otro veneno por el fluor..me lavo la boca con aceite de COCO orgánico extravirgen ( lo consigues en Walgreen)..y a veces con bicarbonato Baking soda..con una anamnesis como esa cualquier médico con paciencia y observador hubiese hecho fácilmente el diagnóstico y todo esa tragedia que no termina pues esas válvulas hay que cambiarlas cada 4-5 años de por vida..se pudo evitar…Excelente tema..Gracias por traerlo
    Saludos

    • Manuel 10 January 2020 at 10:20 am Permalink

      voy a buscar el aceite de coco OE

      thanks!

      • Víctor López 10 January 2020 at 10:42 am Permalink

        El pato usa ese aceite para otras cosas.

    • Julian Perez 10 January 2020 at 11:24 am Permalink

      >>a veces salen VENENOS por ahí tambien

      “No lo que entra en la boca contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, esto contamina al hombre.” (Mateo 15:11)

      Se refiere, por supuesto, a la contaminación del alma, no la del cuerpo.

  9. Víctor López 10 January 2020 at 9:42 am Permalink

    Par de noveleros.

  10. Cubano-Americano 10 January 2020 at 11:48 am Permalink

    Julian..Exactly…pero también contamina el cuerpo…o al binomio cuerpo-alma…lo bueno del aceite de COCO es que un ácido graso de cadena media que es anti- inflamatorio pues se supone que la inflamación generalizada es la base para todas las enfermedades que padecemos..además tiene ac Laurico que es un antibiótico natural..
    Saludos y usalo…
    Saludos

  11. Cubano-Americano 10 January 2020 at 12:24 pm Permalink

    Poe esto yo me referia a los mercaderes de la Salud de la industria alimenticia donde no existe ética ni con los animales ni las personas solo les interesa es el Cash…para muestra un boton..
    Estos mercaderes le hacen una gastrosnomía en el mayor de los 4 estómagos de la vaca para ” experimentar” con alimentos procesados para que de más leche y/o carnes..

    Un grupo de defensa de los derechos animales en Francia denunció que en el sector de la ganadería industrial se vienen realizando métodos que vulneran todo tipo de principios éticos y que han reavivado el debate sobre el bienestar de estos animales y el control por parte de las autoridades.

    Según La Vanguardia, la asociación animalista L214 publicó imágenes perturbadoras de vacas con un “ojo de buey” plástico quirúrgicamente insertado en su flanco.

  12. Cubano-Americano 10 January 2020 at 12:34 pm Permalink

    Julian.
    …Stendhal también dijo: “Que la estadística era el arte de decir mentiras en cifras”.

    • Julian Perez 10 January 2020 at 12:55 pm Permalink

      Y Mark Twain agregó “There are three kinds of lies: lies, damned lies, and statistics” 🙂 (no es de él, pero fue él quien la popularizó)

      • bacu 11 January 2020 at 8:23 am Permalink

        Este tema es muy interesante. Hay un librito que se llama “How to Lie with Statistics” . La Estadística es una gran ciencia, no es una ciencia exacta como la matemática pura. Los resultados vienen dados con un porciento de error. La muestra es una parte muy importante en todas las inferencias que se puedan hacer. Si la muestra es buena Ud puede hacer predicciones, incluso sin usar herramientas estadisdisticas, y las predicciones serán, en general buenas y acertadas. Claro con la Estadística los resultados serán mucho mejores y “mas exactos”. Si la muestra es mala, no vale que se usen las mejores técnicas estadísticas, el resultado será un desastre. Tuvimos hace algunos años unos buenos ejemplos con la eleccion del presidente de USA que daban ganadora a Hilary por amplio margen. Otro caso opuesto es el de la enfermera Florence Nightingale que usando la estadística ayudo a salvar muchas vidas de soldados británicos he hizo que la estadística fuera un curso básico para todas las escuelas de enfermería. Saludos

        • Julian Perez 11 January 2020 at 10:07 am Permalink

          Bacu

          No es solamente que las muestras estén sesgadas. He oído que los que procesan las encuestas ¨cocinan¨ los resultados. No sé exactamente en qué consiste esta actividad culinaria pero sospecho que le agregan el sesgo de sus opiniones al sesgo de la muestra para que los resultados se acerquen a lo que ellos opinan. Ya eso no es serio ni científico, sino ¨cientismo¨: pseudociencia al servicio de la ideología. Algo parecido a la manipulación de los datos relacionados con el calentamiento global.

          Eso explica el error tan garrafal con las elecciones del 2016.

          • Manuel 11 January 2020 at 12:33 pm Permalink

            Existen los estudios doble ciego: nadie sabe quien esta recibiendo tratamiento, ni los participantes como conejillos ni la persona que le suministra los tratamientos; se le asigna un numero aleatorio a cada tratamiento dado, se observan los resultados, y solo al final se sabe quienes estaban bajo el tratamiento en cuestión.

            Por mi parte entiendo que Julian y Cubano están chistando, aunque no lo sepan, aunque sean chistes doble ciego

          • bacu 11 January 2020 at 12:35 pm Permalink

            Si el problema del cocinado de la muestra se puede hacer de muchas formas. Ejemplo selecciona una muestra donde ya se conoce que el 70% de los votantes es demócrata, el 20% rep y el otro independiente. Usas la mejor tecnica de muestro y claro ya los resultados se saben, aproximadamente cuales son. Esto es al descaro indirecto. Otra forma es llamar telefónicamente a personas que de antemano por alguna otra encuesta ya han dado sus preferencias o pertenecen a un conjunto determinado. Aquí hay dos errores, el seleccionar la muestra por teléfono y el ya saber, aproximadamente, el resultado de la encuesta. Claro el cocinado se puede hacer de muchas otras diferentes formas, todo depende del cocinero y como quiere que le quede la comida. Lo triste del caso es que lo puede hacer delante de todo el mundo, “aplicando métodos científicos” de la Estadística y ya los resultados se conocen aproximadamente cuales serán. Este arte” del cocinado” es toda una ciencia de chatarra y depende mucho del que la paga o la manda a hacer. Saludos

          • Manuel 11 January 2020 at 12:36 pm Permalink

            Chistiando, como se dice en Puerto Rico a las personas que estan jodiendo, embromando, jugando, bromeando; es un total disparate todo lo que han escrito respecto a la Estadística, y en caso de que en verdad se crean lo que están diciendo, pues me dan mucha pena, pues no han entendido nada; tendrían que volver a nacer a ver si así tienen remedio 🙂

          • Manuel 11 January 2020 at 12:47 pm Permalink

            La estadística, les guste o no, es la que le da sentido a todo, absolutamente a todo, sin estadísticas simplemente no puedes saber donde estas parado

          • bacu 11 January 2020 at 12:57 pm Permalink

            Julian, este problema del muestreo es realmente serio. Yo me erizo cada vez que veo resultados de los medicamentos y lo que curan y no curan. Prácticamente casi ninguna de las muestras que se toman para probar o verificar los médicamentos sirve como una muestra representativa de la población. Claro es difícil obtener y utilizar una muestra para estos propósitos y por eso generalmente se les paga a los individuos para que participen en el muestreo. Con esto no quiero decir que los medicamentos no curen, o no sirvan. El Muestreo es de las áreas de la estadística que menos me gusta.

          • Julian Perez 11 January 2020 at 1:10 pm Permalink

            Bacu

            Hay otro tipo de sesgo… La tendencia de la gente a no dar respuestas verdaderas a preguntas comprometedoras. Tenemos el caso del presidente Trump… Con toda la propaganda negativa, la gente puede decir que ¨no¨ si se le pregunta si va a votar por él, aunque ésa sea su intención, por temor a que se le tache de racista, sexista, homófobo, etc.

            Había una técnica para contrarrestar esta situación, pero nunca he escuchado que se aplique por aquí. La conozco porque era esa la tesis de doctorado de mi jefe Húver Fernández cuando yo estaba en la Demanda Interna y Arístides Calero y yo lo ayudamos con ella. No recuerdo los detalles pero se trataba de asociar a la pregunta comprometedora una no comprometedora de distribución conocida y que la gente respondiera una o la otra en dependencia de un acto aleatorio como un dado o una moneda. Así pues, si se le preguntaba si había consumido marihuana y respondía ¨sí¨ podría ser un ¨sí¨ a la pregunta asociada.

          • bacu 11 January 2020 at 3:11 pm Permalink

            Julian,
            Si ese tipo de sesgo existe en las muetreos de opinión con opiniones comprometedoras donde la gente muchas veces tiene miedo de dar una respuesta y que se les descubra, hay métodos que se pueden aplicar para saber las respuestas que dan las personas, esto ocurre mucho en Cuba. En las encuestas en que se emiten opiniones o cuestiones que pueden ser problemáticas es aconsejable que profesionales de experiencia en el tema , como sociólogos, sicólogos u otros participen en la confección de las preguntas problemáticas y como dices muchas veces las preguntas problemáticas no se usan sino otras preguntas, que no sean tan problemáticas, de donde se puedan inferir las respuestas. Huber, Aristides y Bebelagua, los tres mosqueteros del muestreo. Tuve la satisfacción de trabajar con estos tres grandes del muestreo cuando todavía estaban en la JUCEPLAN. Fueron, creo, de la primera graduación de la Escuela de Matemáticas y con ellos hice todo el levantamiento previo al censo de 1970. Eso fue como por el 1967-1970. Realmente me pase la mayor parte de la carrera en los últimos años viajando y trabajando por las provincias de Cuba y al final en el 70, como “jefe de una provincia en el muestreo”. Disculpa que me haya extendido fueron tiempos inolvidables e irrepetibles. Saludos

          • Julian Perez 11 January 2020 at 4:25 pm Permalink

            Bacu

            No sé de qué año es la primera graduación de la escuela pero probablemente Huber,Arístides y el Bebe, que eran muy amigos, sean de esa graduación. Lo que sí me parece es que el primer director de la escuela fue Ramón Rubio, que no sé si sabes que falleció en París hace pocos años.

          • Julian Perez 11 January 2020 at 4:32 pm Permalink

            El Beatle le dedica una pequeña semblanza a Ramón en su Baracutey.

            http://baracuteycubano.blogspot.com/2008/05/ramon-rubio-william-james.html

          • bacu 11 January 2020 at 5:47 pm Permalink

            Julian,
            Si, Rubio fue el primer director de la escuela de Matemáticas. Lo trajeron directamente desde Francia, eso posibilito que vinieran muchos profesores buenos franceses, como Marie Duflo, Mutafian, C. George, y otros. Despues de Rubio vino Celiar Silva( Uruguayo), despues trajeron a un engendro de la CUJAE(no era mala gente el tipo)y este dejo a Paquito Sanchez de director(estando Paquito todavia en 5to año). y despues tu te sabes toda la historia. Segun recuerdo esa fue la primera graduación. Esos tres eran inseparables de hecho los tres fueron a trabajar a la JUCEPLAN en un mismo departamento, fueron ellos los que dirigieron la parte muestral del primer censo de población y viviendas de Cuba, Bebelagua se quedo en la JUCEPLAN, ARISTIDES se fue a ECONOMIA y a Huber lo pasaron a dirigir el IDI, eso supongo fue por los 70 y algo. Creo que esos tres fueron de la primera graduación, despues vino la graduación de Conchita y Tetesita Noriega, despues la del bitonguito Hector de Arazoza, Carlos Sanchez, el que escribe y otros(aqui estaba Jafet hasta que lo mandaron para Camaguey), la que sigue es la de Lagomasino, mi hermano (no se si esta es la tuya o la que sigue) y así sigue todo. Saludos.

          • Julian Perez 11 January 2020 at 6:40 pm Permalink

            La mia es la de Lagomasino, si. Estabamos en la misma aula de pura con el Beatle. Lagomasino estuvo un dia por mi casa en Madrid y del Beatle sabes por su Baracutey 🙂

          • bacu 12 January 2020 at 2:32 pm Permalink

            Julian,
            te agradezco enormemente el link sobre Rubio. A Rubio lo trajeron de Francia para que formara la Escuela de Matemáticas, desgraciadamente no recuerdo toda la historia. Todo esos franceses que llegaron a Cuba y otros grandes vinieron inspirados por Rubio. Me comento una vez Marie Duflo que ellos conocían de Rubio en Francia y pensaron si este cubano es tan brillante, en Cuba debe haber otros como el y por eso les fue muy fácil venir a Cuba. Por desgracia de ese nefasto sistema es que gente como Rubio pasan al olvido total.

        • bacu 11 January 2020 at 3:20 pm Permalink

          Manuel
          Concuerdo contigo completamente, La Estadística le da sentido a muchas cosas de la vida, de echo es la que le ha dado sentido a mi vida( Ademas de darme de comer). Ese ejemplo que pones es muy interesante y se hace mucho en encuestas serias de Medicina, pero sin ánimos de desacreditarlas, despues que se escoge la muestra todo eso es correcto, ahora el punto neurálgico en estas encuestas es cual es la población de la cual se extrajo la muestra y como se extrajo? Claro si todo eso se hizo correctamente entonces las inferencias irán a esa población y no a toda la población humana. En casi todas esas encuestas, ya sea por falta de tiempo, dinero o alguna otra cosa se escoge la muestra de donde es posible, si eso representa a toda la población, felicidades, la investigación sera un éxito, sino entonces habrá que ver a Merlin y que Dios nos ayude. Saludos

          • Manuel 11 January 2020 at 7:11 pm Permalink

            Hay los científicos y el RESTO.

            el científico, si realmente lo es, chequea todos esos
            factores, los expone y da una idea clara del
            alcance de sus resultados.

            Del RESTO no vale la pena hablar, solo decir “Dios
            dame sabiduría para identificarlos”

  13. Víctor López 10 January 2020 at 12:46 pm Permalink

    Jajaja mis ovejas son monogastricas como los caballos, las tengo solo a granos y con cero fibra. Producen más canal (porque el rumen se les atrofia) y los corderos están listos para el mercado en cinco meses. También usamos esteroides, producen más proporción de carne. Soy el productor de ovinos de referencia en Costa Rica y el principal exportador a Panamá. Mis antepasados todos fueron ovejeros, espero que mis nietos sigan la tradición. Saludos.

    • Julian Perez 10 January 2020 at 1:02 pm Permalink

      >>espero que mis nietos sigan la tradición

      Nada seguro. No siempre los hijos siguen el camino de los padres y ni siquiera me parece poco frecuente que no lo hagan. Mi madre era maestra, mi padre médico… Nunca me interesaron ni la docencia ni la medicina. No creo ser representativo, pero tampoco me considero atípico en ese sentido.

      • Manuel 11 January 2020 at 12:37 pm Permalink

        Para saber que eres, si atípico o representativo, deberías echarle mano a las estadísticas 🙂

  14. Víctor López 10 January 2020 at 1:29 pm Permalink

    Es muy importante formarse en la actividad. Yo las necesito, es la única actividad que está solo a mi cargo (y la pintura de originales). Pero tiene razón es difícil hoy día que los hijos prosigan con la tradición, el paradigma es completamente diferente, con mis abuelos puedo compartir el ochenta por ciento de su estilo de vida, mis hijos no comparten ni el veinte conmigo.

  15. Víctor López 10 January 2020 at 2:40 pm Permalink

    Prohibidos todos los vuelos comerciales a Cuba. Héctor y fanfarria tendrán que triangular. Bien hecho.

    • Víctor López 10 January 2020 at 3:12 pm Permalink

      Bueno, me informo principalmente por Infobae, y evidentemente se le dejo a Cuba una gran ventana abierta. Nada menos que la Habana. …y hasta 60 días de tiempo para que suspendan otros vuelos. No creo que conozcan estos tipos la capacidad de supervivencia de los cubanos. Esas “sanciones” les deben estar dando risa.

  16. joseluis 10 January 2020 at 4:18 pm Permalink

    Nada que ver, o si, algo, la locura: la que come lombrices y cal: Tan espantoso como ser amigo de un monstruo.
    Gloria Álvarez : yo soy Dios, cambié en dos segundo: ahora soy Satán. Soy un caballo, cambié, ahora soy una yegua. Gloria: ahora soy un hombre, dejé de ser un hombre, ahora soy una mujer. Gloria, dejé de ser un ser humano, para ser un neo marxista. Dejar de ver la realidad para los neo marxista: estos idiotas te califican, creo yo, de realistas confundidos por la burguesía. No hay vida para los Psiquiatras y Psicólogos. Qué clase de locura, joseluis dominguez.

  17. joseluis 10 January 2020 at 4:48 pm Permalink

    O perdón, estaba en un mundo de locura, escribiéndole a Gloria Álvarez, y oí el nombre Valga Diosa, y entendí o me confundí con el nombre de García Marque. Perdón.

  18. Víctor López 10 January 2020 at 5:40 pm Permalink

    …claro, nos damos cuenta.

    • joseluis 10 January 2020 at 6:51 pm Permalink

      La cotorra aunque que no habla imita, está al tanto, no comprende; pero trata de oír o copiar.

  19. joseluis 10 January 2020 at 6:52 pm Permalink

    La cotorra aunque no habla imita, está al tanto, no comprende; pero trata de oír o copiar.

  20. Cubano-Americano 11 January 2020 at 3:27 am Permalink

    Israel advirtió a la CIA de la presencia de 200 terroristas infiltrados
    La inteligencia israelí Mossad alertó en el mes de agosto del 2001 de que preparaban ‘un ataque a gran escala’

    ROSA TOWNSEND
    Miami 21 SEP 2001
    El servicio de inteligencia de Israel, Mossad, advirtió a la CIA y al FBI en agosto de que al menos 200 terroristas se habían infiltrado en Estados Unidos y planeaban un ‘ataque a gran escala que mostraría la vulnerabilidad de EE UU’..y sus atentados estaban dirigidos a New York y Washington..
    Ahora la prensa Irani señala al Mossad de la inteligencia que facilitó el ataque y muerte de su General estrella por grupos del Mossad infiltrados en Siria e Irak…estára preparando Irán un ataque a gran escala sobre Israel??..creo que si lo hacen será el suicidio y fin de Irán como pais…Shabbat Shalom…

  21. Cubano-Americano 11 January 2020 at 9:38 am Permalink

    Quiénes fueron los nazis que se refugiaron en la Argentina tras la caída del Tercer Reich
    El descubrimiento de una colección con piezas con simbología del régimen de Adolf Hitler en Beccar volvió a exponer los vínculos entre el nazismo y la Argentina
    Por Nicolás Gilardi | 22 de junio de 2017

    Son conocidos los vínculos que la Argentina mantuvo con el régimen de Adolf Hitler y que incluso continuaron con el fin de la guerra, cuando el país abrió sus puertas, durante el primer peronismo, a cientos de refugiados, muchos de ellos autores de horrendos crímenes durante el conflicto bélico. Incluso algunos investigadores aseguran que el propio Hitler estuvo en el sur argentino, teoría alimentada por la falta de pruebas sobre la muerte de Hitler.. Hace exactamente un año un misterioso millonario de estas tierras desembolsó casi 700 mil dólares para quedarse con la última chaqueta militar de Hitler y ropa interior de Hermann Goering, entre otros objetos nazis, durante una subasta realizada en Múnich. Y ahora se conoció que otro argentino, un anticuario llamado Carlos Olivares, tenía en su poder una colección de 75 piezas con símbolos nazis, que incluye una lupa, supuestamente usada por el propio Hitler, y un medidor de curvaturas craneanas, instrumento que alguien deslizó podría haber pertenecido a Josef Mengele, aunque las inscripciones que tiene son de un departamento del Reich en el que no revistaba el infame médico del campo de exterminio de Auschwitz.

    Parte del material secuestrado en Beccar
    Parte del material secuestrado en Beccar
    Investigadores vinculados al caso de Olivares indicaron a Infobae que el “tesoro nazi” hallado en Beccar no podría venir de un solo lugar y que se trataría de material acumulado a lo largo del tiempo. Incluso otros arriesgaron que algunas de las piezas podrían ser una herencia de algunos de esos jerarcas que encontraron refugio en la Argentina. En 1997, durante el segundo gobierno de Carlos Menem fue creada la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en la República Argentina (CEANA). Dos años después, anunció que los criminales del Tercer Reich refugiados en el país habían sido 150, aunque poco después revisó esa cifra y la llevó a 180.

    Nazis en Argentina

    En cuanto a los nazis que buscaron refugio en la Argentina, la modalidad utilizada para la fuga fue muy parecida en todos los casos. Complicidad de miembros de la Iglesia, de la Cruz Roja Internacional y de las autoridades migratorias argentinas. El circuito de escape, llamado “ruta de las ratas”, tenía un puerto de salida generalmente en Italia, podía ser Génova, y el destino final era Sudamérica.

    Adolf Eichmann, con su uniforme de las SS
    Sin duda el nombre más conocido de todos los nazis que estuvieron en Argentina es el de Adolf Eichmann, que tuvo un rol clave en la “Solución Final”, el exterminio de los judíos europeos. Teniente Coronel de las SS, Eichmann fue el organizador de la “logística de la muerte”, ya que su oficina era la encargada de los traslados hacia los campos de exterminio de los judíos deportados en los países ocupados por los nazis. Al finalizar la guerra estuvo brevemente detenido, pero logró escapar y estuvo algunos años escondido con identidad falsa en Europa.

    Eichmann, juzgado en Jerusalem
    En 1950 obtuvo un pasaporte emitido por la Cruz Roja, con visado argentino, a nombre de Ricardo Klement. Con ese documento, viajó desde Génova a Buenos Aires. Eichmann-Klement estuvo un tiempo en Tucumán y luego se radicó en San Fernando, provincia de Buenos Aires. Allí consiguió trabajo en Mercedes Benz y fue detectado por el Mossad, que lo secuestró en mayo de 1960 y lo llevó a Israel, donde fue juzgado y condenado a la horca, pena cumplida el 31 de mayo de 1962.

    Josef Mengele
    El “Ángel de la Muerte” era doctor en medicina y antropología y capitán de las SS. A partir de 1943 formó parte del personal de los campos de concentración y fue asignado a Auschwitz, en Polonia. En ese lugar fue el encargado de decidir quiénes eran aptos para el trabajo y quiénes debían ser enviados a morir en las cámaras de gas cuando un nuevo convoy con cientos de detenidos llegaba a Auschwitz.

    Josep Mengele, durante la época de Auschwitz
    Mengele, al igual que Eichmann, consiguió un pasaporte expedido por la Cruz Roja Internacional (número 100.501), a nombre de Gregor Helmut, ciudadano italiano. Con esa documentación, llegó a la Argentina el 20 de junio de 1949 y la Policía Federal le expidió la cédula de identidad número 3.940.484. Siete años después, y dando muestras de lo seguro que se sentía un nazi en la Argentina, presentó su partida de nacimiento original y pidió rectificar los datos de sus documentos, que pasaron a tener su nombre real. Esta información se desprende del intercambio epistolar entre el gobierno argentino y la República Federal Alemana, que solicitaba la extradición del médico, acusado también de realizar experimentos con seres humanos durante su actuación en Auschwitz. Mengele estaba obsesionado con los gemelos y con las personas que sufrían enanismo. Decenas de prisioneros con esas características murieron bajo directivas de Mengele.

    Una fotografía de Mengele de mediados de los 50
    Enterado del pedido de extradición de Alemania y cercado por el Mossad, que también estaba tras sus pasos, Mengele decidió huir. Estuvo un año en Paraguay y después se radicó en Brasil, donde no pudo ser apresado y finalmente murió en 1979, mientras nadaba en el mar, tras sufrir un infarto cerebral.

    Neal Bascomb, autor del libro A la caza de Eichmann (Debate, 2012), sostuvo a este medio que Eichmann se hubiese fugado como Mengele si Israel hubiera pedido a la Argentina su extradición, como Alemania hizo con el “doctor muerte”. “Eichmann hubiera sido informado por los simpatizantes argentinos del nazismo y no hubiese sido atrapado en 1960. Ese era un temor relevante en el Mossad”, opinó Bascomb.

    Algunos autores aseguran que Mengele conoció personalmente a Juan Domingo Perón. Tomás Eloy Martínez, en su libro Las vidas del General (Aguilar, 2004), cita parte de las conversaciones que mantuvo con el líder justicialista en Puerta de Hierro en septiembre de 1970. A continuación, un extracto del libro:

    Cierta mañana, en septiembre de 1970, Perón me habló con entusiasmo de un especialista en genética que, durante su segundo gobierno, solía visitarlo en la residencia presidencial de Olivos, entreteniéndolo con el relato de sus maravillosos descubrimientos.

    “Un día”, dijo Perón, “el hombre vino a despedirse porque un cabañero paraguayo lo había contratado para que le mejorara el ganado. Le iban a pagar una fortuna. Me mostró las fotos de un establo que tenía por allí, cerca del Tigre, donde todas las vacas le parían mellizos”.

    Helmut Gregor fue el nombre con que Josef Mengele buscó asilo en la Argentina, a mediados de 1949.

    Eduard Roschmann, el “carnicero de Riga”
    Eduard Roschmann, nacido en el viejo imperio Austro-Húngaro y conocido como el “carnicero de Riga”, fue el responsable de numerosos crímenes en el gueto judío de la capital letona. Su nombre se hizo conocido mundialmente por la famosa novela Odessa, de Frederick Forsyth, historia que también fue llevada al cine en 1974.

    Roschmann fue detenido en el final de la guerra, pero logró escapar de sus captores británicos en Dachau, en 1948. Ese año, ayudado por el obispo austríaco Alois Hudal, religioso que vivía en Italia y que fue una pieza clave para facilitar el escape de nazis hacia Sudámerica, Roschmann consiguió también su pasaporte de la Cruz Roja con visado argentino, a nombre de Federico Wegener. El “carnicero de Riga” hizo el mismo viaje que muchos de los nazis en fuga: de Génova a Buenos Aires. Vivió sin problemas en Argentina, hasta que a mediados de los 70, sabiendo que podía ser detenido por la insistencia de Alemania en pedir su extradición para que rinda cuenta de sus crímenes, huyó a Paraguay, donde murió en agosto de 1977.

    Erich Priebke, en la época de la guerra
    Erich Priebke
    A mediados de la década del 90 Bariloche se vio conmocionada por la noticia de que uno de sus más respetables y conocidos vecinos, Erich Priebke, era un criminal de guerra nazi, acusado por su participación en la Masacre de las Fosas Ardeatinas, en Italia.

    Familiares de víctimas de la Masacre de las Fosas Ardeatinas
    Priebke, capitán de las SS, era mano derecha de Herbert Kappler, jefe de la policía militar alemana en Roma tras la caída del fascismo. Por orden de Hitler, Kappler procedió a la represión luego de un atentado de partisanos italianos que les costó la vida a 33 soldados alemanes. Así fue que dispuso la ejecución de un tiro en la nuca a 335 civiles italianos en las Fosas Adreatinas, unas minas abandonadas en las afueras de Roma.

    Erich Priebke
    Al igual que en otros casos, Priebke fue detenido al finalizar la guerra, pero logró escapar de un campo de prisioneros de Rimini y consiguió un pasaporte con el nombre falso de Otto Pape, ciudadano letón. Junto a su esposa y dos hijos, arribó a la Argentina en noviembre de 1948.

    Priebke murió con más de 100 años
    Descubierto por periodistas en Bariloche, el nombre de Priebke saltó a las primeras planas de medios de todo el mundo. Extraditado a Italia y condenado a cadena perpetua, cumplió arresto domiciliario por su avanzada edad y falleció en la capital italiana el 11 de octubre de 2013, poco después de cumplir 100 años.

    Josef Schwammberger
    Josef Schwammberger
    Otro nacido en el viejo imperio Austro-Húngaro. Ingresó en las SS y fue asignado como comandante de campos de trabajo montados por la organización comandada por Heirich Himmler en Cracovia. En 1948 huyó hacia la Argentina, donde vivió sin ser molestado hasta el año 1987, cuando fue extraditado a Alemania. Allí la Justicia lo condenó a prisión perpetua, remarcando el visceral odio racial que Schwammberger tenía hacia los judíos.

    Walter Kutschmann
    Walter Kutschmann
    Nazi de la primera hora, se unió al movimiento de Adolf Hitler antes de que este llegase al poder. Estuvo en la Legión Cóndor durante la Guerra Civil Española. Con el inicio de la guerra mundial, pasó a desempeñarse en un Einsatzgruppen, los escuadrones de la muerte que iban detrás de la Wehrmacht, encargados de asesinar a intelectuales y a la población judía, cuando todavía no se había tomado la decisión de avanzar en la Solución Final, el asesinato masivo por gas.

    En 1944 desertó y escapó a Francia, donde adquirió una nueva identidad: Pedro Ricardo Olmo. Fue cobijado un tiempo por el franquismo y en 1948 viajó a Buenos Aires, disfrazado de monje católico. En Argentina consiguió trabajo en la empresa OSRAM. Los tribunales de Berlín Occidental emitieron una orden de arresto contra Kutschmann en 1967 mientras no se conocía su paradero.

    Ad

    • Manuel 11 January 2020 at 12:44 pm Permalink

      Conocer todo esto que ud relata es realmente muy desagradable.

      Cuanta ignorancia en este mundo!

      Sorprendente la labor de la inteligencia Israeli, sin dudas los heroes de esta película de tantos horrores a mano de tantos animales, muchas siguen sueltos, o murieron tranquilos, incluso agasajados por los que le rodeaban, incluyendo presidentes de países y demás especies… no se me olvida el desfile de esos seres por la casa de Fidel Castro en sus últimos anos de vida

  22. danettee 11 January 2020 at 3:07 pm Permalink

    Mamonazo castrocomunista, Ministro de Consumo en España
    Alberto Garzón, ministro de España: “Debemos seguir defendiendo los principios y valores de Fidel Castro”. Para echarse a temblar. pic.twitter.com/EfUv72qYRe — Hugo Manchón (@hugomanchon) \\

    esto es para la nina solterona que se cree que es espanola la que se titula escritora

  23. Manuel 11 January 2020 at 7:12 pm Permalink

    At first, Michael and Angela plan to divide their money equally. Then they start to think about it. Chloe is on the fast track to remunerative Silicon Valley success; Will is burdened by debt in his quest to help the vulnerable. If James were to come into an inheritance, he’d likely grow even lazier, spending it on streetwear and edibles; Alexis, with her medical situation, might need help later in life. Maybe, Michael and Angela think, it doesn’t make sense to divide the money into equal portions after all. Something more sophisticated might be required. What matters to them is that their children flourish equally, and this might mean giving the kids unequal amounts—an unappealing prospect.

    The philosopher Ronald Dworkin considered this type of parental conundrum in an essay called “What Is Equality?,” from 1981. The parents in such a family, he wrote, confront a trade-off between two worthy egalitarian goals. One goal, “equality of resources,” might be achieved by dividing the inheritance evenly, but it has the downside of failing to recognize important differences among the parties involved. Another goal, “equality of welfare,” tries to take account of those differences by means of twisty calculations. Take the first path, and you willfully ignore meaningful facts about your children. Take the second, and you risk dividing the inheritance both unevenly and incorrectly.

    In 2014, the Pew Research Center asked Americans to rank the “greatest dangers in the world.” A plurality put inequality first, ahead of “religious and ethnic hatred,” nuclear weapons, and environmental degradation. And yet people don’t agree about what, exactly, “equality” means. In the past year, for example, New York City residents have found themselves in a debate over the city’s élite public high schools, such as Stuyvesant and Bronx Science. Some ethnicities are vastly overrepresented at the schools, while others are dramatically underrepresented. What to do? One side argues that the city should guarantee procedural equality: it should insure that all students and families are equally informed about and encouraged to study for the entrance exam. The other side argues for a more direct, representation-based form of equality: it would jettison the exam, adopting a new admissions system designed to produce student bodies reflective of the city’s demography. Both groups pursue worthy egalitarian goals, but each approach runs against the other. Because people and their circumstances differ, there is, Dworkin writes, a trade-off between treating people equally and treating them “as equals.”

    VIDEO FROM THE NEW YORKER
    How to Write a New Yorker Cartoon Caption: Andrew Yang Edition

    The complexities of egalitarianism are especially frustrating because inequalities are so easy to grasp. C.E.O.s, on average, make almost three hundred times what their employees make; billionaire donors shape our politics; automation favors owners over workers; urban economies grow while rural areas stagnate; the best health care goes to the richest. Across the political spectrum, we grieve the loss of what Alexis de Tocqueville called the “general equality of conditions,” which, with the grievous exception of slavery, once shaped American society. It’s not just about money. Tocqueville, writing in 1835, noted that our “ordinary practices of life” were egalitarian, too: we behaved as if there weren’t many differences among us. Today, there are “premiere” lines for popcorn at the movies and five tiers of Uber; we still struggle to address obvious inequalities of all kinds based on race, gender, sexual orientation, and other aspects of identity. Inequality is everywhere, and unignorable. We’ve diagnosed the disease. Why can’t we agree on a cure?

    In January of 2015, Jeremy Waldron, a political philosopher at New York University’s School of Law, delivered a series of lectures at the University of Edinburgh on the fundamental nature of human equality. He began by provoking his audience. “Look around you,” he said, “and look at the differences between you.” The crowd included the old and the young, men and women, the beautiful and the ugly, the rich and the poor, the healthy and the infirm, the high-status and the low. In theory, Waldron said, the audience could contain “soldiers as well as civilians, fugitives and convicts as well as law-abiding citizens, homeless people as well as property owners”—even “bankrupts, infants, lunatics,” all with different legal rights.

    In a book based on those lectures, “One Another’s Equals: The Basis of Human Equality,” Waldron points out that people are also marked by differences of skill, experience, creativity, and virtue. Given such consequential differences, he asks, in what sense are people “equal”? Waldron believes in our fundamental equality; as a philosopher, however, he wants to know why he believes in it.

    According to the Declaration of Independence, it is “self-evident” that all men are created equal. But, from a certain perspective, it’s our inequality that’s self-evident. A decade ago, the writer Deborah Solomon asked Donald Trump what he thought of the idea that “all men are created equal.” “It’s not true,” Trump reportedly said. “Some people are born very smart. Some people are born not so smart. Some people are born very beautiful, and some people are not, so you can’t say they’re all created equal.” Trump acknowledged that everyone is entitled to equal treatment under the law but concluded that “All men are created equal” is “a very confusing phrase to a lot of people.” More than twenty per cent of Americans, according to a 2015 poll, agree: they believe that the statement “All men are created equal” is false.

    In Waldron’s view, though, it’s not a binary choice; it’s possible to see people as equal and unequal simultaneously. A society can sort its members into various categories—lawful and criminal, brilliant and not—while also allowing some principle of basic equality to circumscribe its judgments and, in some contexts, override them. Egalitarians like Dworkin and Waldron call this principle “deep equality.” It’s because of deep equality that even those people who acquire additional, justified worth through their actions—heroes, senators, pop stars—can still be considered fundamentally no better than anyone else. By the same token, Waldron says, deep equality insures that even the most heinous murderer can be seen as a member of the human race, “with all the worth and status that this implies.” Deep equality—among other principles—ought to tell us that it’s wrong to sequester the small children of migrants in squalid prisons, whatever their legal status. Waldron wants to find its source.

    “She doesn’t want to see you, man.”
    Cartoon by Ellie Black
    In the course of his search, he explores centuries of intellectual history. Many thinkers, from Cicero to Locke, have argued that our ability to reason is what makes us equals. (But isn’t this ability itself unequally distributed?) Other thinkers, including Immanuel Kant, have cited our moral sense. (But doesn’t this restrict equality to the virtuous?) Some philosophers, such as Jeremy Bentham, have suggested that it’s our capacity to suffer that equalizes us. (But then, many animals suffer, too.) Others have nominated our capacity to love. (But what about selfish, hard-hearted people?) It would be helpful, on a practical level, if there were a well-defined basis for our deep equality. Such a basis might guide our thinking. If deep equality turned out to be based on our ability to suffer, for example, then Michael and Angela might feel better about giving their daughter Alexis, who risks blindness, more money than her siblings. But Waldron finds none of these arguments totally persuasive.

    In various religious traditions, he observes, equality flows not just from broad assurances that we are all made in God’s image but from some sense that everyone is the protagonist in a saga of error, realization, and redemption: we’re equal because God cares about how things turn out for each of us. He notes that atheists, too, might locate our equality in the idea that we each have our own story. Waldron himself is taken by Hannah Arendt’s related concept of “natality,” the notion that what each of us share is having been born as a “newcomer,” entering into history with “the capacity of beginning something anew, that is, of acting.” And yet Arendt herself was pessimistic about the quest for a proof of equality; in her view, the Holocaust had revealed that there was “nothing sacred in the abstract nakedness of being human.” If that’s true, then equality may be not a self-evident fact about human beings but a human-made social construction that we must choose to put into practice.

    In the end, Waldron concludes that there is no “small polished unitary soul-like substance” that makes us equal; there’s only a patchwork of arguments for our deep equality, collectively compelling but individually limited. Equality is a composite idea—a nexus of complementary and competing intuitions.

    The blurry nature of equality makes it hard to solve egalitarian dilemmas from first principles. In each situation, we must feel our way forward, reconciling our conflicting intuitions about what “equal” means. Deep equality is still an important idea—it tells us, among other things, that discrimination and bigotry are wrong. But it isn’t, in itself, fine-grained enough to answer thorny questions about how a community should divide up what it has. To answer those questions, it must be augmented by other, narrower tenets.

    The communities that have the easiest time doing that tend to have some clearly defined, shared purpose. Sprinters competing in a hundred-metre dash have varied endowments and train in different conditions; from a certain perspective, those differences make every race unfair. (How can you compete with someone who has better genes?) But runners form an egalitarian community with a common goal—finding out who’s fastest—and so they have invented rules and procedures (qualifying heats, drug bans) that allow them to consider a race valid as long as no one jumps the gun. By embracing an agreed-upon theory of equality before the race, the sprinters can find collective meaning in the ranked inequalities that emerge when it ends. A hospital, similarly, might find an egalitarian way to do the necessary work of giving some patients priority over others, perhaps by adopting a theory of equality that ignores certain kinds of differences (some patients are rich, others poor) while acknowledging others (some patients are in urgent trouble, others less so). What matters, above all, is that the scheme makes sense to those involved.

    Because maintaining such agreements takes constant work, egalitarian communities are always in danger of disintegrating. Nevertheless, the egalitarian landscape is dotted with islands of agreement: communes, co-ops, and well-organized competitions in which a shared theory of equality is used for some practical purpose. An individual family might divide up its chores by agreeing on a theory of equality that balances quick, unpleasant tasks, such as bathroom-cleaning, with slower, more enjoyable ones, such as dog-walking. This sort of artisanal egalitarianism is comparatively easy to arrange. Mass-producing it is what’s hard. A whole society can’t get together in a room to hash things out. Instead, consensus must coalesce slowly around broad egalitarian principles.

    No principle is perfect; each contains hidden dangers that emerge with time. Many people, in contemplating the division of goods, invoke the principle of necessity: the idea that our first priority should be the equal fulfillment of fundamental needs. The hidden danger here becomes apparent once we go past a certain point of subsistence. When Fyodor Dostoyevsky went to military school, he wrote home to ask his land-owning but cash-strapped father, Mikhail Andreevich, for new boots and other furnishings, arguing that, without them, he would be ostracized. Mikhail Andreevich recognized his son’s changed needs and granted his request; he died soon afterward, under mysterious circumstances, and Dostoyevsky came to believe that he had been murdered by the serfs he had overworked. The episode, which helped inspire “The Brothers Karamazov,” also illustrates a core problem that bedevils egalitarianism—what philosophers call “the problem of expensive tastes.”

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    The problem—what feels like a necessity to one person seems like a luxury to another—is familiar to anyone who’s argued with a foodie spouse or roommate about the grocery bill. It applies not just to material goods but to societal ones. To an environmentalist, protecting the spotted owl is a necessity; to a logger who stands to lose his job, it’s a luxury. The problem is so insistent that a whole body of political philosophy—“prioritarianism”—is devoted to the challenge of sorting people with needs from people with wants. It’s difficult in part because the line shifts as the years pass. Medical procedures that seem optional today become necessities tomorrow; educational attainments that were once unusual, such as college degrees, become increasingly indispensable with time. In a study for the National Bureau of Economic Research, four economists evaluated the success of President Lyndon Johnson’s War on Poverty. They found that, judging by a modernized version of the definition of “poverty” which Johnson used, the poverty rate in America fell from 19.5 per cent in 1963 to 2.3 per cent in 2017. Still, they note in their paper, “expectations for minimum living standards evolve.” Today, taking advantage of the social safety net that the War on Poverty put in place—food stamps, Medicaid, and so on—is itself a sign of poverty. A new, more robust safety net—free college, Medicare for All—becomes, for some, an egalitarian necessity.

    Some thinkers try to tame the problem of expensive tastes by asking what a “normal” or “typical” person might find necessary. But it’s easy to define “typical” too narrowly, letting unfair assumptions influence our judgments. In an influential 1999 article called “What Is the Point of Equality?,” the philosopher Elizabeth Anderson pointed out an odd feature of our social contract: if you’re fired from your job, unemployment benefits help keep you afloat, while if you stop working to have a child you must deal with the loss of income yourself. This contradiction, she writes, reveals an assumption that “the desire to procreate is just another expensive taste”; it reflects, she argues, the sexist presumption that “atomistic egoism and self-sufficiency” are the human norm. The word “necessity” suggests the idea of a bare minimum. In fact, it sets a high bar. Clearing it may require rethinking how society functions.

    Perhaps because necessity is so demanding, our egalitarian commitments tend to rest on a different principle: luck. The philosopher Richard Arneson explained the idea a couple of decades ago: “Some people are blessed with good luck, some are cursed with bad luck, and it is the responsibility of society—all of us regarded collectively—to alter the distribution of goods and evils that arises from the jumble of lotteries that constitutes human life as we know it.” Anderson, in an influential coinage, calls this outlook “luck egalitarianism.”

    Instead of dividing things up by asking what people need, a luck-egalitarian system tries to equalize the distribution of misfortune. If you’re born on the wrong side of the tracks, or if your house is destroyed in an unpredictable natural disaster, luck egalitarianism suggests that you deserve help. If you screw up—by squandering your savings, launching a failed business, and so on—you’re on your own. It’s to luck egalitarianism that we owe the metaphors of the “level playing field” and the “social safety net.” The first equalizes the bad luck we’re born with; the second, the bad luck that finds us as adults.

    As Americans, we are charged with recognizing two conflicting values: individualism and egalitarianism. By smoothing out the unlucky differences while accepting those for which people are responsible, luck egalitarianism promises to help us be individualists and egalitarians simultaneously, But, as Anderson and others have argued, doing this is harder than it sounds. One problem, Anderson writes, is that luck egalitarianism condescends to those it helps: by seeing them as hapless victims of circumstance, it denies them the “equal respect” they’re due as citizens of a democracy. (It’s perhaps for this reason that the people who might benefit from the extension of government programs so often vote against them.)

    Another problem, which the political theorist Yascha Mounk explores in “The Age of Responsibility: Luck, Choice, and the Welfare State,” is that the distinction between choice and luck is hard to sustain. If you sleep in instead of coming to work every day and then get fired, you’re clearly making bad choices. But what if you’re born into a family with an income just north of the poverty line, then drop out of high school to get a dead-end job? In all likelihood, you’ve suffered from bad luck and made bad choices. Suppose you turn down a place at your state university to take a job at the auto plant where your parents work, and the plant then closes. The closing of the plant was out of your control, but the decision to work there rather than go to college was yours to make. If you’d acquired more skills, would you be more employable? Or would the forces of globalization that led to the closure of the plant have narrowed your job prospects no matter your training? You might lie awake night after night mulling such questions without settling on answers; it’s absurd, Mounk writes, to expect “a real-world state bureaucracy to answer such intricate hypothetical questions about millions of citizens.”

    The distinction between choice and luck, he argues, is a matter not of fact but of perspective. Explanations of human behavior have traditionally been divided into two groups: those which focus on the forces that push us around and those which emphasize how, as individuals, we can choose to resist them. The same phenomenon can be viewed from either side of the so-called structure-agency distinction. For most of the twentieth century, Mounk writes, criminologists looked at crime from a structural perspective: they urged politicians to fight it by reducing poverty—its root cause. Later, however, they changed tack: they began examining the motivations of individual criminals and asking how potential wrongdoers, as “agents,” might be dissuaded from committing crimes. The criminologists weren’t repudiating their prior insights about poverty, Mounk says; they were just looking at crime from a different perspective. The agent-based perspective was more useful to police officers, who couldn’t lift a neighborhood out of poverty but could change the way they patrolled it.

    Mounk thinks that most people understand, intuitively, that the distinction between structure and agency is—like the distinction between “nature” and “nurture”—an artifact of explanation, not a part of reality. All explanations are limited, we know, and tell only part of the story. This, he writes, is why we are so ambivalent about luck egalitarianism and the politicians who see the world through its lens. Conservatives, hoping to constrain the size of the welfare state, overstate how much control people have over their lives; liberals, hoping to expand it, overstate our powerlessness. But both positions are unconvincing. “While voters are receptive to the idea that it is deeply unjust for some public schools to have better funding than others, they balk when they are told that students who do well in school are merely lucky,” Mounk writes. “And while they recognize that the explanation for the stagnating living standards of average people lies in larger structural transformations of the world economy, they are skeptical when they are told that the choices of specific individuals don’t play any role in determining their particular economic fate.”

    There’s a problem with finding problems with egalitarianism. The head fights the gut; complexities can’t drown out the moral law within. Reading Waldron, Anderson, Mounk, and other thinkers on egalitarianism, I found myself remembering a time that started when I was eleven or twelve years old. My parents were divorced and rarely spoke; I went to three middle schools in three years, one bad, one middling, one good. The bad school was near my mother’s house, where we lived in the basement, having rented out the main floor. The good school was in a wealthy suburb. I attended it by claiming to live at the address of a family friend who had a small apartment, above a commercial space, on its edge. (So-called enrollment fraud is common across the country, especially in places where rich and poor school districts border each other.)

    For a while, I took the bus home to the apartment, hanging out there until late in the evening. When this arrangement grew untenable, my mother devised a plan. She’d struck up a conversation with a cabdriver and taken his card; she called him and asked if, for a flat monthly fee, he’d pick me up at school each day and drop me at my father’s house, a short drive away. There weren’t many fares at two-thirty in the afternoon in the Maryland suburbs, and he said yes.

    Peter, the cabdriver, began picking me up from a hidden spot past the soccer fields, under some trees. He was from West Africa, with an accent I sometimes struggled with. We talked about his home town, his girlfriend, the books I was reading—Stephen King, for the most part—in which he sweetly expressed an interest. Eventually, two of my friends, who were also picked up after school, discovered my secret spot and joined me there. As Peter and I drove away, everyone waved.

    One day, Peter was agitated when he arrived. “I have to make a detour, O.K.?” he said. “Don’t tell your mom.” He didn’t wave to my friends, and we took a left instead of a right, eventually entering a neighborhood of small, unkempt row houses. As we drove, Peter told me how the taxi business worked. He didn’t own his cab; he rented it from the cab company, in a rent-to-own arrangement. If he missed his monthly payment, the company took the cab back. The payment was extremely high. “I drive and I drive and I drive,” he said. “But I can’t make it. I can’t make it!” As we pulled up in front of his cousin’s house, he sobbed. I watched from the back seat as he returned to the cab, weeping, with borrowed cash in his hand.

    “Some are born to meet, some achieve meetings, and some have meetings thrust upon them.”
    Cartoon by Avi Steinberg
    I wasn’t a sheltered kid; I knew about economic hardship. A few times that year, my mother had fallen behind on our bills, and our power had been cut off; we’d showered and eaten dinner in the dark. She’d hidden her despair, but Peter had shared his. For him, the bottom could fall out faster and more completely. More than a decade later, in a Dickensian coincidence, Peter, who was still driving cabs, picked my father up from the airport and gave him a business card. Peter started driving him, too; that year, on a trip with my dad and his family, Peter and I were reunited, to our great delight. But not long afterward he died. He suffered from diabetes and hypertension, and had no health insurance; he went too long before seeking treatment for an infection in his toe. It got into his bloodstream, and he died of septic shock.

    Injustice isn’t cerebral. Peter and I were two equal people on the same earth. What’s so complicated about that?

    The gap between intuition and argument—between outrage and the best response to that outrage—is the subject of Robert Tsai’s “Practical Equality: Forging Justice in a Divided Nation.” Tsai, a law professor at American University, places great weight on the intuition that we are “one another’s equals”—and yet, he writes, it’s inevitable that, “in a diverse democracy, people will disagree about what equality means.” Hashing out questions of equality, he concludes, can be so fraught, so confusing, that the wisest course is sometimes to circumvent them. Inequality can be resisted, and equality pursued, by other, less tangled means.

    Tsai, a constitutional litigator, is intimately familiar with how arguments about equality have unfolded in the courts. Often, he writes, the moral magnetism of equality backfires. To crusade for it is to be on the side of justice, and so there is no choice but to accuse those obstructing it of being racists, misogynists, élitists, or oppressors. Tsai tells the story of City of Cleburne, Texas v. Cleburne Living Center, Inc., a Supreme Court case from 1985. A private company proposed opening a group home for thirteen intellectually disabled residents in the small city of Cleburne; it was thwarted by a local ordinance that required a permit for the opening of facilities for the “feeble-minded.” City officials opposed to the home cited a variety of concerns: the preservation of the neighborhood’s “serenity,” the danger to nearby elderly people, the possibility that bullies from a nearby junior high school would torment their new neighbors. Advocates for it pointed out that the ordinance’s origins lay in the country’s eugenicist past. (In 1927, a Supreme Court decision permitted the sterilization of the intellectually disabled “for the protection and health of the state.”)

    When the case reached the Supreme Court, the arguments against the ordinance were mostly framed in terms of equality. Some people likened it to an apartheid law: it was no different, they argued, from a rule barring the construction of hospitals for people of a particular religion or ethnicity. The Reagan Administration, defending the law, argued that, since the disabled did have “distinctive needs and abilities,” treating them differently need not reflect “invidious and derogatory aims.” The table was set for an intractable egalitarian debate. A morally charged yet abstract question had been raised about the place of intellectual disabilities within a society committed to equality; the answer would concretely affect millions of disabled people. And that discussion, in turn, had been connected to the accusation that those who objected to the home were closed-minded bigots—a charge sure to rally many of their fellow-citizens to their defense. The likelihood of the Court coming to a universally convincing conclusion seemed remote.

    In the end, Tsai writes, the Justices decided to avoid thinking in terms of equality. Instead, they applied the “rule of reason,” asking whether the citizens’ concerns had any rational basis, and concluding that they did not. By taking this approach, the Court avoided entirely the question of whether the citizens who objected to the home were motivated by bigotry; it also skirted the Waldronesque question of what it might mean to treat intellectually disabled people equally. And yet, Tsai writes, the Court still created a basically egalitarian outcome, and “placed discriminatory action based on damaging cultural stereotypes off-limits.”

    The Court used the same approach in other equality-enhancing decisions. In United States v. Virginia, from 1996, a female high-school student filed a complaint against the Virginia Military Institute (the so-called West Point of the South), which excluded women. The arguments on her behalf, which leaned heavily on equality, soon got bogged down in the question of what it might mean for the Institute to treat male and female cadets equally. Instead of weighing in on that issue, the Court ruled that there was no rational basis for denying women admission.

    These cases and many others, Tsai believes, show that it’s often more practical to pursue “equality by other means” than to sail into the crosscurrents of egalitarian debate. Reasonableness, or rationality, is one test to which we can subject inegalitarian systems or rules. One can also ask whether they are fair, whether their specific consequences are cruel, whether all relevant voices have been heard. Answering these questions isn’t always easy, but it’s easier than generating consensus about what “equal” means. We make more progress, Tsai argues, when we “shift the focus of moral outrage.”

    Language itself may be misleading us. Appalled by inequality, our minds turn immediately to its opposite. Sidestepping that impulse, as Tsai advocates, requires giving up a satisfying rhetorical clarity, but it may bring us closer to our moral common sense. The philosopher David Schmidtz explains why in a 2006 book titled “Elements of Justice.” Schmidtz begins by asking us to contemplate what makes a neighborhood a good place to live: a thriving community might have a grocery store, a fire station, a library, a playground. Similarly, a system of justice must have a few different structures to be livable. It’s easy to imagine justice as a unitary thing—a single, imposing building, a Supreme Court. But it’s more like a collection of buildings, each with its own function.

    In the neighborhood of justice, Schmidtz identifies four structures: equality, desert, reciprocity, and need. We consult these in different contexts, to solve different kinds of problems. Citizens are owed equality before the law. Workers, by contrast, should be compensated differently, depending on what they have accomplished. In relationships with our partners, we favor reciprocity. In trying to do right by our children, we ask what they need. (Michael and Angela, in considering their will, might focus on necessity more than the other concepts: instead of asking “What do they deserve?” or “What have they done for us lately?,” they might ask, “What do our kids need?”) None of these principles are capacious enough to serve in every situation; in fact, they are often in tension with one another. And they can be used inappropriately. No one wants a merit-based marriage. A workplace that operates by reciprocity is a dysfunctional one.

    In real life, therefore, we amble around the neighborhood of justice. A coach doesn’t run her team on egalitarian principles alone; to win, she must field the best players more often. But she doesn’t run a ruthless meritocracy, either. On a good team, players get the help they need, they assist one another reciprocally, they’re rewarded for their individual accomplishments, and they are treated similarly enough that they feel connected in a common enterprise.

    The frustrations and complexities of egalitarianism reflect the hidden complexity of equality. It looks simple and self-evident, as though one could proclaim it into existence. But achieving it requires a willingness to recognize, and to shift among, many different conceptions of what’s right—a kind of moral egalitarianism. Even equality itself, as an ideal, is insufficient. No one version of the good can rule the rest. ♦

    Published in the print edition of the January 13, 2020, issue, with the headline “Same Difference.”

    Joshua Rothman, the ideas editor of newyorker.com, has been a writer and an editor at the magazine since 2012.

    • Víctor López 12 January 2020 at 8:33 am Permalink

      mmmmmmmmmmmmmmm… interesante.

  24. Cubano-Americano 11 January 2020 at 9:53 pm Permalink

    Muchos descubrimientos medicos que han salvado a millones fueron hechos por casualidad y mucha observación u ojos clinicos..Como el escorbuto por falta de Vitamina C..los marinos en largos viajes lo padecían y un observador médico observó que los marinos solo comían carnes saladas y ningún cítrico y así la descubrió y trato…lo mismo paso con la Pelagra o falta de vitamina B-3 por ingestión el personas pobres en una dieta a expensas de mucho maiz y tomaban mucho alcohol….y Louis Pasteur un químico francés que descubrió casualmente la Pastrurizacion y la vacuna anti-rabica así como el lavado de mano ..piel del paciente y calor a instrumento quirurgico..y el autoclave..no era médico ( quimico) pero salvo a millones..La observación desarrollada es un don pero si se entrena el ojo clinico…Newton descubrió la ley de la gravedad al preguntarse al ver caer, una manzana de un árbol, de por qué caía para abajo..Lo mismo paso el descubrimiento casual por Fleming de la Penicilina al dejar una placa de Petri olvidada con bacterias por varios día y observar que las bacterias habían muerto al contaminarse la placa de Petri con un hongo o Moho..por la humedad del medio…y cuantas vidas sigue salvando??
    Creo mucho en el desarrollo del “ojo clinico” producto de una profunda observación médica y un ejemplo era Sherloc Holmes inspirado en un excelente Medico…Feliz noche..

    • Julian Perez 12 January 2020 at 5:10 am Permalink

      >> SherlocK Holmes inspirado en un excelente Medico

      Sí, el doctor Bell, si la memoria no me falla, según Conan Doyle.

      Sin embargo, la organización llamada ¨Irregulares de Baker Street¨ insiste en que Holmes existió realmente y que tuvo una prolongada vida gracias a su habitual consumo de la jalea real 🙂

      Por cierto, si eso fuera cierto NO vivió en el 221B de Baker Street pues esa calle no tenía ese número. Se lo agregaron para poner ahí el museo de Holmes.

  25. Víctor López 11 January 2020 at 10:37 pm Permalink

    Los vascos amos del mar y del Atlántico norte, podían permanecer meses en el mar sin padecer el escorbuto. Lo lograban gracias a su afición por una sidra y vino blanco que embarcaban siempre para las travesías. Desde el siglo VII (por registro) se dedicaron a la caza de ballenas, las cuales los llevaron a establecer factorías en terranova alrededor del siglo XIV (no solo los vikingos estuvieron antes en América). Cuando Cartier remontó el San Lorenzo y tomó posesión en nombre del Rey de Francia (alrededor de 1530), se encontró en el estuario según anotó en bitácora “mil vascos pescando bacalao”, y cuando se comunicaron con los aborígenes estos le hablaron en euskera jajaja. En sus dialectos usaban un 50 por ciento de términos vascos. Saludos.

    • Víctor López 12 January 2020 at 10:10 am Permalink

      https://images.app.goo.gl/S7XxPagnXhw8teYG9

      Casi que puedo verlos… hacían una sola comida, seis huevos revueltos con trigo en grano. El resto de la dieta la completaba el vino.

      • Víctor López 12 January 2020 at 10:32 am Permalink

        Esta obra de Sorolla es extraordinaria, con un manejo de luces que supera a Rembrandt. El drama es una apendicitis (supongo) en el mar. Los pescados parecen albacoas mediterráneas, o pudieran ser arenques o bacalao del norte. El que atiende al enfermo es un vasco, los demás no, probablemente una tripulación heterogénea de fondeaderos sevillanos. El “arte” de Sorolla creo que desmerece a su técnica.

  26. Cubano-Americano 12 January 2020 at 8:31 am Permalink

    Observar…

    “El mundo esta lleno de obviedades que nadie observa” Sherlock Holmes.

    …En Cuba estudiando Medicina en Propedeutica , la herramienta para llegar a un dignostico, tuve un profesosr que me decia: ” Más del 90% de los diagnósticos se hacen con la simple observacion” …y me enseñó a observar y créanme me ha dado resultados increíbles en mi práctica médica y he salvado muchas vidas con la simple observacion..el médico que no sabe observar no sabe diagnosticar..no es simplemente mirar..es absorber y procesar hasta el ínfimo detalle..buscar las causas y no los efectos…ir a la raiz…metabolizar lo que veo y observo…De solo ver a una persona se como come..su actividad física como camina .si tiene pie plano..la postura..la fascie..si respira torácico o abdominal..su sudoracion..frecuencia respiratoria..danza arterial..red venosa cervical ..tiroides..pectum excavatum..la formas de sus dedos…la esclerotica..el tipo de nariz ( adenoide)..un día de visita en una casa veo un muchacho muy blanco y pálido de un color cenizo y la madre me dice doctor mi niño nunca tiene energía para su edad..le dije claro llévelo al otorrino pediatra para que le opere sus grandes adenoides que no le permiten una correcta respiracion..fue..lo diganoticaron y lo operaron solo me fije en su nariz adenoides y su respiración torácica que los niños la tienen abdominal..lo triste del caso que tenía consultas frecuentes con pediatras que no observaban ese detalle..en sus check up periodicos…y así en muchos otros casos que solo la observación hace el diagnostico..o te encamina a hacerlo…Observe siempre a su alrededor..podría salvarle la vida…

    • Víctor López 12 January 2020 at 8:34 am Permalink

      Qué observador.

  27. Víctor López 12 January 2020 at 11:41 am Permalink

    No sabía a quién importunar y me dije -pero claaaaro, a quien sino a Julián-, y que mejor que identificarle bien claro a uno de esos escritores de almohada que él se tiene. Bueno… aquí reposteo:

    Argentinísimo, Julián. Hay una Argentina provinciana y variopinta que se atribuye hoy la representatividad nacional. Pero esta la otra, latente, vitral de Europa pero predominantemente lombarda y pirenaica, de la que su principal expresión es Borges. Si usted caminara una sola tarde por las calles de Recoleta y Palermo, conocería un mundo que está más allá de Occidente. Pertenece a los sueños.

    …esa es la Argentina borgeana, la del idealismo perseguido y dormido desde Grecia y la Roma Imperial (el vellocino de oro), que despertó y fraguó solo una vez. El testimonio está allí, imperecedero, hace ósmosis en las gentes, y es el único ejemplo que existe sobre la faz de la tierra. Un saludo.

    • Julian Perez 12 January 2020 at 12:36 pm Permalink

      Está bien, pero fue a través de usted como me enteré de que fueron los ingleses quienes rescataron a Borges de la pira y por allá lo estudian como ¨autor inglés¨¨, cosa que yo no sabía 🙂

  28. Víctor López 12 January 2020 at 1:45 pm Permalink

    …y, los Ingleses jajaja, usted sabe.

    Claro que se atribuyen a Borges. El único famoso que no fue inglés es “Jack the striper”, que resulta redescubierto cada vez que el reino tiene un conflicto. Cuando Malvinas era argentino jajaja, la prensa inglesa así lo atribuía, literal. También derrotaron a Napoleón, Hitler jajaja, en fin, son extraordinarios pero son así. Posiblemente Borges también tenga algo de argentino. Usted qué piensa?

    • Julian Perez 12 January 2020 at 2:48 pm Permalink

      Puede ser. Pero lo veía muy distinto a, digamos, Cortazar o Sabato. Aunque, ahora que lo pienso, tampoco Mujica Lainez parece cortado por la misma tijera que los del boom. Parece que, en efecto, hay varios tipos de escritores argentinos bastante disímiles y la argentinidad de Borges (en una de esas líneas) puede que sea total.

      Y hay otros famosos no ingleses. No tengo conocimiento de que hayan tratado de apropiarse de Tolstoi o Dostoievski 🙂 Borges les “pega” más. Borges, además, adoraba las cosas de Kipling y creo que sentía cierta afinidad con él asi que no es demasiado difícil ¨inglesarlo¨. De T.S.Eliot no tuvieron que ¨apropiarse¨. El solito se quiso hacer inglés 🙂

  29. Víctor López 12 January 2020 at 4:00 pm Permalink

    Su abuela era inglesa, estuvo muy cerca de ella, tal vez fue su “hada madrina”. Estaba muy orgulloso de ella y su ascendencia inglesa. En lo personal no compagino con la Argentina popular, pero Borges pareciera que me hablara desde la vieja cocina de la estancia. Tal vez por las lecturas de Chesterton, Shakespeare, dialécticos y otros que mis padres comentaban, nos daba una esencia de “círculo literario” entre el humo, los aperos y las “guascas”. Saludos.

    • Víctor López 12 January 2020 at 4:07 pm Permalink

      Corrijo. Se escribe huascas, pero les llamabamos “guascas”. Éramos una rara mezcla de salvajes “ilustrados” jajaja.


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