18 December 2016 ~ 5 Comentarios

Trump, China y La trampa de Tucídides

por Carlos Alberto Montaner

trumpganaMe parece bien que el presidente electo Donald Trump le respondiera la llamada a Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán. Lo cortés no quita lo prudente. Se trata de una mujer educada e inteligente. Taiwán, pese a todo, es una isla aliada de Washington con la que existen vínculos históricos muy fuertes en el orden económico y militar.

En realidad, ese gesto de cortesía no pone en peligro la política de “Una China” proclamada desde tiempos de Jimmy Carter. El presidente de Estados Unidos tiene derecho a hablar con quien desee y la diplomacia China no debiera ser tan quisquillosa y sensible por asuntos simbólicos.

No obstante, resulta mucho más peligroso amenazar a ese país con sanciones económicas y tarifas arancelarias debido a la balanza comercial favorable que China posee con relación a Estados Unidos, como si las transacciones comerciales arrojaran una suma-cero en las que uno gana todo lo que el otro pierde. Francamente, yo pensaba que Donald Trump tenía una mejor comprensión de los fenómenos económicos.

A Estados Unidos, en números grandes, no le perjudica contar con una enorme fábrica en el Pacífico que les suministra bienes a los consumidores norteamericanos, entre un 30 y un 40% más baratos que si fueran productos equivalentes fabricados en Estados Unidos, a cambio de un papel moneda totalmente hegemónico que no tiene otro respaldo que el inmenso prestigio del país emisor.

Es verdad que algunos trabajadores norteamericanos pierden sus empleos debido a la competencia china, pero el ahorro por los bienes adquiridos en ese país se transforma en otros empleos creados en Estados Unidos. No en balde el nivel de desocupación de la fuerza laboral norteamericana es de apenas un 4.6%. La globalización de la economía es una bendición general, aunque pueda ser una maldición particular. Si hay un país que no debe quejarse de ella es Estados Unidos.

La preocupación por la balanza comercial es una manía mercantilista que fue descartada desde fines del siglo XVIII por pensadores como Adam Smith. Una parte sustancial de los beneficios que obtienen los chinos (o las compañías norteamericanas que allí fabrican) los emplean en la adquisición de bienes norteamericanos, en la compra de bonos del tesoro de Estados Unidos y en sostener a decenas de miles de estudiantes asiáticos en el sistema universitario norteamericano.

Otra parte muy importante se destina a la adquisición de soja argentina, cobre chileno o petróleo mexicano, entre muchos commodities, países que, a su vez, compran productos norteamericanos, completando un círculo de comercio globalizado que no es posible desglosar claramente. No obstante, ¿es tan difícil entender que el sofisticado escáner o el avión Boeing adquirido por México o Chile en Estados Unidos es la consecuencia de una transacción previa entre ese país y China? La globalización es precisamente eso.

China es, además, el mayor tenedor extranjero de deuda norteamericana: cerca de un billón y un tercio de dólares (trillón y un tercio si lo decimos en inglés), seguido de cerca por Japón. Si comenzara una guerra comercial entre Washington y Pekín, y los chinos pusieran a la venta sus bonos o una parte de ellos, Estados Unidos deberá hacer más atractiva su deuda aumentando los intereses, lo que repercutiría terriblemente en el pago total y obligaría al país a aumentar los impuestos para hacerles frente a las obligaciones, dado que la deuda norteamericana ya sobrepasa el 106% del PIB.

Y queda, claro, el ángulo moral. Existe la soberanía del consumidor que el señor Trump, el señor Sanders y todos los proteccionistas deberían aprender a respetar. Si a un consumidor le da la gana de adquirir una camisa o una computadora china, alemana o canadiense, es totalmente injusto y arbitrario obligarlo a desistir de su elección mediante la aplicación de aranceles que encarezcan el bien en cuestión.

Como también es una perversión de la economía de mercado que Trump llame al CEO de Carrier y le ofrezca ventajas económicas para permanecer en Estados Unidos. Esos subsidios, que salen del bolsillo de todos los contribuyentes, son contrarios a la esencia de un sistema basado en la competencia en precio y calidad que rechaza cualquier forma de favoritismo.

El presidente de Estados Unidos no es un monarca absolutista que elige a los cortesanos que desea premiar en detrimento del resto de los productores, como tampoco ostenta la facultad de preferir a unos trabajadores en lugar de otros. Esa nefasta práctica, que tiene mucho de “welfare corporativo”, de “capitalismo de amiguetes” (crony capitalism), y que es una de las peores variantes del populismo clientelista, es contraria a las reglas de la Organización Mundial del Comercio que Estados Unidos contribuyó a crear.

Asimismo, es absurdo y peligrosísimo que Donald Trump vea a China como un enemigo, y que en el pasado le haya parecido razonable que países como Japón y Corea del Sur fabriquen armas atómicas para defenderse de un hipotético ataque nuclear. La proliferación de este tipo de armamento aumenta exponencialmente el riesgo de una guerra que no se circunscribirá al sudeste asiático: será planetaria.

Graham Allison, profesor de Harvard, le ha llamado La trampa de Tucídides al riesgo de que una gran potencia pretenda aniquilar por temores infundados a una potencia emergente. Fue así, según el general e historiador Tucídides, como Esparta desató contra Atenas la Guerra del Peloponeso hace 2400 años. Ojalá Trump no caiga en esa trampa contra China. Sería devastador para todos.

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5 Responses to “Trump, China y La trampa de Tucídides”

  1. Ramiro Millan 19 December 2016 at 7:43 am Permalink

    Creo que en el marco de la “ley” que rige en la política internacional conocida cómo “realismo” (que no es otra cosa que la ley del más fuerte conducida por impulsos similares a los que organizan las manadas), debe temerse a China.
    Si ellos pudieran tomar el control de la política internacional a costa del sacrificio de quiénes sean y como sea, seguramente avanzarían sin consideración alguna.
    La historia es un testigo inobjetable que permite hacer estas afirmaciones.
    Y ciertamente, que ellos posean tantos bonos es para estár alerta.
    Sin embargo, China está aún lejos de ser un motivo de preocupación si se tiene presente al verdadero origen del PODER de las naciones.
    El origen está en la capacidad de organización de la sociedad (remarcando el término sociedad).
    El parámetro más importante para definir cuán organizada es una sociedad es la contradicción.
    Aquellos pueblos cuyos gobiernos menos contradicciones acusen, siempre son los más organizados.
    Cuba o China son un océano de contradicciones, por ejemplo.
    Hoy, organización es sinónimo de democracia.
    Democracia basada en el convencimiento y las conductas pro democráticas absolutamente afianzadas en la población.
    Ésta es la verdadera fortaleza de los pueblos fuertes, todo lo demás deriva de este primordial fenómeno social. El éxito económico y militar no son más que simples e inevitables consecuencias de este principio.
    Basta tomar como ejemplo a la moneda para percatarse de la certeza de estos conceptos.
    Los pueblos con monedas de referencia, confiables en el tiempo, son aquellos con mayor capacidad de auto organizarse sin contradicciones, lo que da la confianza de que podrán mantenerse sin dificultades en el tiempo.
    El dólar, el euro y el yen son el símbolo de la capacidad de un pueblo de organizarse eficientemente basados en principios que se ven absolutamente cumplibles por los ciudadanos y sus capacidades.
    China está a muchas décadas de poder aspirar a tener un pueblo capaz de alcanzar un objetivo como éste (sumamente difícil de lograr dicho sea de paso y es por ello que los países desarrollados son prácticamente los mismos desde hace siglos).
    Si bien, durante toda la historia, los pueblos que ostentaron posiciones hegemónicas lo hicieron a través de regímenes autoritarios, hoy el autoritarismo es sinónimo de debilidad, ya que solamente es capaz de garantizar eficiencia organizativa el tiempo que viva el dictador. Desaparecido este, reina la incertidumbre y con incentidumbre no hay, por ejemplo, chances de disponer de una moneda fuerte de referencia.
    Dicho esto (disculpen la perorata pero es crucial para entender el mensaje que humildemente intento transmitir) voy al fondo de lo que creo se está discutiendo acá, que es la capacidad o no del pueblo norteamericano de mantener en el tiempo esa fortaleza que lo llevó a ser uno de los países más prósperos y poderosos de la historia, me refiero a la capacidad de mantener en el tiempo la fortaleza CULTURAL para auto gobernarse con la misma eficiencia eligiendo con responsabilidad a sus gobernantes dando siempre prioridad a los intereses de la nación sobre intereses individuales.
    No abandonar la senda marcada por el apego al cumplimiento de las normas y reglas y a la responsabilidad civil ante sus elecciones.
    La elección de Trump puede estar marcando que los norteamericanos se acercan peligrosamente al comportamiento que vemos más en los pueblos subdesarrollados de Latinoamérica, poniendo un enorme signo de interrogación y alarma.
    El tiempo lo dirá, pero aún creo en la fortaleza del pueblo yanqui.
    “Cultura, Instinto y dominación extranjera”
    razonvsstinto.blogspot.com

    • Maximiliano Herrera 19 December 2016 at 10:05 am Permalink

      China no es una dictadura personal como la Rusia de Putin y el regimen sigue monopolizando el poder aunque sea mueran sus precedentes lideres.
      De hecho, cada 10 anyos hay un cambio generacional en la cumbre del partido.
      Sin embargo ,igualmente creo que llegara’ el momento en el cual las presiones se haran mas fuertes y China tendra’ que incluir a su poblacion en las decisiones colectivas.

      • Ramiro Millan 19 December 2016 at 11:08 am Permalink

        Coincido en que es un régimen que se basa en una “cierta” institucionalidad que lo hace previsible al menos en el mediano plazo.
        De hecho, es esa previsibilidad la que permite que vayan las inversiones, más allá de los beneficios fiscales y mano de obra barata.
        Pero la historia presiona y hoy es el auto gobierno a través de una verdadera democracia lo que da un verdadero escenario de progreso y previsibilidad en el largo plazo.
        Un régimen comunista cuya permanencia en el poder depende del capitalismo más feroz, es una contradicción demasiado grande como para generar expectativas en el largo plazo.
        Algo va a pasar en su derrotero.

  2. JOSE MENDEZ MORA 19 December 2016 at 10:26 pm Permalink

    aqui cuando no les gusta la opinion de akguien la borran y ya¡

  3. Cleómbroto 31 December 2016 at 7:09 am Permalink

    Supongo que el sr. Allison, que cita, habrá leido la Guerra del Peloponeso, o al menos la exposición de sus causas. Me temo que su conclusión será poco compartida. El análisis de las causas que hace Tucídides, el decreto Megárico, la toma de Potidea, la utilización de la liga para hacer exacciones a sus aliados, las alianzas cruzadas entre las ciudades griegas, tienen que ver poco o nada con ese psicologismo.


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