El Blog de Montaner - Page 204 of 211 - El Blog de Carlos Alberto Montaner

Bienvenido al Blog de Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner nació en La Habana, Cuba, en 1943. Reside en Madrid desde 1970. Ha sido profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor y periodista. Varias decenas de diarios de América Latina, España y Estados Unidos recogen desde hace más de treinta años su columna semanal.

16 April 2011 ~ 0 Comentarios

Carlos Alberto Montaner sobre el Congreso del PCC

08 April 2011 ~ 2 Comentarios

TERREMOTO EN LOS ANDES

Ecuador. El presidente ecuatoriano Rafael Correa persiste tercamente en crearle problemas a su gobierno y, de carambola, a todos sus compatriotas. La acusación por injurias al respetado articulista Emilio Palacio por una columna publicada en” El Universo es otra prueba de que el impulsivo gobernante no entiende cómo opera una república democrática. No comprende que una de” ” las labores clave de los periodistas es juzgar la labor de los funcionarios del sector público y no al revés.

Todavía no se había calmado el escándalo generado por la injusta acusación a Palacio, cuando Correa provocó otra crisis: expulsó a la embajadora de Estados Unidos, Heather Hodges, por el contenido de un cable confidencial enviado al Departamento de Estado que ponía en entredicho la honorabilidad del jefe de la policía. Washington, en represalia, declaró persona no grata al embajador ecuatoriano y se tensaron inútilmente las relaciones entre los dos países.

Ninguna persona sensata se explica por qué Correa, si se sentía injustamente tratado, no manejó discretamente su molestia ante este WikiLeak, como antes había hecho el presidente Felipe Calderón en México en una situación parecida, conflicto que se saldó con la renuncia voluntaria del embajador norteamericano Carlos Pascual. Al fin y al cabo, Ecuador utiliza la moneda de Estados Unidos, su principal socio comercial, y a ese país acude la” intelligentsia profesional para perfeccionarse intelectualmente, como hizo el propio presidente ecuatoriano cuando era estudiante de economía. Las seres cuerdos no se dan patadas en el estómago o en el cerebro.


Perú. Las elecciones peruanas han puesto sobre el tapete una escalofriante realidad: una parte sustancial de ese país no tiene convicciones democráticas o no entiende cómo se crea la riqueza y se combate la miseria. Por una punta del espectro político, la de Ollanta Humala, están los colectivistas, admiradores del chavismo y de la dictadura dinástica cubana, y por la otra, los seguidores del ingeniero Alberto Fujimori, representado en esta contienda por su hija Keiko. Entre ambas fuerzas –discrepantes en el terreno económico, pero coincidentes en el desprecio a las formas democráticas que exige el funcionamiento de una verdadera república– suman casi el cincuenta por ciento del censo electoral.

El dato es muy grave. Demuestra que la estabilidad del país y su espléndido crecimiento económico de la última década, tanto bajo Alejandro Toledo como bajo Alan García, no ha servido para convencer a la inmensa mayoría de los peruanos de que el modelo de la democracia liberal, que es el de los treinta países más felices del planeta, es el que debe mantenerse firme y permanentemente si el país quiere encaminarse hacia el modo de convivencia que se observa en el primer mundo, como ha hecho el vecino Chile. La sociedad peruana no habrá llegado a ese nivel de maduro realismo hasta que los enemigos del mercado, de la libertad y de un genuino estado de derecho ocupen menos del 10% del electorado.


Venezuela. Hugo Chávez ha anunciado la creación de una milicia de un millón de soldados. En realidad, se trata de un ejército partidista de ocupación. Es una enorme banda política armada hasta los dientes y con licencia para hacer daño. Ese millón de ciudadanos será reclutado entre los partidarios del chavismo. Será una tropa roja, rojita, al servicio de Hugo Chávez. De esa colorida manera, esta indumentaria la acercará a sus precedentes históricos más próximos y evidentes: los” camisas negras de Mussolini y los” camisas pardas de Hitler. La función de estos cuerpos paramilitares, generalmente envueltos en una coreografía castrense intimidante, es asustar a la sociedad para obligarla a obedecer los caprichos del caudillo. Si hay algo mil veces comprobado, es que el miedo moldea y unifica el comportamiento de las personas aunque las destroce psicológicamente.” ” A fuerza de golpes y atropellos, la sociedad acaba por bajar la cabeza, se coloca de rodillas y aplaude.

Esta es una mala noticia para los países vecinos de Venezuela. Colombia tiene nuevas razones para preocuparse intensamente. También Guyana, cuyo Esequibo –160,000 kilómetros cuadrados– es intermitentemente reclamado desde hace un siglo por Caracas. Las formaciones paramilitares suelen generar una especie de mentalidad de conquista en el caudillo y en la cúpula dominante. Se sienten invencibles, como les sucedió a Mussolini y a Hitler, y atacan o invaden. Antes de la Segunda Guerra, los italianos se lanzaron primero sobre Etiopía; los alemanes, sobre Austria y Checoslovaquia. Como música de fondo de esas aventuras se podía oír el paso de ganso de las milicias. Como ahora sucede en Venezuela.

04 April 2011 ~ 3 Comentarios

Carter y Raúl Castro

Jimmy Carter fue a visitar a Raúl Castro. La iniciativa fue de Raúl. Quería dejarle saber al presidente Obama que todo era negociable, incluida la puesta en libertad de Alan Gross, un norteamericano condenado a quince años de cárcel en la Isla por obsequiar computadoras y equipos de comunicación para que los desinformados cubanos pudieran acceder a internet. De momento, no liberó a Gross, pero todo se andará. Es cuestión de tiempo.

No está nada claro por qué Raúl Castro no recurre a los diplomáticos norteamericanos acreditados en Cuba para mandar sus mensajes, pero es probable que no confíe en Hillary Clinton y en el Departamento de Estado. Acostumbrado, como está, a que las decisiones importantes las toma él, como las tomaba su hermano, no entiende el funcionamiento institucional de Estados Unidos y tampoco percibe que los asuntos cubanos apenas tienen importancia para el inquilino de la Casa Blanca.

¿Qué quiere Raúl Castro a cambio de su rehén? Tiene, fundamentalmente, dos objetivos: que la Casa Blanca elimine las restricciones de viaje a los norteamericanos para que rápidamente se duplique o triplique la actual cifra anual de turistas que visitan la Isla –unos dos millones—, y que Washington interrumpa de manera permanente la ayuda económica y la distribución de equipos electrónicos a la oposición cubana. En todo caso, esa ayuda hoy está detenida por obstáculos legales interpuestos por el senador demócrata John Kerry, presidente del Comité de Relaciones Internacionales.

¿Tiene Raúl algo más que brindar, además de la libertad de Gross? Tiene poco y es escasamente elegante: se trata, fundamentalmente, de un cambio en la estrategia represiva. En síntesis, maltrata con menor crueldad a sus compatriotas. Escalonadamente, ha puesto en la calle a los 75 demócratas presos en la llamada “primavera negra” del 2003, deportando a España a la mayor parte, y es posible que continúe liberando gradualmente al centenar de presos políticos que todavía quedan en las cárceles.

Ya no condena a los disidentes a largas penas. Se limita a infiltrarlos para saber sus movimientos, los golpea, los intimida y los detiene por periodos breves. Cuando se reúnen o salen a las calles, lanza contra ellos turbas dirigidas por la policía política en lo que allí llaman “actos de repudio”. Raúl ha comprobado que para mantener a la sociedad asustada y en un puño, evitando que el poder se le escape de las manos, bastan esas medidas coercitivas. No es necesario encerrar a los adversarios. Basta con aterrorizarlos. Fidel era exageradamente punitivo.

Pero eso no es todo. También es posible que Raúl abra un poco más la mano económica en el VI Congreso del Partido Comunista que se celebrará en abril. Sabe que la inmensa mayoría de los cubanos desean poder comprar y vender sus viviendas y no hay razón para continuar con las absurdas reglas que lo impiden.

Tampoco ignora que el deseo de los cubanos de poder salir de Cuba o entrar libremente en ella trasciende la cuestión ideológica: comunistas, anticomunistas e indiferentes están de acuerdo en que el gobierno no tiene derecho a prohibir el libre movimiento de las personas. Eliminar ese permiso de salida y de entrada sería extraordinariamente bien recibido por toda la población y él sería aclamado sin necesidad de efectuar ningún cambio trascendental. Sotto voce, los cubanos suelen señalar que Raúl Castro no tiene moral para quejarse de que el presidente norteamericano no deja viajar a los norteamericanos a la vecina Isla, cuando él mantiene secuestrado a su propio pueblo.

¿Habrá un cambio sustancial en la política de Estados Unidos hacia Cuba tras la visita de Carter? No lo creo. La percepción general en Washington, a juzgar por los WikiLeaks, es que el régimen cubano está en una fase final de desmoralización y desgaste y no tiene sentido hacer nada que detenga o revierta esa tendencia. La corrupción es rampante, los hijos de muchos dirigentes se marchan discretamente del país, y el estado anímico que prevalece en los cuadros medios es de fin de régimen. Raúl no ignora nada de esto, pero no tiene modo de impedirlo mientras insista en mantener un régimen colectivista de partido único y obediencia total. Hasta la derrota siempre, General.

04 April 2011 ~ 0 Comentarios

Cuba: Twilight of the regime

Jimmy Carter went to visit Raúl Castro. The initiative was Raúl’s. He wanted to let President Obama know that everything is negotiable, including the release of Alan Gross, an American sentenced on the island to 15 years’ imprisonment for handing out computers and communications equipment so that uninformed Cubans might have access to the Internet. For the moment, he has not freed Gross, but that will happen. It’s a matter of time.

It is not at all clear why Raúl Castro does not turn to the American diplomats who are accredited in Cuba to send his messages, but he probably doesn’t trust Secretary of State Hillary Clinton and the State Department. Accustomed as he is to making the important decisions as his brother did, he doesn’t understand the institutional functioning of the United States, nor does he realize that Cuban affairs are barely important to the White House tenant.

What does Raúl Castro want in exchange for his hostage? Basically, his objectives are two: that the White House eliminate travel restrictions on Americans so the annual number of tourists who visit the island — about two million — doubles or triples swiftly; and that Washington permanently interrupt the economic aid and distribution of electronic equipment to the Cuban opposition. In any case, that aid remains detained today by legal obstacles raised by Democratic Sen. John Kerry, chairman of the Foreign Relations Committee.

Does Raúl have anything else to offer, other than Gross’ freedom? He has little, and it’s hardly elegant: basically, it’s a change in the repressive strategy. In short, he mistreats his compatriots with less cruelty. By stages, he has freed the 75 democrats imprisoned during the so-called “black spring” of 2003, deporting most of them to Spain, and it is possible that he will continue to gradually liberate the hundred or so political prisoners who remain in prison.

He no longer sentences the dissidents to long terms. He infiltrates their ranks to learn their movements, beats them, intimidates them and detains them for brief periods. When they gather or go out on the street, he launches against them mobs directed by the political police, in what are called “acts of repudiation.” Raúl has learned that to keep society scared and in his grasp, to prevent power from slipping through his hands, those coercive measures are enough. It is not necessary to jail his adversaries. Terrifying them is enough. Fidel was exaggeratedly punitive.

But that’s not all. It is also possible that Raúl will open his economic hand a little more at the Sixth Congress of the Communist Party that will be held in April. He knows that the huge majority of Cubans wish to be able to buy and sell their homes and that there’s no reason to keep the absurd rules that prevent that.

Nor is he unaware that the wish of Cubans to freely leave or enter Cuba transcends the ideological issue: communists, anticommunists and those who are indifferent agree that the government has no right to prohibit the free movement of people. To eliminate that exit and entry permit would be extraordinarily welcome by the entire population, and he would be acclaimed without the need to make any transcendental change.” Sotto voce, Cubans usually point out that Raúl Castro has no moral standing to complain that the U.S. president doesn’t allow Americans to travel to the neighboring island when he himself keeps his own people hostage.

Will there be a substantial change in U.S. policy toward Cuba after Carter’s visit? I don’t believe so. The general perception in Washington, judging from the WikiLeaks, is that the Cuban regime is in a final phase of demoralization and erosion, and it makes no sense to do anything that halts or reverses that trend. Corruption is rampant, the children of many leaders are leaving the country discreetly and the state of mind that prevails among the mid-level cadres is that of an end-of-regime. Raúl is not unaware of this but has no way to prevent it, as long as he insists in maintaining a one-party collectivist regime that demands total obedience.

On to defeat always, general.

“© FIRMAS PRESS

THE MIAMI HERALD

Posted on Sun, Apr. 03, 2011

28 March 2011 ~ 0 Comentarios

Fifty million

The U.S. census has produced the figure of 50 million “Hispanics.” Two thirds of that human mass are of Mexican origin. Apparently, the definition of Hispanic comes from the language they speak or their ancestors spoke, or from the family patronymic.

A gentleman surnamed Pérez, a fourth-generation American who speaks not a word of Spanish, is a Hispanic. On the other hand, my friend Patterson, a brilliant professor of philosophy, a black Cuban who lives in Miami and speaks English with a very strong accent (“patriotically poorly,” as Unamuno wanted us to speak foreign languages) is not exactly a Hispanic in accordance with the census. But he’s also not an African-American. I don’t know which box on the census questionnaire Patterson checked.

The U.S. census is a conceptual absurdity. For instance, actress Jennifer López, of Puerto Rican origin, is Hispanic. However, actress Cameron Díaz, a descendant of Cubans, is not. Why? Impossible to know.

There’s also something of a “strategic identity” that is voluntarily assumed. Because the authorities in Washington have engaged in this absurd task of classifying society in various manners (by the color of the skin, by the surnames, by the geography, by the ethnicity), those who are classified learn to use their purported identity whenever it suits them.

For example, the five talented children of a couple I know – a male and four females – white, intelligent, from the higher middle class, born in the United States, fortunately blessed with a Hispanic surname, used this flimsy factor to gain access to good universities, preferential loans and the bureaucratic protection that benefits minorities.

The four women – married to U.S. Americans of Irish origin – acquired their husbands’ surnames. They and their descendants have now disappeared from the Hispanic census.

There is a basic contradiction between the legal concept of the American nation and the census the country conducts every 10 years. Supposedly, the United States is a legally egalitarian republic that does not take into account the sex, race, origin, religion or culture of those who live voluntarily subjected to its Constitution.

The State conceived by the founding fathers was based on that premise. With time, some scholars began to talk about the “constitutional patriotism” as the great cohesive factor of society. To be an American was simply to place oneself under the rule of law.

The Census, however, from the perspective of the mainstream – those 200 million white, non-Hispanic Americans – capriciously (and perhaps unconstitutionally) classifies the remaining 110 million – African-Americans, Hispanics of all races, Asians and other residual creatures of difficult taxonomy – without pausing to observe that its own definition changes with time.

What is the “white-non-Hispanic” category that occupies two thirds of the census? Several decades ago, the Italians, Irish and Jews suffered great discrimination and were not considered exactly as” white by the dominant stream, founded on the prejudiced outlook of a culture that was originally English-German-Dutch.

With time, however, the ranks of the whites opened and absorbed other people who were eager to blend into the melting pot of the central stream of U.S. society.

The President of the United States himself is an enigma to the Census. Why is he an African-American if his mother was white and he lived most of his life in a very exclusive and predominantly white milieu? Why not a European-American? For the purpose of collectivity and his work as chief of State, what real meaning does President Obama’s genetic composition have?

There’s no question that it is important to survey societies, to learn their material living conditions, identify their lacks and needs and make note of their changes, but it is foolish to introduce in the poll subjective factors impossible to ponder, forever anchored in prejudice.

Contrary to what one might think, these classifications, far from accelerating the integration of immigrants into a healthily homogeneous society, only prolong the differences.

I’ve told this many times, because it seems to me to be a precious example. In” Derso Uzala, the film by Akira Kurosawa, when Dersu, a Chinese nomadic hunter, is asked of what country he is a citizen, he stares in puzzlement and answers: “I am a human being.”” That’s the only important fact. [“©FIRMAS PRESS]

*www.firmaspress.com

28 March 2011 ~ 0 Comentarios

CINCUENTA MILLONES

El censo norteamericano arroja la cifra de cincuenta millones de “hispanos”. Las dos terceras partes de esa masa humana son de origen mexicano. Aparentemente, la definición de hispano viene dada por el idioma que hablan o que hablaban sus antepasados, o por el patronímico familiar.

Un señor de apellido Pérez, norteamericano de cuarta generación, que no habla una palabra de español, es un hispano. En cambio, mi amigo Patterson, brillante profesor de Filosofía, un cubano negro radicado en Miami, que habla inglés con un acento muy fuerte, “patrióticamente malo”, como quería Unamuno que se hablaran los idiomas extranjeros, no es exactamente un hispano de acuerdo con el censo. Pero tampoco es un afroamericano. Ignoro en qué casilla Patterson hizo su cruz en la famosa planilla.

El censo americano es un disparate conceptual. La actriz Jeniffer López, de ascendencia puertorriqueña, por ejemplo, es hispana. La actriz Cameron Díaz, descendiente de cubanos, en cambio, no es hispana. ¿Por qué? Imposible saberlo.

Hay algo, también, de “identidad estratégica” voluntariamente asumida. Dado que las autoridades de Washington se han metido en este absurdo berenjenal de clasificar a la sociedad de diversas maneras (por el color de la piel, por los apellidos, por la geografía, por la etnia), los clasificados aprenden a utilizar esa supuesta identidad cuando les conviene.

Por ejemplo, los cinco talentosos hijos de un matrimonio amigo –un varón y cuatro mujeres–, blancos, inteligentes, de clase media alta, nacidos en Estados Unidos, afortunadamente dotados con un apellido hispano, utilizaron este factor insustancial para acceder a buenas universidades, a préstamos preferentes y a la protección burocrática que beneficia a las minorías.

¿Qué los hacía merecedores de esa “acción afirmativa”? En realidad, algo que era una ventaja comparativa con relación a los anglos: eran bilingües y biculturales. Es decir, obtenían ciertos privilegios por poseer una identidad más rica y compleja. Las cuatro mujeres, hoy casadas con norteamericanos, casualmente de origen irlandés, adquirieron los apellidos de los maridos y ya ellas y sus descendentes desaparecieron mágicamente del censo hispano.

Hay una contradicción esencial entre la concepción jurídica de la nación americana y el censo que el país realiza cada diez años. Se supone que Estados Unidos es una república legalmente igualitaria que no toma en cuenta el sexo, la raza, el origen, la religión o la cultura de quienes viven voluntariamente sometidos a su Constitución. El Estado concebido por los padres fundadores partía de esa premisa. Con el tiempo, algunos estudiosos comenzaron a hablar del “patriotismo constitucional” como gran cohesivo de la sociedad. Ser americano era, simplemente, colocarse bajo la autoridad de la ley.

El Censo, en cambio, desde la perspectiva del” mainstream –esos 200 millones de norteamericanos blancos-no hispanos— clasifica caprichosa y quizás inconstitucionalmente a los 110 millones restantes (afro-americanos, hispanos de todas las razas, asiáticos y otras criaturas residuales de difícil taxonomía), sin detenerse a observar que su propia definición va cambiando con el tiempo.

¿Qué categoría es ésa “blanco-no hispano” que ocupa las dos terceras partes del censo? Hace varias décadas los italianos, irlandeses y judíos sufrían grandes discriminaciones y no eran considerados exactamente como” blancos por la corriente dominante fundada en la prejuiciada mirada de una cultura que, en sus orígenes, fue anglo-germana-holandesa. Con el tiempo, sin embargo, las filas de los blancos fueron abriéndose e incorporando a otros pueblos deseosos de fundirse dentro del” melting pot de la corriente central de la sociedad norteamericana.

El propio presidente de Estados Unidos es un enigma para el dichoso Censo. ¿Por qué es un afroamericano si su madre era una señora blanca y él ha vivido la mayor parte del tiempo en un medio muy exclusivo y predominantemente blanco? ¿Por qué no es considerado un “euroamericano” si de allí vienen el 50% de sus genes y el 100% de su cultura? Pero, a los efectos de la colectividad y de su trabajo como jefe de Estado, ¿qué interés real tiene la composición genética del presidente Obama? ¿A quién le importa esa absurda clasificación?

No hay duda de que es importante censar a las sociedades, averiguar sus condiciones materiales de vida, identificar sus carencias y necesidades y tomar nota de los cambios, pero es un disparate introducir en la encuesta factores subjetivos de imposible ponderación, casi siempre anclados en el prejuicio. Contrario a lo que pudiera pensarse, estas clasificaciones, lejos de acelerar la integración de los inmigrantes en una sociedad saludablemente homogénea en el terreno cultural, lo que consiguen es prolongar las diferencias.

Lo he contado varias veces porque me parece un ejemplo precioso: en” Derso Uzala, la película de Akira Kurosawa, cuando el oficial ruso le preguntan a Dersu, un cazador nómada chino que deambula por la estepa, a qué país pertenece, éste se queda mirando, asombrado, y responde: “yo soy un ser humano”. Eso es lo único importante.

28 March 2011 ~ 0 Comentarios

Izquierda local “debe enterrar marxismo”.

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23 March 2011 ~ 2 Comentarios

Izquierda local “debe enterrar el marxismo”

El analista político y escritor cubano Carlos Alberto Montaner sostuvo ayer en una entrevista con El Diario de Hoy que la izquierda salvadoreña debe modernizarse y abandonar las ideas fracasadas como el marxismo leninismo para tomar el rumbo adoptado por otros partidos de izquierda que en su momento fueron radicales en Brasil y en Europa.

Además consideró que la visita del presidente de Estados Unidos Barack Obama a El Salvador servirá para fortalecer la democracia en el país y que éste tenga referentes de desarrollo como Chile y Brasil y no populismos “de capa caída” como el venezolano con Hugo Chávez o el cubano con los hermanos Castro.

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23 March 2011 ~ 2 Comentarios

EL SECRETO DE CHILE

Obama visitó a Chile. Es natural. Chile se ha puesto a la cabeza de América Latina. Es todo un ejemplo. Es probable que la próxima generación viva en un país del primer mundo, en el que los niveles sociales medios alcancen al setenta por ciento del censo. ¿Cómo lo logró? ¿Qué ocurrió en ese país? Hablemos de eso.

Hace un año Sebastián Piñera llegó a la presidencia de Chile saludado por un terremoto devastador cuyos daños fueron calculados en treinta mil millones de dólares. No obstante, el balance objetivo de esos 12 meses es razonablemente bueno. Veamos los números: crecimiento del PIB de un 5.2%, ligero aumento de la productividad, reducción de la inflación en un 25% (de 4 pasó a 3), disminución de la delincuencia y un clima social relativamente sosegado, pese a que cierta izquierda rabiosa intentó presentar al nuevo gobierno como el retorno del pinochetismo, lo que presagiaba una atmósfera conflictiva.

En todo caso, más importante que los logros de Piñera o que sus fallos –subió inesperadamente los impuestos, evitó la creación de una necesaria central eléctrica a carbón por presión de los ambientalistas— es la continuidad sin sobresaltos de su obra de gobierno. De la misma manera que en 1989, presididos por el democristiano Patricio Aylwin, una coalición de centroizquierda sustituyó a la dictadura de Pinochet tras una reñidas elecciones, pero no renunció a los aspectos positivos que dejaba el general, sino se dedicó a edificar una democracia moderna regida en lo económico por el mercado y la empresa privada, Piñera ha hecho exactamente lo mismo: asume el poder tras la socialista Michelle Bachelet y no destruye absolutamente nada. Sencillamente, continúa la marcha, propone ciertas medidas de gobierno que a él y a sus expertos les parecen más eficaces, rectifica o revoca otras, y todos permanecen sometidos a la autoridad de la ley y al amparo de las instituciones.

Por eso Chile es hoy la nación más exitosa de América Latina. La inmensa mayoría de la sociedad está de acuerdo en que el mejor modelo de convivencia es el que se encuentra dentro del paradigma político de la democracia liberal y en los fundamentos económicos del mercado y la supremacía de la sociedad civil. En consecuencia, la clase política se mueve pacífica y cívicamente dentro de ese espectro, que es, además, el de las veintisiete naciones de la Unión Europea, y de otra docena de países triunfadores del primer mundo: Estados Unidos, Canadá, Suiza, Israel, Japón, Australia, Corea del Sur y un breve etcétera.

Finalmente, quienes componen el abanico de la democracia liberal chilena –democristianos, socialdemócratas, liberales y conservadores, cualesquiera que sean sus denominaciones oficiales—, han entendido que no son enemigos irreconciliables, sino miembros de una misma familia política, capaces de hacer coaliciones, apenas diferenciados por matices que no cuestionan el sistema en el que viven, sino el estilo de la gerencia. Lo que se discute con pasión es el monto de la presión fiscal, las prioridades en los gastos públicos y las normas sociales: aborto, preferencias sexuales, posición frente al consumo de drogas y el resto de los habituales reñideros morales.

Ésa es la madurez. Así se comportan las naciones serias. Sin sobresaltos, sin delirios revolucionarios encaminados a refundar la nación de acuerdo con las fantasías del caudillo de turno.

Es verdad que en las sociedades triunfadoras los héroes no suelen ser los políticos, sino los empresarios destacados que generan riqueza, los científicos que han logrado grandes descubrimientos, los atletas que han conseguido romper marcas olímpicas o los intelectuales y artistas universalmente admirados. En estos países las sociedades no se sacrifican para glorificar a sus gobernantes, sino sucede a la inversa: los gobernantes se sacrifican para gloria de las sociedades a las que sirven. No llegan al poder para mandar, sino para obedecer y servir.

Eso es lo que Chile viene haciendo desde hace más de veinte años. No hay más secreto.

23 March 2011 ~ 0 Comentarios

The secret of Chile’s success

By CARLOS ALBERTO MONTANER
www.firmaspress.com

President Obama’s visit to Chile on his current tour of the region should be seen as a recognition of that country’s success. Chile has taken the lead in Latin America. It is likely that the next generation will live in a First World country where the average social levels may rise to 70 percent of the census. How did the country do it? Let’s talk about that.
One year ago, Sebastián Piñera became president of Chile, welcomed by a devastating earthquake whose damages were estimated at $30 billion. Still, an objective assessment of those 12 months is reasonably good.

Consider the numbers: a GDP growth of 5.2 percent, a slight increase in productivity, a reduction in inflation from 4 percent per year in the previous president’s last year to 3 percent under Piñera, a reduction in crime and a relatively peaceful social climate, although some rabid leftists tried to portray the new government as the return of Pinochetism, thus presaging a contentious atmosphere.

More important than Piñera’s achievements and decisions — he increased taxes unexpectedly and prevented the construction of a coal-fired power plant because of pressure from environmentalists — is the smooth continuity of his governance.

In 1989, a center-left coalition led by Christian Democrat Patricio Aylwin replaced the Pinochet dictatorship after a disputed election and did not renounce the positive aspects left by the general but devoted itself to building a modern democracy economically governed by the market and private enterprise. Piñera, a center-right leader, has done exactly the same.

He assumes power after the socialist Michelle Bachelet and destroys absolutely nothing. He simply marches on, proposes certain government measures that he and his experts find most effective and corrects or revokes others, while everyone remains under the rule of law, sheltered by the institutions.

That is why Chile is today the most successful nation in Latin America. The vast majority of society agrees that the best model of coexistence is found within the political paradigm of liberal democracy and in the economic bases of the market and the supremacy of civil society.

Consequently, the political class moves peacefully and civilly within that spectrum, which is shared by the 27 nations of the European Union and a dozen other successful First World countries: the United States, Canada, Switzerland, Israel, Japan, Australia, South Korea and a few more.

Finally, those who make up the range of Chile’s liberal democracy — Christian Democrats, Social Democrats, liberals and conservatives, whatever their official names — have understood that they are not irreconcilable enemies but members of the same political family, capable of forming coalitions, barely differentiated by nuances that do not challenge the system in which they live but the style of management.

What is discussed with passion is the amount of the tax burden, the priorities in public spending and the social norms: abortion, sexual orientation, positions on drug use and the rest of the usual moral jousting.

That is maturity. That is how serious nations behave: without surprises, without revolutionary delusions aimed at reshaping the nation according to the fantasies of the current caudillo.

It is true that in successful societies the heroes are not usually politicians but the prominent entrepreneurs who generate wealth, the scientists who have made great discoveries, the athletes who have set Olympic records or the intellectuals and artists who are universally admired.

In these countries, the societies do not sacrifice themselves to glorify their rulers. The reverse happens: The rulers sacrifice themselves for the glory of the societies they serve. They rise to power not to command but to obey and serve.

That’s what Chile has been doing for more than 20 years. That’s the whole secret.

“©Firmas Press

Posted on Mon, Mar. 21, 2011
THE MIAMI HERALD