08 August 2020 ~ 47 Comentarios

¿Se extingue la monarquía española?

 Por Carlos Alberto Montaner

Juan Carlos I, rey emérito de España, se ha marchado del país. No está claro a dónde, cuándo volverá, o si regresará. Parece que se fue de común acuerdo con su hijo Felipe VI, actual monarca tras la abdicación de Juan Carlos en junio de 2014. Ambos quieren salvar la monarquía, y el emérito está acusado de varios casos de corrupción. Felipe, en cambio, y la reina Letizia, mantienen un comportamiento ejemplar. Por eso se quedan. Hacen bien.

Cuando llegué a España, en el verano de 1970, hace 50 años, miraba con cierta perplejidad la institución monárquica. Me parecía una cosa que olía a viejo, a naftalina. Venía de una tradición republicana que no podía concebir la existencia de las dinastías. Sin embargo, al poco tiempo de vivir en el país advertí que si había alguna nación que requería la Corona era, precisamente, ésta.

¿Por qué? Probablemente para no matarse y por razones históricas profundas vinculadas a mantener al país unido. Durante la Primera República se desataron todos los “demonios familiares” (la frase es de Franco), y hasta el diminuto Cantón de Cartagena, en medio de la trifulca, pretendió anexarse a Estados Unidos. El desasosiego terminó, en ese periodo, cuando los borbones fueron restaurados.

La Segunda República acabó a tiros. Las fuerzas armadas se dividieron. Comunistas, anarquistas, falangistas, liberales y conservadores, católicos integristas, y todo género de exaltados, incluidos algunos vascos y ciertos catalanistas, se fueron a la greña. En tres años se mataron casi un millón de españoles. Después del triunfo, Franco continuó fusilando sin límites ni piedad durante casi una década. Fue la mano americana, guiada por la Guerra Fría, lo que transformó al franquismo, y ayudó a modernizarlo durante los dos periodos de Ike Eisenhower.

A fines de los cuarenta, Franco mandó buscar a Juan Carlos a Portugal. Pensaba, otra vez, que restaurar a los borbones era la manera menos mala de garantizar la unidad de España. El heredero legítimo era el tercer hijo de Alfonso XIII, el príncipe Juan, padre de Juan Carlos, pero a Franco no le gustaba. Era demasiado liberal y pro americano. Las negociaciones no fueron sencillas. Franco no era un monárquico fanático, sino alguien que había llegado a la conclusión de que hacía falta un símbolo firme para controlar las pasiones de los españoles.

Juan Carlos era un chiquillo de diez años que había nacido en 1938 en el exilio, en Roma. Juan Carlos, dada su edad, no era nada. Franco creía que lo moldearía a su antojo. Franco era un cuartelero, un hombre de orden. Juan Carlos,  pasó por las tres armas bajo la supervisión de varios consejeros que le repetían las virtudes de los principios del Movimiento, una amalgama totalitaria surgida como consecuencia de la Guerra Civil (1936-1939). Sólo que era imposible trasplantar la personalidad, las vivencias y las percepciones de una persona que se había formado en las guerras coloniales de los años veinte, como Franco, y luego había dirigido la insurrección contra los caóticos “rojos” con el Alzamiento de 1936.

Juan Carlos no lo decía, pero, tras la muerte de Franco, en noviembre de 1975, tan pronto heredó el poder asomó su verdadero rostro: era un joven de su época, como no podía ser de otra manera, que pretendía reinar como las casas reales europeas, subordinadas a un parlamento democrático en el que cabían todos, incluso los comunistas y los separatistas. Su mundo, su generación, era la de la Segunda Guerra mundial y la de la Guerra Fría.

Las reglas morales de la transición (1976-1996) eran mucho más laxas. Al comienzo, ni siquiera estaba tipificado como posible delito el “conflicto de intereses”. Los partidos políticos y sus líderes, surgidos como hongos, se financiaban por medio de empresas poderosas a cambio de “estudios” que luego nadie revisaba. Era un simple pretexto para el soborno. En esa atmósfera, no dudo que el rey Juan Carlos I haya aceptado “comisiones” de otras casas reales, como la saudita o la de los emiratos, por bienes y servicios vendidos a “sobreprecio”. Era incorrecto, y seguramente delictivo, pero, al mismo tiempo, para una persona de su época significaba una falta menor “que todo el mundo cometía”.

No era “todo el mundo”, pero casi. Por ejemplo, a Felipe VI no se ocurriría aceptar comisiones. ¿Basta su probidad para  sostener la monarquía? A juzgar por las encuestas actuales, la monarquía no resistiría un referéndum. Grosso modo el 55% hoy no la quiere. Tampoco se sabe, porque no se lo han preguntado, si la incomodidad de la sociedad es por los delitos y las infidelidades de Juan Carlos, o si se trata de una cuestión generacional. Supongo más bien lo segundo. No creo que los españoles se hayan transformado en honorables y castos en estos años, sino los juicios morales y políticos también están sujetos al paso del tiempo. En todo caso, aunque es muy pequeño el costo directo de los reyes (unos 18 céntimos por cabeza y año), sospecho que los españoles no encuentran una utilidad clara en la monarquía.

En el medievo los reyes se justificaban “diciendo derecho”. La “jurisdicción” era eso: decir derecho sobre una comarca. Juzgaban, absolvían o condenaban a los acusados. Hoy esa tarea la lleva a cabo el poder judicial. ¿Qué pueden hacer los monarcas en nuestros días en beneficio de la sociedad? Acaso volcar el peso de la institución que los ampara tras el rol del ombudsman o convertirlos directamente en ombudsman. Servir para impedir los atropellos del Estado. Alguien a quien pedir auxilio cuando una instancia pública nos hace daño. Durante la hegemonía romana ese era, de algún modo, el papel de los tribunos de la plebe. Ese sería su mejor desempeño. Tal vez el único que lograría que Leonor, la heredera dinástica, algún día pueda reinar.

47 Responses to “¿Se extingue la monarquía española?”

  1. Julian Perez 8 August 2020 at 8:46 pm Permalink

    Tengo que decirlo. Cuando no menciona al presidente Trump, CAM conserva su brillantez habitual. Muy buen artículo y del que disfruté por haber vivido 12 años en España y haber sido testigo del panorama.

    Solamente me gustaría agregar que, cuando vivía en España, varios amigos españoles me dijeron que ellos antes eran republicanos, pero se volvieron monárquicos cuando Juan Carlos desautorizó y abortó el intento de golpe de Tejero. Comprendieron, al igual que CAM, que España necesitaba la monarquía. Probablemente, más que UK, aunque los ingleses nunca la quitarán. Un rey africano, no recuerdo cuál, al que destronaron, dijo ¨Un buen día en el mundo solamente quedarán 5 reyes: los 4 de la baraja y la reina de Inglaterra¨

    • bacu 9 August 2020 at 10:33 am Permalink

      Saben, despues de este articulo creo que todavia hay “salvación” para algunos. Tal vez debido al pais donde naci, que se libero de la España de reyes, nunca los vi con buenos ojos. Estando en España, me di cuenta que allí, al menos con todos los que hable, le tenían mucho respeto a los reyes y a la forma que estaba constituido el pais y eso no era Cuba, donde la gente te dice una cosa y piensa otra. Asi que modifique mis pensamientos con respecto a los monarcas. Use una simple lógica si a los españoles eso les gusta, lo defienden y se sienten orgullosos, quien soy yo para meterme en sus gustos o elecciones. Saludos.

      • Julian Perez 9 August 2020 at 10:48 am Permalink

        Fue el socialista Felipe González, tradicionalmente republicano quien, cuando falleció Juan de Borbón, hijo de rey y padre de rey, pero nunca rey, lo proclamó rey póstumo para que sus restos pudieran reposar en El Escorial. El ABC, periódico tradicionalmente monárquico y que siempre hablaba pestes de Felipe González, lo elogió por ese gesto.

      • Manuel 9 August 2020 at 11:11 am Permalink

        buena noticia J,

        CAM escribe una novela, en la que hay un cubano como en sus anteriores novelas, y sospecho que será la mejor de la media docena que pronto terminará teniendo en su haber.

        Ojalá que alguna cura para su Parkinson le permita escribir media docena más, otro millar de artículos y otras publicaciones.

        • Manuel 9 August 2020 at 11:13 am Permalink

          y que no deje de cuidar de su corazon, que se asesore bien y sea disciplinado, al menos en eso

          • Julian Perez 9 August 2020 at 11:17 am Permalink

            A juzgar por este artículo, si la novela no tiene relación con el presidente Trump (o con Joe Biden), puede ser muy buena 🙂 Aquí se ve que no ha perdido facultades: el disfuncionamiento está en zonas muy localizadas de su intelecto.

  2. Pedro Pablo Arencibia Cardoso 8 August 2020 at 11:46 pm Permalink

    Juan Carlos I no está acusado ni imputado de nada ni ha huido. Hasta la socialista Vicepresidenta Carlos Calvo lo expresó al enmendarle la plana al comunista Pablo Iglesias:

    El Mundo
    Aug 5, 2020

    La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, ha manifestado este miércoles que el rey Juan Carlos “no huye de nada, porque no está en ninguna causa inmerso”. En declaraciones a la prensa en Oviedo antes de reunirse con el presidente del Principado, Adrián Barbón, Calvo ha afirmado que la salida de España del rey emérito “no significa que no esté a disposición de nuestro país”. Además ha mantenido que el Gobierno tiene “una relación impecable, fructífera y necesaria con Felipe VI”. “El cumplimiento del orden institucional es impecable por parte de este Gobierno y por parte de la Jefatura de Estado”, ha concluido. Más en:
    https://youtu.be/Ys5gKBeqO-s

    En este otro video y entre los instante 5:55 y 7 42 se habla de la salida del Rey Juan Carlos I y las causas de las mentiras que muchos medios han divulgado:
    https://youtu.be/nqkkxf0BwrU

    • manuel 11 August 2020 at 9:59 am Permalink

      J, al parecer el moderador puede publicar comentarios con más de un link, overruling the automatic setting

      • manuel 11 August 2020 at 10:02 am Permalink

        y leyó abajo el pedido que le hizo Pedro Pablo cambiando Carlos por Carmen.

        Enhorabuena!

        • Julian Perez 11 August 2020 at 10:26 am Permalink

          Se aclara el misterio. El comentario sí estaba aquí, pero estaba ¨pending¨ (no baneado) porque tenía 2 links. Por eso no lo veíamos, pero Pedro Pablo sí, porque los autores ven los pendings. Y, efectivamente, los comentarios con más de un link parece que pueden aparecer eventualmente, pero se demoran porque son los únicos que van automáticamente a revisión.

          Hay que añadir que los reyes en España siguen gozando de inmunidad después de ser reyes, así que Juan Carlos se va porque desea hacerlo, quizás para evitarle a Felipe un acoso mediático.

          • manuel 11 August 2020 at 11:24 am Permalink

            entonces Pedro Pablo no tiene ir al oftalmólogo, por ahora.

            Por cierto, hace un mes visité mi oftalmólogo, fue una experiencia subrealista.

            me imagino que los estomatólogos la estén pasando muy mal con esta pandemia

          • manuel 11 August 2020 at 11:27 am Permalink

            creo que los ESTOMATÓLOGOS

            serán de los más afectados, dado que tienen que trabajar en la boca, mucha gente no creo que quiera ir a jugársela de ese modo

          • bacu 11 August 2020 at 8:28 pm Permalink

            Manuel, ya me hicistes el dia, bueno lo que queda de el, gracias y saludos.

          • Julian Perez 11 August 2020 at 8:44 pm Permalink

            Oftalmólogo es muy ¨fisno¨ 🙂 Me recordaron el chiste del tipo que dice que tiene que ver al ojista porque ve mal. Un amigo le dice: ¨Querrás decir el oculista¨ ¨No, el ojista. Yo no tengo ningún problema en el ojo del culo¨.

            Y bueno, los odontólogos tampoco la deben estar pasando muy bien 🙂

          • Julian Perez 11 August 2020 at 8:54 pm Permalink

            El que tuvo la experiencia más surrealista en el oftalmólogo fue el Pájaro Loco.

            https://www.dailymotion.com/video/x4a26au

          • Julian Perez 11 August 2020 at 8:57 pm Permalink

            Puse un link por otro. Este es el del Pájaro Loco

            https://www.dailymotion.com/video/x5kfmfw

          • Manuel 11 August 2020 at 9:24 pm Permalink

            Que casualidad j

            Mi esposa estuvo hoy dos horas hablando
            Con su madre.

            Estuvieron 4 minutos hablando del culo,
            Blanqueamiento anal
            Beso negro
            Etc

            Ahora entro y le encuentro a ud en la misma fase anal

            ¡Que cosas que pasan!: ellas nunca hablan del culo
            Y ud tampoco

            Quizá tenga que ver con que se acerca el cumpleaños
            Del que más tiempo nos cagó

  3. Pedro Pablo Arencibia Cardoso 8 August 2020 at 11:49 pm Permalink

    Carmen Calvo quise escribir y no Carlos Calvo. Si la persona que modera estos comentarios puede subsanar ese error, se lo agradecería. Gracias.

    • Julian Perez 9 August 2020 at 12:15 am Permalink

      Pedro Pablo, no veo el post al que te refieres. ¿Lo habrán borrado?

      • Pedro Pablo Arencibia Cardoso 9 August 2020 at 10:58 pm Permalink

        Julián, en las URL de los videos está lo escrito. No obstante, esos videos aparecen en el post al que te lleva este enlace: https://baracuteycubano.blogspot.com/2020/08/carlos-alberto-montaner-se-extingue-la.html

        Un fuerte abrazo a ti y a bacu

        • Julian Perez 10 August 2020 at 10:22 am Permalink

          Ya lo encontré, Pedro Pablo, pero, dado que el comentario con el nombre errado no estaba aquí, sino en la referencia que haces de este artículo en tu blog (y cuyo link pones), me parece que la nota para cambiar Carlos por Carlos es para el administrador de tu blog, no para el de éste, que nada puede hacer al respecto.

      • Manuel 10 August 2020 at 5:28 am Permalink

        “en las URL de los videos está lo escrito”

        si alguien entendió que lo explique.

        ¿le borraron el comentario a Carmen Calvo?

        ¿qué quiere decir “en las URL de los videos está lo escrito”?

        .
        le está pidiendo a alguien que cambie Carlos por Carmen, pero acá no hay comentario alguno refiriéndose a Carlos:

        yo creo que con un solo ciego por acá ya teníamos bastante, ahora hay dos.

        El otro por lo menos se metio la lengua en lo oscuro de tantos disparates juntos y repeticion de comentarios que pega y vuelve a pegar como si el resto acá fueramos ciegos, …o para aumentar la posibilidad de que él mismo con su ceguera logre encontrarlos.

        La peor ceguera es la del intelecto: las terribles incoherencias y falta de vista larga.

        ¡Que los ciudadanos de este país no padezcan estos mismos defectos de visión el próximo 3 de noviembre!

        y es tan humilde este otro que en vez de decir plano y raspao “quitaron mi comentario y el de Camen”, o “me equivoqué de blog, este comentario no era pa cá” se va en Fa metiendo unos cortinas de humo y unos fuertes abrazos.

        ¡…si habrán personajes por ahí sueltos! 🙂

        • Manuel 10 August 2020 at 5:33 am Permalink

          como hay gente acá que a lo mejor no entiende algunas frases:

          “voy en fa”

          Irse, abandonar un lugar.

          Vocabulario cubano

          según el uso cotidiano en algunos lugares y medios, y este sitio que encontré:
          https://buho.guru/dict/cubano/voy_en_fa

  4. vicente 9 August 2020 at 9:41 am Permalink

    Seria una buena noticia para el mundo que esta dinastia de reyes vividores,fornicadores y ladrones se extinguiera.La monarquia solo sirve al gran capital transnacional.

  5. vicente 9 August 2020 at 9:53 am Permalink

    Juan Carlos de Borbon cambio la monarquia por la Republica,por la Republica Doninicana.

  6. razón vs instinto 9 August 2020 at 10:12 am Permalink

    “Sin embargo, al poco tiempo de vivir en el país advertí que si había alguna nación que requería la Corona era, precisamente, ésta.

    ¿Por qué? Probablemente para no matarse y por razones históricas profundas vinculadas a mantener al país unido”

    Me quedo con esta frase porque define y diferencia a los pueblos que han progresado y a los que no.
    A los reyes nadie los elige y son los viejos y clásicos representantes del sistema dictatorial por exelencia (hasta la aparición de las monarquías parlamentarias cuyo primer paso lo dió Inglaterra con su famosa gloriosa revolución).
    Tampoco surgieron por las casualidades de la historia ni tampoco obviamente eran los representantes de ningún Dios en la tierra.
    Los reyes son el resultado inevitable de la primitiva e histórica incapacidad de las comunidades de organizarse sin la presencia de un poder omnimodo que evite el caos o descontrol. También evitar la debilidad que ponga en riesgo la soberanía.
    Las sociedades actuales que no tienen un “rey” es porque los ciudadanos aprendieron a organizarse política, social y económicamente sin la inevitable presencia de un poder al que nadie eligió y que puede hacer lo que se le dé en ganas con tal de que mantenga un mínimo orden interno (motivo por el que a CAM le pareció adecuado reconocer al Rey español dadas las incapacidades de la cultura política del pueblo español entonces)
    Y obviamente, las comunidades incapaces de lograr semejante paso en el progreso humano, están condenadas a servirse de un poder omnimodo si no quieren sucumbir al caos.
    Los rusos necesitan al “rey” Putin si quieren evitar el caos. Los chinos al “rey” jimping. Los iraníes a Alí Jamenei. Los sirios a Bashar. Prácticamente todos los países de África necesitan de su “rey” si quieren evitar un caos peor al que ya tienen.
    Si hay algo que define a las naciones desarrolladas es la no necesidad de un líder Todopoderoso para sustentarse políticamente.
    Y lo opuesto a las comunidades que se quedaron en el andén del tren de la historia humana del progreso.
    Demás está destacar que dónde no hay progreso humano y su consecuente desarrollo, hay “reyes”, hay coersión, ausencia de derechos humanos universales, no hay justicia independiente, no hay al fin y al cabo lo más importante de todo para quien se considera digno representante de la especie homo sapiens en este mundo, no hay LIBERTAD.
    Mi comentario viene al caso por el indudable escenario que hoy enfrenta el mundo, el de la nueva guerra fría falsamente identificada como la de EEUU vs China cuando en realidad es Desarrollo vs Subdesarrollo. Progreso humano vs primitivismo eterno.
    Solamente hay que observar a los aliados de un bando y del otro para que quede absolutamente claro de que de ésto se trata.
    Del de EEUU: Europa toda democrática, Australia, Japón, Corea del Sur, Canadá.
    Del bando opuesto aliados de la dictadura China: Rusia, Irán, los países del sudeste asiático, Venezuela, Cuba.
    Es solamente un recordatorio para quienes tienen alguna duda sobre cuál es el bando que debemos tomar como propio en la historia que se viene.
    P/d si hay algo que está haciendo Trump, es dejar claro que este es el escenario al que debemos atenernos, queramos o no.

    • Julian Perez 9 August 2020 at 10:42 am Permalink

      Amigo Ramiro

      La monarquía parlamentaria, como la de España y el Reino Unido, difiere tanto de las antiguas monarquías absolutas como la social democracia del socialismo real. Montesqieu decía que Inglaterra era una ¨república disfrazada de monarquía¨. Fueron los ingleses los que cambiaron el modelo de monarquía, primero con la Carta Magna y luego con la Revolución Gloriosa.

      Es cierto que en América el concepto de monarquía hereditaria es algo exótico. Pero vivir muchos años en España me permitió entender mejor el concepto y darme cuenta de que, en determinadas circunstancias, tiene sus virtudes. A los niños españoles se les enseña ¨el rey manda, pero no gobierna¨. Es más un símbolo para la unidad nacional que un poder en la práctica.

      Los totalitarismos, como el de Cuba, son más comparables con la antigua monarquía absoluta que con las modernas monarquías parlamentarias.

      Por cierto, me contaban los españoles (quizás sea un hoax) que Felipe González le recomendó a Fidel Castro: ¨Tengo la solución para ti: proclámate rey y convoca a elecciones para primer ministro¨. De ser cierto, al de las barbas no debe haberle hecho mucha gracia el chiste.

      • razón vs instinto 9 August 2020 at 11:03 am Permalink

        Por supuesto amigo Julián.
        Evidentemente no entendió cuando escribí “(hasta la aparición de las monarquías parlamentarias cuyo primer paso lo dió Inglaterra con su famosa gloriosa revolución)”.
        Monarquía parlamentaria es Democracia ¿Qué duda cabe?

        • Julian Perez 9 August 2020 at 11:04 am Permalink

          Lo entendí pero quise reforzarlo.

          • razón vs instinto 9 August 2020 at 11:08 am Permalink

            Ah. Pensé que interpretó de mi comentario que toda monarquía es dictadura.
            Viene bien la aclaración porque releyendo, veo que se puede interpretar así.

  7. Manuel 9 August 2020 at 11:05 am Permalink

    As a young epidemiologist with the Centers for Disease Control and Prevention, he cut his teeth during the 1957 H2N2 flu pandemic, which originated in Guizhou, China, and killed more than a million people before it could be curbed by a vaccine.

    In the nineteen-sixties and seventies, he led the effort to eradicate smallpox, finding clusters of people infected with the disease around the globe, tracing and isolating others who’d caught it, and providing vaccines to some of the world’s poorest children. It’s thanks to D.A. that we can now speak about smallpox in the past tense.

    • Manuel 9 August 2020 at 11:07 am Permalink

      When we first met, in 1986, I was an intern at the Johns Hopkins Hospital, and D.A. was the dean of the School of Public Health, directly across the street. Like many epidemiologists of his vintage, he was a true-blue “vaccine man,” for whom the immunizations created in the course of the twentieth century were the pinnacle of modern medicine. For D.A., vaccines were the definitive answer to all contagious-disease questions. By contrast, I had begun my career at the dawn of the H.I.V. era. In the late nineteen-eighties, we had few medications, let alone a vaccine, with which to fight that virus. While we waited for science to progress, our only weapon was public health: we had to study the virus’s transmission, test for cases, reach out to those who were at risk, and educate them. At the beginning of the AIDS pandemic, some misguided politicians advocated quarantining the victims, and many doctors and nurses refused to treat them. Since then, I’ve devoted much of my working life to studying the social history of pandemics and the uses and misuses of quarantine.

      Read The New Yorker’s complete news coverage and analysis of the coronavirus pandemic.
      D.A. and I saw each other often between 2006 and 2010, when, together with Martin Cetron, the director of the C.D.C.’s Division of Global Migration and Quarantine, I worked to help develop the concept now known as “flattening the curve”: using social distancing to decrease the peak burden on health-care systems and to buy time for scientists and doctors to respond. (Those now-familiar drawings of flattened curves, seen at White House briefings and elsewhere, were taken from one of Marty’s PowerPoint slides.) With the assistance of medical historians, epidemiologists, infectious-disease experts, and statisticians, we gathered more than twenty thousand documents from hundreds of archives across the country, focussing on how forty-three American cities responded to the 1918 flu pandemic. We looked, in particular, at how those cities employed isolation and quarantine, the banning of public gatherings, the closing of schools, and, in some cases, the shutting down of roads and railways. We found that those cities which used more than one intervention simultaneously, and which acted early and persisted for sustained periods, experienced significantly lower rates of death than those which didn’t. The fates of twenty-three “double-humped” cities were equally telling: having released the brakes too soon, they suffered a second spike in cases and in deaths, sometimes worse than the first. Many had to institute another round of social distancing—a thorny political task.
      We presented our data for the first time on a bleak December day in 2006, at a hotel near the Atlanta airport, where the C.D.C. was holding a meeting on national pandemic preparedness. Several hundred people—state and local health officials, scholars, virologists, epidemiologists, and reporters—had flown in to attend; the George W. Bush Administration, concerned about a possible flu pandemic the next year, had asked us to come up with a plan. When I finished my talk, the first person to stand up and speak was the man we most feared. In a booming voice, one that carried the authority of a living legend, D.A. said that our carefully arrayed historical research was just that: history. Social distancing, he argued, would be hugely disruptive. It would ruin the economy. It would destroy jobs and hamstring education. Kids who were out of school would congregate in malls and spread the virus anyway. Better, he argued, to let the virus burn through the population while concentrating on an effective vaccine. Sitting down, he looked me in the eye and added, gruffly, “Cull the herd!”
      As it turned out, D.A.’s dismissal didn’t mark the end of social distancing. During our current pandemic, most nations have embraced the idea. Because social distancing is a quiet form of civic action, and because its success results in fewer infections, it’s easy to underestimate its effects—and yet they have been formidable. Last month, a study published in Nature estimated that the social-distancing measures employed in the United States, China, South Korea, Italy, Iran, and France have prevented around five hundred and thirty million coronavirus infections—sixty million of them in the United States. (Currently, with distancing, the U.S. has reported around four and a half million confirmed cases; the real number is probably higher.) Another study, conducted at Columbia University, found that, if parts of this country had started distancing on March 1st—roughly two weeks before most Americans began to stay home—fifty-four thousand fewer people would have died. It’s difficult to say with certainty how many deaths flattening the curve has prevented, but it is likely in the millions. The global social-distancing effort has been “one of humanity’s greatest collective achievements,” Solomon Hsiang, the leader of the Nature study, said, in announcing the findings. “I don’t think any human endeavor has ever saved so many lives in such a short period of time.”

      In March, when social-distancing policies were first enacted in the United States, they seemed like a bargain. The W.H.O. had calculated a case-fatality rate of 3.8 per cent for the novel coronavirus; by comparison, the rate of death during the 1918 flu pandemic was about 2.5 per cent. If those numbers weren’t enough to terrify you, there were images of intubated patients in I.C.U.s and of bodies in refrigerated trucks; in New York and elsewhere, hospitals were overloaded, ventilators were in short supply, and sirens echoed through the night. Fear is an excellent motivator. When our health officials asked us to stay home, we did so, despite the disruptions.
      And yet the terrified unanimity of those early days didn’t last. It quickly became apparent that there would be great inequality in how the social-distancing measures played out. For some people, the Internet softened the blow: they could work and shop from home while staying connected and entertained. Others lost their jobs or, if they were essential workers, kept them while shouldering high shares of viral risk. Some businesses succeeded in accessing government loans while others were left to fail. Meanwhile, COVID-19 exposed preëxisting disparities in American health care. Poor and minority communities experienced disproportionate death. Other people, living in places where the viral surge had yet to arrive, found themselves making sacrifices without quite understanding why.
      As the curve flattened, misconceptions took hold. Perhaps the biggest was that social distancing was a policy that would need to be enacted only once, for a brief period, after which the virus would be defeated and life would return to normal. With this fantasy in mind, politicians began to argue that the time had come to reopen. A number of factors—mounting economic distress, inevitable claustrophobia and fatigue, the President’s deranged tweets about “liberating” certain states, an explosion of justified protest against police brutality and racial injustice—combined to weaken the consensus around social distancing. Across the country, and despite a lack of testing-based data about how widely the virus had spread, bans on gatherings were lifted. We were tired of being shut in and shut down; we wanted to go back to the world we’d left behind in March. We told ourselves, erroneously, that our social-distancing efforts had defeated the virus.

      The reality, of course, is that social distancing cannot cure or defeat COVID-19. It only allows us to hide from the virus while scientists do their work. The overwhelming majority of Americans—perhaps as many as three hundred million people—are still susceptible to infection. As they venture back into a reopened world in which the virus is still circulating, they are at risk. In the past few weeks, this simple reality has asserted itself. In states as varied as Texas, Arizona, Florida, and California, we have seen a steepening of the curve. Since June 15th, case counts in the United States have exploded from roughly twenty thousand new cases a day to more than sixty thousand. The U.S. now leads the world in the production of new coronavirus cases. The sheer number of new cases and deaths is staggering. Since May 28th, when the hundred-thousandth American died of COVID-19, sixty thousand more have been killed by the virus. The C.D.C. is now projecting that we will reach somewhere between a hundred and sixty-eight and a hundred and eighty-two thousand deaths by August 22nd. The harsh truth about our situation is clear: it isn’t over.
      In 2006, when my colleagues and I first proposed the idea of flattening the curve, we hoped to draw up plans for the subsequent phases of a pandemic. We knew the basic idea: work would proceed on vaccines and treatments while testing, tracing, and isolation measures ramped up; meanwhile, the federal government would step in to keep households and businesses afloat. But, although the federal government developed a detailed pandemic plan, many stakeholders disagreed about when social distancing might become necessary, and about what should be done during an extended pandemic like the one we are experiencing now. In 2009 and 2013, when epidemiologists warned about the potential for a swine-flu pandemic and a widespread Ebola outbreak, respectively, it seemed as though a sweeping pandemic plan might need to be finalized and acted on. But neither disease turned out to warrant the “nuclear option” of social distancing, and so the working out of a detailed plan, encompassing an initial flattening of the curve and everything that would follow, would have to wait.

      As the decade drew to a close, the United States was prepared for a pandemic in some respects and unprepared in others. In October, 2019, a study conducted by the Johns Hopkins Center for Health Security ranked the U.S. first in the world in terms of pandemic readiness, in part because of its “robust” health-care system; even so, this was a relative measure, and the researchers took pains to point out that no country was truly prepared. (Despite its over-all ranking, the U.S. ranked nineteenth on measures such as public-health infrastructure and economic resilience.) The Trump Administration exacerbated the problem by disbanding the National Security Council’s pandemic team and defunding various public-health programs. But inattentiveness to the risks of a pandemic preceded Trump: when the millions of masks stored in the federal government’s Strategic National Stockpile were used up, during the 2009 flu pandemic, Congress failed to reappropriate the funds necessary to replenish them.
      In retrospect, one of the biggest weaknesses in our pandemic planning was that many infectious-disease experts, including me, focussed on the threat posed by a novel strain of influenza. We feared a repeat of 1918—and yet, because we now have the technology to create and mass-produce a new flu vaccine in only a few months’ time, a flu pandemic isn’t necessarily the worst-case scenario. As we are currently discovering, designing and testing an entirely new vaccine against a never-before-seen infectious disease is a far more uncertain and daunting task. The fact that the novel coronavirus is RNA-based, like H.I.V., intensifies the difficulty. It’s possible that a vaccine will arrive this year—but many experts think that it could be two years or even longer before a safe and effective shot has been developed, tested, manufactured, and made widely available.
      The challenge, therefore, isn’t just flattening the curve but keeping it flat—holding the line not for months but for years. In a study published in Science in April, researchers at the Harvard T. H. Chan School of Public Health estimated that, in the absence of a vaccine for the coronavirus, periods of social distancing would be necessary into the year 2022. (Their analysis was, in its own way, optimistic: it incorporated the possibilities of new treatments for COVID-19, increases in I.C.U. capacity, and the spread of durable immunity over time.) The researchers noted that, even after social distancing lets up, governments will need to continue tracking the virus and addressing occasional outbreaks. In that sense, there’s a good chance that the pandemic may not be over until 2024.
      Some countries have adjusted their plans to match these timelines. The German government has established a standard that allows communities to reopen, close up again, and then re-reopen. If, in the course of a week, a community detects more than fifty new coronavirus cases per hundred thousand people, then social distancing measures are reinstated; the same thing happens if the virus’s “reproduction number”— which measures the average number of non-immune individuals whom someone with the coronavirus is likely to infect—exceeds one. This plan allows Germany to reopen in a measured, cautious, data-driven way, and to retreat when the virus threatens to reach an inflection point, beyond which it will begin spreading so fast that it becomes nearly impossible to contain. Most Germans accept that this system, and the restrictions it requires, will remain in place until there is a vaccine or another transformative treatment.

      And yet, here in the United States, keeping our curve flat will require more than the establishment of a conservative target for new cases. The challenges facing us are vast and, in some respects, unique. Unlike New Zealand, Iceland, Taiwan, and the other island nations that have succeeded in controlling the virus, ours is a huge country with decentralized political and public-health systems. A state that succeeds in containing the virus can be reinfected by its less successful neighbors. Our politics are divisive, our President is obstructionist, and a wide swath of Americans doubt what scientists say and resist public-health mandates as a matter of principle. Even those Americans who take the virus seriously are not accustomed to thinking about disease as a social issue. During flu epidemics, Japanese citizens are quick to self-isolate, put on masks, keep their children out of school, and stay home from work. In the U.S., we’re used to going to work even when we’re sick and to sending our sniffling children off to school. Scattered, leaderless, and misinformed, we are not necessarily in a position to succeed.
      To meet these geographic, political, and cultural challenges, the United States needs not just an adequate pandemic response but an extraordinary one. We need a plan directed by experts who are trained in controlling epidemics; those experts, in turn, require a centralized data-collection center managed by skilled epidemiologists at the C.D.C., capable of insuring accurate reporting from state and municipal health departments. Across the country, we need to start tracking and tracing new cases on a vast scale and analyzing information about which communities are most vulnerable, who is most likely to get sick and die, and the efficacy of medical treatments. In sum, we need a government that collects information, makes decisions based on it, and then collects more.
      A target number for new cases is useless if we don’t know how many cases are out there. We need a federal government that throws its weight and its money behind comprehensive coronavirus testing. Faster and more accurate tests, such as the saliva-based kits being developed at Rutgers University, which can be used at home, must be standardized, manufactured, and widely distributed in our towns, communities, schools, and universities. If such tests can’t be widely distributed, then we need to fund and develop easy-to-access testing that can be conducted in drive-throughs, in drug stores, and via mobile vans. We need to train an army of workers to administer these tests. We’ll know that we have enough testing capacity when it’s easy for anyone experiencing cold-like symptoms, loss of smell, dry cough, shortness of breath, muscle pain, sore throat, vomiting, diarrhea, or fever to get a test immediately. Tests must also be abundantly available to people who have had contact with someone suffering from COVID-19, and to those who are at high risk—people who are older than sixty-five, have chronic medical conditions, or live in close quarters with others.

      Across society, we need businesses, schools, universities, and other institutions to confront the challenges of keeping the curve flat in the long term. Businesses need to give up on the idea of a near-term return to normal and commit to letting people work from home or in staggered shifts until a vaccine or other treatment becomes available. Restaurants and bars should recognize the risks that hasty reopenings pose to both patrons and staff, and keep their indoor spaces closed to customers. Colleges need to accept that their students are as capable of transmitting the virus as other adults are; instead of promising, unrealistically, to trace and test students who drink and party in dorms and off campus, they should shift to distance learning until the crisis is over. Making these responsible decisions will be financially painful—and so the government should step in with aid packages to help.
      On June 25th, the American Academy of Pediatrics recommended that elementary, middle, and high-school students return to classrooms this fall, citing the low incidence of COVID-19 among young children and the well-established negative consequences of having school interrupted. For millions of American parents and children, for many reasons, going back to school will be a relief. And yet the harsh truth is that we don’t know very much about the long-term effects of coronavirus infection in children, or about how widely kids who are infected can spread the virus to the older people around them. Schools that open need money to mask and test everyone. Schools that stay closed need money to adapt to distance learning. Many schools that invest in reopening will have to close when the virus surges. Federal support for these efforts, too, is vital.

      Holding the line against the virus will require still other changes. Masks should be mandatory in shared social spaces. Air travel should be restricted and reconfigured. States should be testing and quarantining international and domestic travellers. Almost certainly, we will have to make adjustments we haven’t yet anticipated. In an ideal world, government, at every level, would be behind such changes. But the tragic reality is that, at least for now, government recalcitrance is part of the American coronavirus endurance test. This means that, to a great extent, it’s up to American citizens, as individuals, to hold the virus in check until scientific reinforcements arrive. Individually, we must opt to wear masks in public, to wash our hands frequently, to separate ourselves from our families if we become ill. Individually, we must commit to practicing the “three D’s” of respiratory-virus hygiene: keeping our distance, and limiting the diversity and the duration of interactions outside our households. We must choose to ignore the ill-informed politicians and business leaders who are telling us that it’s perfectly fine to congregate, that the virus isn’t a real threat, and that the crisis is over. We must refuse to give up on flattening the curve. It’s up to us to hold the line until our government catches up.
      The alternative is the path that D. A. Henderson suggested: “Cull the herd.” I have no doubt that, when he said those words, he hadn’t thought them through. No one in that crowded ballroom imagined a stubborn, persistent pathogen like the novel coronavirus; we were thinking of influenza, which tends to burn out as temperatures rise. And none of us could really imagine the quantity of death and social division that such a policy would entail. It’s clear now that the coronavirus pandemic, if it’s poorly managed, could rival not just the 1918 flu pandemic but also the Black Death of the fourteenth century and the cholera pandemics of the nineteenth century in terms of death toll. We will see millions more cases worldwide and hundreds of thousands more deaths at a minimum; we could vastly exceed those numbers if containment fails before treatments are ready. And those deaths will be concentrated among the poor, the vulnerable, and the marginalized. The collective achievement of flattening the curve in the early months of the pandemic will be meaningless by comparison.

      When I began my own work on flattening the curve, I experienced it as an abstract historical exercise—an intellectual puzzle to be solved. I didn’t fully imagine the reality we are currently experiencing, either. Now, in the hospital and at the bedside, I have seen how rapidly and viciously the coronavirus attacks and kills. In late February, my eighty-three-year-old mother, who suffered from a neurodegenerative illness and resided in an assisted-living facility, caught the virus, sickened, and died within a day. The crisis is real, and so is the responsibility we have to ourselves, our families, and our communities. Having flattened the curve once, we must keep it flat until the virus can be defeated.

      • razón vs instinto 9 August 2020 at 11:34 am Permalink

        La decisión siempre debe ser política.
        Y aplanar la curva, después de la consulta a infectologos, epidemiólogos, sanitaristas, economistas, sociólogos, psicólogos, politólogos, empresarios, constitucionalistas más otro etc, es probable que sea la opción más racional, sino la única, que queda por tomar ante las circunstancias que provoca algo nuevo como el coronavirus y su tasa de mortalidad.
        Distanciamiento, tapabocas y lavado de manos.
        Afectan lo tolerable la actividad económica, no provoca un aislamiento asfixiante a la sociedad, reduce a números “tolerables” las víctimas y evita desastres desconocidos en áreas no sanitarias.
        Desde hace rato era evidente que es el mejor o único camino.
        Con la excepción de las comunidades, pequeñas en general, que están a tiempo y tienen la capacidad organizativa (raro de encontrar) para testear y aislar a todos los casos.
        Ésta última es la única forma de evitar que haya que esperar el efecto rebaño para aplacar el brote, al menos por un tiempo y sin saber si igualmente más tarde o temprano tendrán que enfrentar el problema exactamente como los demás (hoy se calcula con la infección del 20% de la población).
        Pero este recurso es para excepciones. Siendo importante aclarar que para excepciones porque junto al testeo y aislamiento con fines de erradicar el brote y evitar así el rebaño y las muertes acompañantes, a menudo acompaña la idea del aislamiento severo para asegurar el resultado. Ahí empiezan los errores con consecuencias nefastas.

  8. Manuel 9 August 2020 at 11:17 am Permalink

    a casi un año de su famoso discurso en las UN:

    he [Trump] did a subtle dig to authoritarianism and countries like China and Iran and North Korea, who try to control their populations from the top down. He was celebrating freedom, integrity, free choice, democracy, and all of the things that we used to believe in from the Bill of Rights, from the Declaration of Independence and from the Constitution,” said McFarland.

    • Manuel 9 August 2020 at 11:29 am Permalink

      EEUU es el faro más importante, la guía principal, la prueba de que en un pais gigantesco y plural se puede prosperar y conservar grandes esperanzas de mejoramiento humano integral y que este continúe desparramándose por el resto del globo como ocurrió a lo largo del penoso Imperio Soviético, y antes ante la feroz y carnicera arremetida Fascista del Eje que llevó a la terrible segunda guerra mundial.

      Trump es el tipo. No me traigan a pendejos a esta contienda.

      • Manuel 9 August 2020 at 12:22 pm Permalink

        HOY ES DOMINGO, dicen que hoy Dios descansó, pasó revista…

        pasemos revista.

        Si tengo que escoger el mejor comentario de la semana, sería este:

        Julian Perez
        9 August 2020 at 4:22 am
        PERMALINK
        Un reporte de un funcionario de la ONU Creo que no hay que agregar nada más. Me pregunto cómo la gente de tantos lugares del mundo quieren venir a un país de tantas desigualdades sociales. ¿Serán tontos? Y también me pregunto cómo tanta gente de África emigra a un país de tanto racismo (han venido muchísimos más como inmigrantes que los que fueron traídos como esclavos. ¿Serán masoquistas?

        Señor Rodríguez. Veo en los reportes que en Cuba solamente hay hasta ahora 2888 casos de COVID con solamente 88 muertos. No cabe duda de que allá las autoridades gestionan mucho mejor la pandemia que el presidente Trump, el gobernador De Santis y el alcalde de Miami Beach. Le sugiero regresar.

        Además, a usted le preocupa que se elimine Obamacare y se recorte el presupuesto de Medicare. Allá la salud pública es gratuita. Otra razón para que regrese.

        Todo eso de Cuba está muy documentado. Se pueden poner miles de links que lo corroboran.

  9. razón vs instinto 9 August 2020 at 11:57 am Permalink

    Lo más extraño en el rechazo a Trump desde la izquierda hasta la derecha toda vez que leo o escucho análisis de la política exterior de EEUU durante el gobierno de Trump y de su política económica, es que empiezan siempre con un desprecio toda vez que mencionan su nombre. Con el correr del programa o el artículo, se va descubriendo que en general, sus políticas son las acertadas y siempre con algún gesto de disimulo dicha aprobación para evitar que se los tache de trumpista (es raro pero así es).
    Es decir, finalmente el mayor motivo de rechazo a las políticas de Trump es por las “formas”.
    Por ejemplo, en la relación Trump con Europa, lo primero que se le crítica es el destrato hacia los líderes de Europa que son sus aliados históricos y toda la perorata que le sigue. Pero después reconocen que EEUU es el que más carga económicamente con la defensa de sus aliados y además coinciden en el peligro Chino y que por tanto no hay opción a encolumnarse con la posición de Trump.
    Es decir, finalmente, las duras críticas a Trump por lo general se reducen a las expresiones y maneras de Trump.
    Esto es algo que debe destacarse porque es muy de PENDEJO creer que las relaciones políticas entre semejantes potencias como las de EEUU con Alemania o Francia o Inglaterra se reducen a intercambio de frases a través de los medios de los líderes.
    Es ridículo analizar la política desde una perspectiva como ésta.
    Ante cada decisión política hay seguramente centenas de encuentros, conversaciones, análisis, discusiones entre delegados o representantes diplomáticos y económicos entre muchos actores para recién después tomar una decisión real.
    Lo que se ve en los medios con las declaraciones públicas de los líderes, como Trump, es estrategia de política electoral que importa un 0.0001% en los hechos reales.
    Obviamente, viene después una respuesta mediática de una Angela Merkel para posicionar su estrategia electoral y política. Pero son cuestiones que no deberían jamás entrar en el análisis de la real situación.

  10. razón vs instinto 9 August 2020 at 12:07 pm Permalink

    Algo muy parecido pasa con la gestión Trump con el brote.
    Las críticas parecen reducirse a decisiones tomadas por Trump después de cada declaración ante los medios como si en ese momento se le hubiera ocurrido una idea y después las aplica.
    Es ridículo pensar que las cosas pueden ser así.
    Las decisiones de Trump con el coronavirus no hay duda de que surgen después de interminables análisis entre asesores, economistas, sanitaristas, etc etc, etc.
    Lo que se ve de Trump en los medios es simple estrategia electoral. Que te puede gustar o no. Si no te gusta, has lo que te parece pero es una pendejada considerar las políticas sanitarias de Trump como derivadas de declaraciones mediáticas.
    Acertadas o no, esa es otra cuestión. Pero juzgar sus políticas por declaraciones mediáticas es un error. Es simplemente su estrategia.

    • Manuel 9 August 2020 at 1:36 pm Permalink

      lo mismo pasa con los anuncios de todo tipo.

      las agencias de publicidad, como el Partido Demócrata, asumen que la gente es tonta, y por ello le repiten la misma tontería mil veces hasta que logran enganchar unos centenares de incautos que les permitan continuar el juego.

      La gente es cada vez menos tonta a pesar de los medios y escuelas, muy a pesar de los esfuerzos de tantos cínicos:

      lo vimos cuando esos tontos, y deplorables, supieron muy bien quien era el mejor y eligieron a Trump.

      Luchemos para que se reedite esa hazaña el próximo noviembre 3

  11. Manuel 9 August 2020 at 3:11 pm Permalink

    Cubanos sospechosos de Cánovas 1897 y de Kennedy ‘63.

    El 8 de agosto de 1897, el anarquista italiano Michele Angiolillo localizó a Antonio Cánovas del Castillo mientras descansaba en el balneario de Santa Águeda y le pegó tres tiros a quemarropa con un revólver, matándolo en el acto. El asesino afirmó que había comprado el arma en Londres y había viajado a España para atentar contra el presidente del gobierno, la Reina Regente y el futuro rey Alfonso XIII. Aunque siempre defendió que la muerte de Cánovas del Castillo era una venganza por los anarquistas muertos y detenidos tras el atentado de Barcelona de 1896, investigaciones posteriores descubrieron que Angiolillo había estado en contacto con los líderes de los insurgentes cubanos en París y que habían sido estos quienes le habían pagado el viaje hasta Madrid. Michele Angiolillo fue condenado a pena de muerte y ejecutado ese mismo mes de agosto.

  12. Bernardo 10 August 2020 at 12:01 am Permalink

    En Febrero 1981 el Rey Juan Carlos salvó a la fragil democracia española gracias a su firme y valiente oposición a la asonada militar liderada por el teniente coronel Antonio Tejero. El Rey no solo que se opuso al golpe de estado, sino que hizo gestiones personales para asegurarse de la lealtad de la mayoría de los mandos militares. La madrugada del 24 de Febrero el Rey Juan Carlos se dirigió en cadena de televisión a los españoles. Sus palabras fueron determinantes: “La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum.”
    Para Juan Carlos hubiera sido mucho mas fácil desentenderse del asunto y no hacer nada. Pero tomó la decisión valiente de defender la democracia, una decisión que podría haberle costado la vida. Sin la intervención del Rey, España probablemente hubiera pasado por 15 o 20 años de dictadura militar.
    Cualquier posterior falencia o desacierto del Rey Juan Carlos no creo que debería ser juzgado sin tomar en cuenta sus valientes acciones durante la asonada militar del 23 de Febrero 1981.

  13. Manuel 10 August 2020 at 5:49 am Permalink

    un profe se queja de la burocracia en la institución que le tocó desempeñarse.

    Las universidades son reciben un puntaje en todas partes por el número de profesores Titulares, y por el número de publicaciones principalmente.

    Ya CAM nos explicó, en uno de sus libros, que al llegar a España escogió una universidad muy acreditada, con muchos buenísimos profes ninguno de los cuales se apareceía por la institución y todas las clases eran impartidas por los Auxiliares.

    Ahora tenemos también una idea de lo que significa para algunos tener que unir a la docencia la “investigación”:

    ¿Cuál es la valoración global de mi actividad investigadora?. Es evidente que por todo lo anterior comentado estoy muy satisfecho del beneficio económico que me ha reportado conseguir 3 sexenios de investigación y un sexenio de transferencia del conocimiento. Es, realmente, lo único que me importaba. Dedicado por entero a la universidad, sin tener emolumentos “extra”, era la única forma de conseguir el reconocimiento a mi dedicación de enseñar, que es lo que realmente me apasiona. Pero como intentar enseñar bien no se valora, va implícito en el sueldo de profesor, no había otro camino. Diferente seria si se dieran “sexenios de enseñanza” que diferenciara al que realmente le apasiona enseñar del que es un mero y costoso trámite. Si así hubiera sido, yo me hubiera dedicado de forma completa a la enseñanza y, en caso de picarme el gusanillo de investigar, me hubiera ido a algún centro de investigación a hacer labores de becario. Como decía mi maestro, aunque fuera para “ponga el dedo usted aquí” en un experimento. Pero, obviamente, la satisfacción de índole económica no tiene que ver con la calidad de los trabajos que he desarrollado. Mi valoración de la calidad investigadora es NULA. Jamás se me recordará dentro de unos pocos años por ninguno de los artículos que he publicado.

    Finalmente, señalar que, gracias al equipo que he formado (de ahí el sexenio de transferencia del conocimiento), porque la entrada en la universidad así lo ha permitido, he podido recibir el reconocimiento crematístico de 18 años de pseudo-investigación. De hecho, que es un buen equipo lo demuestra que va como un cohete en lo que respecta a lo que atañe en esta entrada: las publicaciones

    https://franciscojaviercalderon.wordpress.com/

  14. Julian Perez 10 August 2020 at 7:19 am Permalink

    Para que no todo sean malas noticias:

    https://www.americanthinker.com/blog/2020/08/more_evidence_that_americans_are_fighting_back.html

    Dos moralejas:

    1- El leon no es tan fiero como la prensa lo pinta.
    2- La lucha no es de leon contra mono con el mono amarrado.

    ¨Democracy is two wolves and a lamb voting on what to have for lunch. Liberty is a well-armed lamb contesting the vote.¨ Ben Franklin

  15. Manuel 15 August 2020 at 5:13 pm Permalink

    Traditional publishing can offer authors renown and a sense of legitimacy in the eyes of the literary community, the same way a good review can. But it can also act as a gatekeeper, ushering a select few through the gates while barring the doors against others. And while many of us will choose to still queue up outside its entry, others still will look for alternate routes to get our stories out into the world.


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