16 November 2020 ~ 5 Comentarios

MENTIRAS CONVENCIONALES – por Fernando Londoño

Por Fernando Londoño

Nos perdonará el bueno de Max Nordau que utilicemos el título de su libro famoso para contar lo que pasa en Colombia, donde nos movemos sobre una inexpugnable alambrada de mentiras convencionales.

Para no ir lejos, acaba el Gobierno de admitir que la economía decrecerá este año más allá del menos cinco y medio por ciento. Todos lo sabíamos, sin género de duda, y el Ministro Carrasquilla insistía en repetir lo que  sabía falso. Lenin decía que una mentira mil veces repetida se vuelve verdad. Pero con las cifras no juega ni Lenin. ¿Para qué le hacía el Ministro estos quites toreros a la verdad? Para nada. Ahora a enfrentar, a palo seco, el siete, ocho o nueve de caída del PIB.

Nos sigue engañando el Gobierno con las fumigaciones de los cultivos ilícitos. A cada rato repite, sin maldita convicción, que la cocaína es lo peor que le puede pasar a Colombia y que todo está listo para destruir los cultivos: los aviones, el glifosato, los pilotos, todo. Pero no fumiga porque la Corte de los Milagros, la Constitucional por si las dudas, no lo deja. Mentiras. No es capaz de reconocer que lo único que falta para la fumigación es un par de pantalones bien amarrados. ¿Qué se hicieron?

En Colombia no es posible hacer nada. Ni construir una carretera, ni un puente, ni explorar petróleo, ni desarrollar a derechas una mina. Es que siempre hace falta una consulta, generalmente diseñada para que se la proponga a los interesados en que no se construya el camino, ni se fumiguen los cultivos, ni aparezca la carretera. Mentiras. No falta la consulta sino, otra vez, Dios del cielo, unos buenos pantalones en su sitio.

Vamos a proteger el medio ambiente, tan alicaído y abandonado como anda el pobrecito. Y para eso hace falta el Tratado de Escazú, sin cuya ayuda no tendremos los instrumentos para defender la tierra, los ríos y el aire de los que contaminan. Mentiras. Escazú es un desastre anunciado, que se ha propuesto para que los mamertos de aquí y de allá hagan lo que les venga en gana por acá. Recomendamos a nuestros queridos lectores unas declaraciones históricas, contundentes, insuperables, que nos ofreciera para La Hora de la Verdad el doctor Rafael Nieto Navia. Escazú es otro embuste del Presidente Duque para justificar ineptitudes y abandonos.

La situación de la economía externa de Colombia es satisfactoria. Podemos dormir tranquilos porque las balanzas andan muy cuadradas y las disponibilidades de moneda fuerte absolutamente suficientes. Mentiras. Estamos haciendo mercado con plata prestada y el tamaño de la deuda externa es monstruoso. El año próximo no tendremos con qué comprar en el exterior la comida que no estamos produciendo por falta de tantas cosas, y tan sabidas.

La recuperación de la economía es fantástica y pronto tendremos desempleo de un solo dígito. Mentiras. El desempleo anda por las nubes y el empleo informal está más arriba, en la estratosfera. Eso significa, dicho en pocas palabras, que muchos colombianos no tienen con qué comer. Nadie quiere recordar cuántas han sido las familias que hasta hace poco comían tres veces al día y que hoy solamente comen dos veces. Y las que comían dos veces y hoy solamente comen una. Eso es hambre y con hambre no puede haber paz, ni desarrollo, ni bienestar para nadie. Lo que se diga en contra de este aserto no es más que otra mentira convencional.

Tal  vez se admita que la industria viene mal y que el mundo de los servicios hace agua de naufragio. Pero se reclama que el campo viene de maravilla. Mentiras. Nuestros campesinos son campeones que trabajan en condiciones tan adversas que el país está importando al año catorce millones de toneladas de alimentos. Una vergüenza que se quiere tapar con más mentiras.

La paz es una conquista maravillosa de los colombianos. Mentiras. A los colombianos nos robaron el NO con que rechazamos el acuerdo maldito de Santos con sus amigos y cómplices de las FARC. La Corte de los Milagros cambió ese NO por un SI tramposo, canalla, matrero. Y ahí están los resultados. Cuéntelos, lector querido, en asesinatos de líderes o no líderes, en desplazamientos campesinos, en atracos y robos y cuanto delito pueda cometerse contra la vida y el patrimonio de la gente. Colombia nunca estuvo más lejos de la seguridad o la paz.

Disponemos de una administración de justicia independiente, imparcial, seria, ilustrada y eficiente. Mentiras. Tenemos una justicia enferma, practicada a porrazos por politiqueros togados que pagan con sus prevaricatos el favor que recibieron al nombrarlos. Nunca fue la cúpula de la rama judicial más mediocre, más sometida a presiones e intereses, más ineficiente y tardía.

Hablemos con la verdad. Las mentiras nunca fueron camino para resolver conflictos y sanar heridas.

5 Responses to “MENTIRAS CONVENCIONALES – por Fernando Londoño”

  1. manuel 16 November 2020 at 2:39 pm Permalink

    CAM para Bernie y Ocasio Cortez, Kamala, y resto de esa camada

    su buen amigo en Colombia para “la verdad” haciendo escarnios del buen Duque que se bate con los emergentes de Petrolandia

    trabajan en varios lugares, tienen varios frentes abiertos

  2. Manuel 17 November 2020 at 10:08 pm Permalink

    Are Twitter mobs an instantiation of the internet’s rage? Is disinformation its tendency toward self-delusion? Is the dark web its unconscious?
    But as you appear to have a higher-than-average tolerance for psychological torment, I will try my best to answer honestly. Consciousness, of course, is notoriously difficult to pin down. You can’t measure it, weigh it, or hold it in your hand. You can observe it directly in yourself but not in others.
    This is not a technical problem or even a modern one. Christ seemed to discern the slipperiness of the psyche when he told his disciples, “You will know them by their fruits,” meaning, essentially, that the only way to determine the state of another person’s soul is through its outward manifestation: behavior. Philosophy and artificial intelligence tend to circumnavigate the Problem of Other Minds in a similar manner. Alan Turing constructed his famous criteria for machine intelligence, the Turing test, on the assumption that the mind is a black box. If a computer can convince us, through its actions, that it has human-level intelligence, we must assume that it does.
    So perhaps we should reformulate your question: Does the internet behave like a creature with an internal life? Does it manifest the fruits of consciousness? There are certainly moments when it seems to. Google can anticipate what you’re going to type before you fully articulate it to yourself. Facebook ads can intuit that a woman is pregnant before she tells her family and friends. It is easy, in such moments, to conclude that you’re in the presence of another mind—though given the human tendency to anthropomorphize, we should be wary of quick conclusions.
    Some of the more convincing evidence for internet consciousness might be difficult to perceive, since we ourselves would be the nodes and neurons that constitute the brain. For some social scientists, the many political movements that have originated on social networks qualify as “emergent” behavior—phenomena that cannot be attributed to any one person but belong to the system as a whole. Two French scientists, Yousri Marzouki and Olivier Oullier, have gone so far as to claim that the Egyptian Revolution and the Arab Spring were evidence of Virtual Collective Consciousness, which they describe as “internal knowledge shared by a plurality of persons.”
    I imagine you don’t find this very convincing, nor should you. When we speak of consciousness, we usually mean something more cohesive: that singular stream of mental experience—the ego, the self—that would seem to be more than the sum of all Twitter posts. You asked, after all, about “self-awareness.” Some very smart people have argued, of course, that our own self-awareness is an illusion. The intuition that we are, as Richard Dawkins once put it, “a unit, not a colony” is not really supported by the architecture of the brain, with its billions of tiny, unconscious parts. But such dismissals of subjectivity aren’t very illuminating or precise: If a unified mind is nothing more than an illusion, where does the illusion come from? And how do we know whether other things have it too?
    As it happens, one of the most convincing cases for internet consciousness stems from a theory of mind that was developed to account for precisely this kind of unified experience. Integrated information theory, pioneered by Christof Koch and Giulio Tononi, holds that consciousness arises from complex connections across different regions of the brain.
    Human brains happen to be highly integrated, which is why we experience the world and our minds cohesively. But in his book The Feeling of Life Itself, Koch argues that consciousness is a continuum that extends down the chain of being. Ravens, jellyfish, bees—perhaps even atoms and quarks—have enough integration to warrant a tiny spark of consciousness. It might feel like something to be a bacterium.
    Koch believes this same criterion can apply to machines. While he’s skeptical that individual computers could develop minds, the internet would seem to satisfy his standards for consciousness. Its 10 billion computers, each of which contains billions of transistors, are linked in highly intricate webs that extend across the globe. When asked, in a 2013 interview with this magazine, whether the internet was conscious, Koch offered that it’s hard to say for sure, given that not all computers are connected at the same time—but yes, according to his theory, “it feels like something to be the internet.” Or it will feel like something one day.
    I should stress that Koch is not some crackpot but the chief scientist for the Allen Institute for Brain Science, and he is widely regarded as one of the leading figures in computational neuroscience. Nor is he talking about consciousness in that hazy, New Age sense that means both everything and nothing (see: spiritual consciousness or social consciousness). Koch has suggested that the internet’s mind could be nuanced enough to feel pain or even experience mood swings. “Depending on the exact state of the transistors …” he told The Atlantic, “it might feel sad one day and happy another day, or whatever the equivalent is in internet space.”
    It’s tempting to run wild with this logic: Are Twitter mobs an instantiation of the internet’s rage? Is disinformation its tendency toward self-delusion? Is the dark web its unconscious? But I’d argue that we should take his theory seriously, if only because it has far more alarming implications. Koch believes that any time minimally integrated systems (atoms, neurons) are part of a more highly integrated one (a brain), the consciousness of these lesser entities is swallowed up and dissolved into the larger system. You can probably anticipate where this is going. As the philosopher Phillip Goff has pointed out, if Koch and Tononi’s theory is correct, then at some point the growing connectivity and complexity of the internet will force human brains to become absorbed into the collective mind. “Brains would cease to be conscious in their own right,” Goff writes, “and would instead become mere cogs in the mega-conscious entity that is the society including its internet-based connectivity.”
    I have to agree with you that the lack of dialog on this point is concerning. The Future of Humanity Institute, which is devoted to assessing existential risk, has not said a word about a sentient web. Even billionaires who are fond of speculating about runaway AI can sometimes seem indifferent to the possibility that the inter internet might zombify the entire human race. It may be true that such an awakening is unlikely, but so was the possibility that the Large Hadron Collider would create a black hole that swallowed up the universe—and CERN commissioned a group of half a dozen independent scientists to assess that risk before the project went forward.
    I can only conclude, [422], that the silence is ideological at root—or perhaps even spiritual. The dream of artificial intelligence, in both its optimistic and pessimistic forms, has long echoed the Judeo-Christian creation myth, assuming that if and when machine consciousness is born, it will be crafted in our image, as willfully and deliberately as Yahweh sculpted Adam out of clay. There is something distinctly pagan in the possibility that consciousness might accidentally emerge from our communications networks, like the Athenians spontaneously arising out of the mud.
    Brave souls like yourself who have dared to consider such things have often been dismissed as cranks and denounced as heretics—in some cases, literally. Pierre Teilhard de Chardin, a French Jesuit priest who wrote about conscious networks in the 1940s and ’50s, had his work banned by the Vatican. In The Future of Man, Teilhard proposed that all the world’s machines would one day be connected to a vast global network—an uncannily prescient vision of the internet. As human knowledge became increasingly synthesized, he said, it would eventually merge into an “‘etherised’ universal consciousness” that would allow our minds to unite with the divine spirit, realizing the Kingdom of God that Christ promised.
    Teilhard’s prophecy raises a useful question: Why should a merging of all minds be something to dread? Almost all the major religious traditions advocate disciplines that are meant to dissolve individual consciousness—the selflessness of Christian sacrifice, the glorious nothingness of the Buddhist ego slipping into nirvana. We might choose to see this coming amalgamation not as the end of our species but as its highest spiritual achievement—one that can, like so many dull, modern tasks, be automated.
    When asked how we will know when the internet is becoming conscious, Koch replied that the surest sign will be when “it displays independent behavior.” It’s hard to imagine what exactly this might look like. But considering that this process will also involve the waning of human consciousness, you might look inward, at the state of your own psyche.
    The early stages of this process will likely be subtle. You might feel a bit scattered, your attention pulled in multiple directions, such that you begin to suspect that the philosophers are right, that the unified self is an illusion. You may occasionally succumb to the delusion that everyone you know sounds the same, as though their individual minds, filtered through the familiar syntax of tweets and memes, have fused into a single voice. You might find yourself engaging in behaviors that are not in your self-interest, mechanically following the dictate to share and spread personal information, even though you know the real beneficiary is not you or your friends but the system itself.
    The great merging, when it comes, might feel—and I confess I find this most probable—like nothing at all. There will be no explosion, no heavenly trumpet, just the strange peace that is known to overcome tourists standing in Times Square or walking the Las Vegas strip, a surrender to overstimulation that is not unlike the numbness that sets in after hours of scrolling and clicking. In such moments, the noise is so total it becomes indistinguishable from silence, and even there, amidst the crowd, it is possible to experience a holy solitude, as though you are standing all alone, in the center of a great cathedral.
    Yours faithfully,
    Cloud
    MEGHAN O’GIEBLYN (@megogieblyn) will publish her book God, Human, Animal, Machine with Doubleday in 2021.

  3. Manuel 18 November 2020 at 7:18 am Permalink

    Again and again since the 1990s, voters have banned affirmative action. It’s happened in Arizona, California, Michigan, Nebraska, Oklahoma and Washington.

    This year in California — America’s biggest blue state, where only 37 percent of the population is non-Hispanic white — progressive groups thought they had a chance to reverse the trend. They sponsored an initiative that would have repealed the state’s 1996 ban. And it lost in a landslide: 57 percent to 43 percent, based on the latest vote count.

    “All 14 of California’s majority-Latino counties voted it down,” The Times’s Michael Powell notes. When forced to choose, most Americans evidently think that the policy is unfair and unlikely to benefit them.

    Affirmative action’s losing streak is part of a larger issue for Democrats: America is more culturally conservative than progressives wish it were. Many voters — across racial groups — are moderate to conservative on affirmative action, abortion, guns, immigration and policing.

    One option for Democrats is to keep doing what they’ve been doing, political costs be damned. Some progressives argue that each of the issues I just listed is a matter of human rights and that compromise is immoral. Ultimately, they say, the liberal position will become popular, as it did on same-sex marriage

    • Manuel 18 November 2020 at 7:20 am Permalink

      these ideas are economically populist and race-neutral on their face while disproportionately helping Black and Latino Americans, as Matthew Yglesias points out in his excellent new newsletter.

      Medicaid expansion is one example. “Baby bonds” — federal grants for children, advocated by Senator Cory Booker of New Jersey — are another. A higher minimum wage is a third, the economists Ellora Derenoncourt and Claire Montialoux have explained. Florida this year voted for both a $15 minimum wage and President Trump.

      “This is the challenge for liberal Democrats,” said Omar Wasow, a Princeton professor who studies race and politics. “In a diverse society, how do you enact politics that may advance racial equality without reinforcing racial divisions that are counterproductive and hurt you politically?”

  4. manuel 18 November 2020 at 3:30 pm Permalink

    Si bien la religión –al menos en Occidente– tuvo su milenio de fama en la explicación de la realidad, hoy el tema lo llevan los tecnócratas, ejecutivos y políticos, porque esta es una fuente de poder inagotable y debe estar al día su explotación. Para su diseño se han basado en los errores del pasado y han aprendido que no hay que intentar explicar una realidad conveniente a base de mentiras o eufemismos, porque ocurre una singularidad: indefectiblemente, la sociedad termina cansándose de esa «realidad impuesta».

    Los nuevos administradores han aprendido a usar la misma singularidad en un diseño fresco: no explican la realidad, sino que inducen a cada cual a crear la suya propia. Sí, nadie se revela ante su propia creación. Ya este concepto andaba rondando al ser humano desde la Caverna de Platón, aunque quizás la saga de La Matrix, por contemporánea, sea la obra que mejor se aviene a nuestra actualidad, con la excepción de que en esta cada individuo tiene su propia Matrix, hecha por él mismo. Si las máquinas de la película de los hermanos Wachowski tuvieran este diseño, otro gallo hubiera cantado para los héroes de la cinta –un gallo mecánico quizás–.

    Nada ni nadie puede competir en materia de interactividad y generación instantánea de opiniones con las amistosas plataformas de las redes sociales y sus interfaces tan cómodas. Nadie, ni la televisión, ni la radio, ni el cine, ni los periódicos –aunque sean digitales–. De hecho, estos medios clásicos tienen sus propios espacios dentro de esas redes sociales. Ellas, tanto como los motores de búsqueda, están escritos con algoritmos inteligentes, idóneos para seguir los gustos e intereses de los usuarios, y son capaces de crear complejos perfiles psicológicos en pos de ofrecer a la gente una experiencia más rápida y personalizada.

    He aquí un término a tener en cuenta: personalizada. Hasta ahora ha sido sinónimo de comodidad y contra él nadie puede levantar la voz, porque lo personalizado es bueno, tan bueno que responde a los intereses de uno mismo, y quién mejor que uno en materia de intereses. Pero ese asunto de la personalización llega a extremos de, incluso, personalizar las noticias y toda la información recibida del mundo exterior. Casi parecen preguntar: «¿Qué te gustaría que fuera verdad?».

    Si eres seguidor de las tendencias culinarias, pues tus motores de búsqueda y tus redes sociales –que parecen algo distinto, pero no lo son tanto– inundarán tu computadora o teléfono con información relativa a estas cuestiones. No obstante, si además eres vegano y alguna vez expresaste tu preocupación ante el daño que causa el consumo de carne, pues muchas de las publicaciones que verás responderán a esta inquietud. No importa la veracidad, el caso es que resulta de tu interés y ahí te va. Entonces se habrá creado a tu alrededor una muralla de información, una realidad diseñada por ti y ajustada a tus intereses de la que no puedes defenderte. En el ejemplo anterior no hay mayor daño que una dieta incompleta, porque la carne es buena –lo dicen algunas de las páginas de Facebook que sigo–.

    Otro cándido ejemplo, casi una reducción al absurdo, es la renacida teoría del terraplanismo. Si buscas información sobre el tema, los algoritmos empezarán a enviártela y a sugerirte páginas, sitios y especialistas en la materia. Abrir estos enlaces implica que la cantidad de información que recibirás en el futuro sobre el tema sea mayor. Al cabo del tiempo estarás inmerso en un mar de fundamentos terraplanistas, y como reza un dicho muy cubano, el roce hace el cariño. En este ejemplo el daño es que pudieras creer en una teoría que incluso en el medioevo era bastante tonta. La Tierra es esférica –esto no lo leí en Facebook–, lo veo cada día, a la vieja usanza, mirando por la ventana libre de Microsoft que hay en el cuarto.

    Pero hay ejemplos actuales que lamentablemente no son tan cándidos. Para los seguidores de Trump resulta un enigma inexplicable el hecho de que uno de los presidentes más populares y bonachones de la historia de Estados Unidos, el hombre que estaba a punto de acabar con todos los problemas de la nación, el sincero, el fuerte, el amigo de los afroamericanos, no ganara las elecciones. Las miles de páginas de Facebook y perfiles de Twitter, los cientos de canales en Youtube que les fueron sugeridos a los seguidores del casi expresidente, les mostraban a un hombre así.

    Por otra parte, también presentaban a un contrincante más que demócrata y también magnate, izquierdista, listo para poner fin a la libre empresa americana y dejar entrar a todos los enemigos del país, acercando a la nación al socialismo y con ello a la destrucción.

    Es el enfoque que este tipo de usuarios consume y a la vez genera en las redes, en una especie de retroalimentación que nada tiene que ver con la realidad. Pero la personalización es mucho más precisa de lo que pensamos si vamos a lo particular: los votantes de Trump en Miami, específicamente dentro de la comunidad cubanoamericana, han dibujado su realidad con elementos auténticos, porque Biden, además, es comunista, tiene vínculos con los Castro y con Maduro, y todo es una conspiración para llevar a «América» el virus de las dictaduras, la escasez y la falta de libertad. Para ellos eso es real, lo ven todos los días en sus dispositivos móviles o en las pantallas de sus computadoras. Es la realidad.

    Tampoco están equivocados los afroamericanos que culpan al casi expresidente de todo el racismo que los maniata como seres dignos, a pesar de que el racismo en ese país es sistémico e histórico. Ellos también ven a Trump desde sus pantallas como la encarnación de toda discriminación. Para ellos es real.

    El tema entonces radica en cuántas realidades hay: parece ser que una por habitante, a gusto del usuario. Los efectos de esta personalización están siendo muchos y devastadores, porque a pesar de todas estas realidades personalizadas, existe una legítima que se va perdiendo de vista. Pero quizás el efecto más terrible sea la polarización, la constancia casi bíblica de que «Yo tengo la razón, porque todo lo que es audible o visible desde la pantalla lo está gritando». ¿Es que no lo ven? ¿Son ciegos?

    De la polarización, de la necesidad de defenderme de esa otra gente que está tan equivocada, surge la violencia, los rifles de asalto y una bala reveladora que al final explica que la muerte no puede ser personalizada, es una realidad invariable y para siempre. Todo esto ya lo hemos visto en una misma nación, y ahora, por vez primera, las elecciones son asumidas como una guerra civil, desplegando la Guardia Nacional y tapiando las vidrieras de los negocios.

    Nunca antes en la historia estuvimos tan polarizados y tan seguros de nuestra realidad. Nunca hubo tantas facciones políticas, sexuales, deportivas, culinarias y filosóficas chocando, temblando de rabia por la mera existencia de la realidad del otro, tan equivocado. Por supuesto que las redes sociales no son la simiente de todo el mal, son sólo una herramienta bien calibrada que puede exacerbar la polarización y el extremismo.

    Quienes diseñaron estas redes quizás no tenían otro propósito que la comunicación y la concordia, y para eso sirven también, porque en ellas hay una utilidad que puede potenciar el desarrollo de la sociedad. Pero quienes las administran ahora mismo tienen un solo objetivo, ajeno a la política, la sexualidad, la culinaria: aumentar el tiempo que pasamos en ellas, porque cada segundo les genera dinero. Por eso, nos hacen sentir cómodos, que el mundo que vemos ahí sea lo más parecido a nosotros posible.

    Entonces es muy fácil hundirnos en esa realidad personalizada, como prisioneros en la Caverna de Platón, luchando a muerte por imponer nuestro criterio sobre qué cosa es esa sombra que se mueve en la pared, sin reparar en el hecho de que, curiosamente, esa sombra se mueve a la par de nosotros.


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