El Blog de Montaner

Bienvenido al Blog de Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner nació en La Habana, Cuba, en 1943. Reside en Madrid desde 1970. Ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor y periodista. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

22 November 2010 ~ 1 Comentario

El sueño y la pesadilla americanas

Casi todas las personas del planeta tienen dos identidades: la nacional y la ciudadana. La identidad nacional es subjetiva. De una manera natural, como se respira o se suda, uno se siente parte de cierta tribu. El habla, la gesticulación, las referencias culturales nos dotan de algunos rasgos comunes. Esa identidad comienza a forjarse en la niñez, pero se consolida en la adolescencia.

Hay un momento en el que la persona no duda: se siente francés, español o norteamericano. Cuando cree que la nación peligra –por ejemplo, el 11 de septiembre de 2001, tras el ataque a las Torres Gemelas–, la reacción es totalmente emotiva. Siente la agresión como algo personal aunque esté a mil kilómetros de distancia. En esos tensos instantes responde a los símbolos inscritos en su cerebro. Los himnos y las banderas lo sacuden emocionalmente y es capaz de matar o morir en defensa de la tribu. Siente que ama a su patria y sufre por ella.

La identidad ciudadana, en cambio, es totalmente artificial. El Estado determina a quién se la asigna y a quién se la niega. Es una cuestión estrictamente legal. Los extranjeros, si son residentes legales, pueden solicitarla a”  los cinco años de estar avecindados en el país. Pero también tienen derecho a ella algunos “extranjeros emocionales”.

Por ejemplo, el hijo de un ciudadano norteamericano criado y educado en México, probablemente tendrá la ciudadanía norteamericana si inscribieron su nacimiento en el consulado, aunque su verdadera identidad nacional, la emocional, sea mexicana. Tal vez no habla inglés, acaso ignora los rudimentos de la historia norteamericana y no se siente parte de esa tribu, pero la ley le asigna esta ciudadanía. Cuando los terroristas de Al Qaeda atacaron las Torres Gemelas casi seguramente le pareció un acto bárbaro y censurable, pero no lo percibió como un fenómeno personal. Su vínculo con Estados Unidos era puramente racional.

Esta observación viene a cuento del debate norteamericano sobre los jóvenes inmigrantes ilegales llegados en la niñez a Estados Unidos, país en el que crecieron, estudiaron y al que tienen como suyo. Parece que la mayoría del Congreso se inclina por negarles la residencia. Estos legisladores no sienten la menor solidaridad con estos connacionales. Sólo les conceden derechos a los conciudadanos. A estos connacionales prefieren dejarlos como indocumentados, expuestos a la deportación y sin posibilidades de trabajar, crear riquezas y pagar impuestos.

Técnicamente, son extranjeros y eso les basta para negarles el derecho a vivir en el único país al que psicológica y emocionalmente se sienten vinculados. Aman a Estados Unidos, hablan en inglés (a veces sólo hablan inglés) y no tienen otras referencias culturales que las estadounidenses, pero eso no les importa. Se comportan como americanos y parecen norteamericanos, pero es un espejismo: para la mayoría de los legisladores norteamericanos no lo son legalmente y carecen de derechos.

A la propuesta de ley con la que algunos legisladores razonables desean ponerle fin a este cruel disparate le llaman “dream act” por aquello del sueño americano. Son las siglas de Development, Relief and Education for Alien Minors Act (Acta de fomento para el progreso, alivio y educación para menores extranjeros). El razonamiento de quienes quieren expulsarlos es legalista. Como sus padres los trajeron ilegalmente, no se les debe perdonar ese pecado original, aunque algunos eran niños pequeños totalmente inocentes de cualquier delito.

Quienes están dispuestos a otorgarles la residencia, en cambio, enarbolan el sentido común: están aquí, son más de seiscientos mil, son estudiantes, y forman parte de nuestra tribu. Tienen muy buenas oportunidades de convertirse en adultos productivos: ¿qué sentido tiene perjudicarlos y, de paso, crearle al conjunto de la sociedad unos enormes problemas que no tendría si a estos muchachos se les permitiera agregar la identidad ciudadana, de la que carecen, a la identidad nacional, que ya tienen y que nadie les podrá arrebatar nunca porque la tienen grabada en el corazón?

Dentro de unos días la ley será discutida y votada. El panorama no parece muy propicio. Ojalá que el sentido común y la compasión los ilumine. Uno de esos jóvenes me lo dijo muy gráficamente: “mi sueño americano se ha transformado en una pesadilla”. Eso es injusto. [“©FIRMAS PRESS]

22 November 2010 ~ 0 Comentarios

Carlos A Montaner (part. II)- “La influencia castrista en América: 50 años de historia”

22 November 2010 ~ 1 Comentario

Carlos A Montaner (part. I)- “La influencia castrista en América: 50 años de historia”

16 November 2010 ~ 4 Comentarios

Raúl Castro y el génio de la lámpara

En La Habana cuentan que Raúl Castro se encontró una vieja lámpara perdida en la azotea del Comité Central, la frotó y se le apareció el clásico genio. “Pídeme dos deseos”, le dijo la criatura. “¿No eran tres?” –preguntó Raúl extrañado. “La situación es muy mala –contestó el genio—y hemos reducido la cuota”. “Muy bien –dijo Raúl–, convierte el Hotel Nacional en un edificio de oro. Lo vendo y salimos de todas las deudas”. “No seas idiota, Raúl –le respondió el genio, que tenía muy mal carácter–. Eso es imposible. Yo soy un genio, no un mago”. Y agregó: “¿Cuándo has visto tú que un edificio se transforme en oro? Pídeme el segundo y último deseo”. Raúl suspiró, pensó un rato, y le dijo: “logra que el comunismo cubano sea eficiente y productivo para poder salir de la crisis”. El genio se le quedó mirando y contestó, resignado: “Bueno, ¿dónde está el edificio ése que quieres que te convierta en oro?”.

Raúl Castro está empeñado en que el comunismo cubano sea eficiente y productivo. No comparte el pesimismo del genio del cuento. Sus reformas no están encaminadas a crear libertades políticas y económicas, como esperaban los más ilusos, sino a salvar y relanzar el modelo socialista de economía planificada, dirigido por los sabios y bienintencionados burócratas del Partido, donde predomine la propiedad estatal de los medios de producción, ahora acompañado de cooperativas y de un tenue tejido microempresarial privado, también sujeto a los objetivos generales del Estado y bajo la estricta vigilancia del gobierno para que la acumulación de riquezas no sea excesiva. O sea, el mismo monstruo, pero imperceptiblemente mutado.
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16 November 2010 ~ 1 Comentario

Once again, Jefferson vs. Hamilton

(FIRMAS PRESS) The colorful note in these recent elections was provided by the organizers of the Tea Party, enthusiastic conservatives who call themselves the heirs and defenders of the Founding Fathers’ political tradition. Are they? Yes, but only to a certain point.

The Founding Fathers did not have a single vision of the functions of the state. Beginning in the last two decades of the 18th Century, Federalists and Anti-Federalists confronted each other vigorously in all forums in a debate that is still occurring, which then featured two of the most brilliant minds of the era: Alexander Hamilton and Thomas Jefferson. There is, then, a Tea Party that we associate with the Republicans, but there very well may be another one, of a Democratic nature.
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10 November 2010 ~ 0 Comentarios

Carlos A. Montaner – Seminario Internacional – 5to Aniversario MC

08 November 2010 ~ 1 Comentario

CUBA: El regreso de los partidos

Los partidos políticos, poco a poco, dentro y fuera de Cuba, aunque estén prohibidos y perseguidos en la Isla, van resurgiendo. Eso es magnífico: la democracia representativa necesita cauces de expresión y hasta ahora no se ha encontrado una fórmula mejor para darle vida a este sistema que la existencia de partidos políticos vigorosos, provistos de un diagnóstico de los males sociales, una receta para aliviarlos y un método para canalizar las naturales ambiciones de liderazgo.

Curiosamente, a fines del siglo XVIII, cuando surge en Estados Unidos la primera república moderna, las reflexiones de los “padres fundadores” se encaminan a perfeccionar la arquitectura institucional del nuevo Estado que se disponían a forjar, pero no hay previsiones sobre cuáles van a ser los vehículos para acceder al poder. Nadie habla de los partidos.

Sin embargo, paulatinamente, casi sin proponérselo, los líderes comienzan a formar partidos en lo que recuerda, en el terreno político, el “orden espontáneo” que luego Hayek consignara para describir el crecimiento del capitalismo. Surge un orden espontáneo de carácter político, no planificado, cambiante y proteico, que va modificándose con el paso del tiempo de acuerdo con los puntos de vista que imperan en la sociedad.

Ese orden político espontáneo hoy existe en Cuba. Es notable como dentro de la Isla las personas más inquietas, fatigadas de la mediocridad, los atropellos y los fracasos del Partido Comunista, comienzan a integrar grupos y formaciones nucleados en torno a cuatro de las tendencias más nutridas del mundo político democrático: liberales, democristianos, conservadores y socialdemócratas.
Es decir, el mismo tejido político que le da sentido y forma a la Unión Europea, como comprobamos cuando examinamos el Parlamento de esa institución: el noventa por ciento de sus representantes forman parte de algún partido político incardinado en una de esas cuatro orientaciones.

No obstante, acaso lo conveniente en esta fase de la historia cubana, en la última etapa de la dictadura comunista, sea forjar una suerte de gran frente democrático en el que comparezcan esa cuatro tendencias. ¿Es eso posible? ¿Qué tienen en común estas cuatro familias políticas? ¿Qué separa a estos partidos democráticos del Partido Comunista? A responder esas preguntas se encaminan los párrafos que siguen.

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04 November 2010 ~ 1 Comentario

Otra vez Jefferson contra Hamilton

La nota pintoresca de estas últimas elecciones norteamericanas la dieron los organizadores de los “tea party”, unos entusiastas conservadores que se dicen herederos y defensores de la tradición política de los “padres fundadores”. ¿Lo son? Sí, pero sólo hasta cierto punto. Los padres fundadores no tenían una visión única de las funciones del Estado. A partir de las últimas dos décadas del siglo XVIII, federalistas y antifederalistas se enfrentaron vigorosamente en todas las tribunas en un debate que llega hasta nuestros días y que entonces contó con dos de las cabezas más brillantes de la época: Alexander Hamilton y Thomas Jefferson. Existe, pues, un tea party que hoy asociamos a los republicanos, pero muy bien pudiera haber otro de carácter demócrata.

Hamilton, aunque de origen humilde –era un huérfano procedente del Caribe inglés–, desarrolló una cosmovisión urbana y sofisticada, y fue designado como Secretario del Tesoro por George Washington, de quien fue ayudante durante la Guerra de Independencia, y quien lo tenía como el intelectual más destacado de su gabinete. Hamilton defendía la necesidad de un gobierno central fuerte que estimulara el comercio y la industria. Puso en marcha un banco central federal para esparcir el crédito, dado que la Constitución no lo prohibía, y propuso tarifas proteccionistas para desarrollar el aparato productivo nacional encareciendo las importaciones extranjeras. Desde nuestra perspectiva contemporánea, Hamilton era un brillante intervencionista que podía ser declarado santo patrón del actual Partido Demócrata.

Jefferson, en cambio, desconfiaba de un gobierno central fuerte, mientras postulaba la idea de una república virtuosa, sometida al control de la sociedad y sostenida por pequeños agricultores. Pensaba que era mejor distribuir el poder entre los Estados y las entidades locales para proteger los derechos individuales del riesgo de la tiranía, su mayor terror. Al margen de su explícito rechazo al endeudamiento que tendrían que pagar las generaciones futuras por medio de impuestos, su argumento contra el gran banco federal desmontaba y revertía el razonamiento de Hamilton: como la Constitución de 1787 no autorizaba expresamente la creación de esa entidad crediticia, el gobierno no debía fundarla. Para Jefferson, los límites de la legalidad eran muy claros: el gobierno sólo podía hacer lo que la ley ordenaba; la sociedad, en cambio, podía hacer todo lo que la ley no prohibía. Eran dos ámbitos de acción e iniciativas muy diferentes. Jefferson, con toda justicia, podía ser el ángel guardián de los republicanos de nuestros días.

De manera imprevista, la querella entre estos dos formidables estadistas se acalló momentáneamente por un violento suceso: Aaron Burr, vicepresidente de Jefferson, mató a Hamilton en un duelo a pistola, tarea que no era nada fácil, dado que el famoso economista se había batido anteriormente en veintiuna oportunidades. Los dos padres de la patria, ambos héroes de la Guerra de Independencia, habían alimentado una creciente hostilidad y mutuas maledicencias que desembocaron en un sangriento enfrentamiento, como entonces se estilaba entre caballeros agraviados. Luego Burr terminó perseguido por Jefferson, pero no por haberle quitado la vida a Hamilton, sino por una oscura conspiración que tenía ribetes separatistas, supuestamente asentada en la inmensa Louisiana que Napoleón le había vendido por una bicoca al gobierno de Jefferson como parte de su estrategia antibritánica.

Es interesantísimo cómo los elementos esenciales de aquella polémica entre Hamilton y Jefferson conservan gran parte de su vigor original. Los republicanos, al menos teóricamente, aunque luego lo desmienten cuando ocupan la Casa Blanca, abogan por gobiernos pequeños, menos impuestos, presupuestos equilibrados, gasto limitado y cierto aislacionismo en política exterior. Los demócratas, en cambio, suelen decantarse por una enérgica acción pública, mayor presión fiscal encaminada a una redistribución más equitativa de la riqueza y, a veces, por cierta vocación intervencionista en política exterior que emana de la optimista convicción de que el gobierno federal es capaz de moldear la realidad a su antojo.

Esta vez ganó Jefferson. ¿Por cuánto tiempo? ¿Dos, cuatro, ocho años? Hamilton, en algún momento, recobrará el favor popular, pero sólo para perderlo después de cierto tiempo. Hace más de dos siglos estos dos gigantes le dieron sentido y forma a la República creando, de paso, el mecanismo dialéctico que animaría permanentemente el debate sobre los objetivos nacionales y el modo de alcanzarlos. Todavía está vivo. Hay algo muy hermoso en esa extraordinaria vitalidad. [“©FIRMAS PRESS]

26 October 2010 ~ 18 Comentarios

Carlos Alberto Montaner: no tengo la edad, la salud ni el deseo de convertirme en presidente de Cuba

Fotografía cortesía de: www.diariodecuba.com

El periodista y escritor Carlos Alberto Montaner, presidente de la Unión Liberal Cubana, responde a las preguntas de los lectores de DIARIO DE CUBA.

Rodolfo González González: ¿Cuáles deberían ser las primeras acciones de los gobiernos de América para tener lo antes posible una sola moneda y un mercado abierto?

La idea de un mercado común es buena. Lo que es más problemático es contar con una moneda única. Tal vez ni siquiera sea conveniente. Los países de baja productividad, como los nuestros, pueden encajar las crisis mediante las devaluaciones. Es una medida dolorosa, porque significa un empobrecimiento colectivo, pero es menos grave que el colapso total. Una moneda única para tantas economías disímiles traería algunos beneficios, como cierto control del gasto público, pero crearía más problemas de los que soluciona. Además, ¿dónde estaría el banco de emisión y quién lo controlaría? Me aterraría que una institución como ésa quedara en manos de economistas estructuralistas argentinos, de marxistas bolivianos o de otros funcionarios irresponsables convencidos de las virtudes de la inflación. Sería la total locura.

Presidente del CDR No. 22 de Playa: Walesa argumenta que con nosotros es un lío organizarse dada la cantidad de partidos y voces, muchas veces opuestos, como disidencia. ¿Qué estrategia, camino o señal aconsejaría usted para junto a la oposición interna, hacer un frente unido por la democracia en la Isla?

Sí, tenemos visiones diversas y estrategias distintas. Es natural en un universo formado por cientos de miles de personas que forman parte de distintas generaciones y poseen experiencias vitales totalmente diferentes. Un cubano-venezolano, un disidente nacido y criado en Cuba y un balsero cubano-miamense que llegó por el Mariel, por sólo mencionar tres variantes de opositores entre una posible veintena, necesariamente tienen que tener percepciones muy distintas sobre Cuba. Además, esa división de criterios probablemente es inevitable en cualquier colectividad que no tiene cómo jerarquizar sus opciones o evaluar a sus líderes. No obstante, paradójicamente, eso tiene una ventaja: las iniciativas de lucha contra la dictadura se multiplican espontáneamente. Antes existía Encuentro en la Red. Ahora existe, además, DIARIO DE CUBA y otras docenas de opciones. En Suecia, Alexis Gaínza hace la guerra por su cuenta y en Francia tenemos a Zoé Valdés o a Eduardo Manet. Podría dar mil ejemplos. La falta de unidad multiplica los frentes. Sin embargo, cuando llegue la hora de la acción política estoy seguro de que podremos forjar una suerte de frente común democrático.

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26 October 2010 ~ 16 Comentarios

Look toward the future, not the past

THE MIAMI HERALD
Posted on Tue, Oct. 26, 2010

BY CARLOS ALBERTO MONTANER
www.firmaspress.com

Andres Oppenheimer has done it again. Some years ago, he published Saving the Americas, and the book became a best-seller almost instantly throughout the region. His description of China’s booming economy — which in 1985 was the size of Brazil’s and now is the world’s second-largest, surpassed only by the United States — was (or should have been) a kind of wake-up call for Latin America’s conscience.

Now Oppenheimer has returned with an even more important work: Basta de Historias! (Enough of History!): Latin American Obsession With the Past and the 12 Keys to the Future. It was released by Debate Publishers in Mexico and most probably will become an essential component of the oldest and most vivid of all our conundrums: why Latin America is poor and underdeveloped. Ever since Uruguayan writer José Enrique Rodó published Ariel in 1900, we have been exploring the topic without finding a universally satisfactory answer.

The discussion has been joined by absolutely all the relevant Latin American figures, from Octavio Paz to Hugo Chávez, from Carlos Rangel to Juan Domingo Perón. Some armed themselves with words, others with guns, but all were convinced that they knew the deep-rooted reasons why the inhabitants of Switzerland, a multiethnic country without access to the sea and thinly populated, like Bolivia, have a per-capita income 15 times greater than the people in that Latin American country.

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